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POR El Herrador

4 Agosto 2016

Ver la serie completa:Los últimos días de El Herrador

Leo lo que publiqué el jueves pasado y sólo puedo interpretarlo como el delirio libérrimo de alguien que no sabe cómo cambiar de rumbo, cerrar la puerta o destruir su memoria. Quizás mi inesperada vehemencia se ampara en todos esos ejemplos cotidianos de impunidad hiriente. Ni el sol ni la pereza logran derretir nuestras palabras de fogueo: protestas que explotan sin causar bajas, ni daños, ni siquiera miedo. Sólo un ruido que no altera la paz de las momias.

POR Elisa Victoria

29 Abril 2015

Ver la serie completa:Primero de Campo

Esta semana me ha picado una avispa en el culo, como en los dibujos animados. Por suerte somos unos animales enormes y su agresión para mí no significa más que una roncha y unos picores. Si no fuésemos tan grandes la Naturaleza podría reprimir nuestra dudosa actividad más fácilmente y mantener el equilibrio. Eso supondría para nosotros una vida mucho más tensa. La avispa podría haberme causado graves lesiones o la muerte. Este asunto es un lío. A veces pienso que esa Naturaleza, por llamarla de alguna forma, tiene unas tendencias algo desviadas y por eso nosotros, una de sus más barrocas creaciones, nos comportamos de forma tan destructiva y cruel. Para fomentar la larga fiesta de este ente del que todo forma parte. No es una gran teoría, pero me sirve para empatizar con el devenir de los acontecimientos. Aumenta mi capacidad para el perdón. Quien esté libre de haberse castigado a sí mismo alguna vez de una forma un poco rara, de haberse hecho incluso algo de daño consciente y culpable, que enseñe las palmas de las manos, a ver si están rojas. Millones de mis células han sido sacrificadas por diversión bajo el régimen de una voluntad propia y suicida.

POR María Maier

12 Agosto 2014

Vamos a empezar las cosas bien explicando que la palabra self significa el Yo o el Ego. Ya que he agotado mi comodín de dar un dato como si estuviésemos en Barrio Sésamo, voy a entrar en faena. Parece ser que toda la vorágine de este fenómeno social –que ya va rallando lo cansino– empezó allá por el año 2002. Era en un foro de Internet australiano en el que salió un chaval diciendo que se había caído en la fiesta de un colega mientras bajaba por unas escaleras. Él, disculpándose por haberse hecho una foto de sus heridas en esas condiciones, alegó que estaba así de desenfocada porque era un selfie. La autofoto de toda la vida. Obviamente él daba unos detalles más escabrosos en el chat, al volverlos a leer hoy me viene a la cabeza que podrían haber formado parte de las tomas falsas de la serie de televisión CSI. ¿Quién diría que ese suceso acontecido en las Antípodas iba a hacernos adoptar una nueva palabra en nuestro vocabulario convirtiendo el autorretrato en algo más rudimentario? Sólo se necesita una cámara

POR Guillem Martínez

31 Octubre 2014

Cuando les conocí los dos tenían 12 años, como yo. Pero eran de otra raza. Escupían por el colmillo, no rehuían las peleas, no lloraban cuando el profesor les pegaba. Ni siquiera al quinto o sexto golpe. Impertérritos, mordiéndose los labios, eran héroes. Además fumaban muy bien. Sabían hacer aros con el humo. Cuando el humo les salía por la nariz, lo hacía con densidad y elegancia. Un día, en una cabaña, en el bosque, les estuve observando mientras fumaban. No podía dejar de mirar el humo que fabricaban en silencio. Parecía que por su nariz salía algo más complicado que el humo. Era su alma. Y adoptaba, en la luz que filtraban las hojas, la forma de un gato triste. Quizás los golpes no les dolían porque los recibía ese gato interior y triste por ellos. Yo que sé. Aquella cabaña era ilegal. Si nos hubieran pillado nos habrían aplicado un castigo severo. Fue en esa cabaña donde me explicaron su plan. Al día siguiente, al amanecer, se escaparían. Irían con la madre de uno de ellos, que era camarera en Benidorm. Todos sabíamos que esa madre no existía. También sabíamos que, fuera como fuera, no los volveríamos a
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