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POR Camilo Alzate

28 Agosto 2016

La mañana del 4 de mayo de 2001 un hombrecito moreno y despeinado se sacaba sus gafas de cristal ancho, como jarrones, antes de echarle sorbos al café insípido y desabrido mientras ojeaba los escaparates céntricos de Dublín. Inexplicablemente sonrió. Qué curioso, le regocijaba esa ciudad húmeda, parroquial, pero de un extraño sentido contemporáneo. Esos pubs en los que cualquier borracho contaba leyendas de mil años atrás como si hubiesen sucedido apenas la última semana, ancianos de ochenta reunidos con adolescentes a bogar barriles de cerveza agria, repertorios de calles adoquinadas guardando muros de ladrillo en los que orinó borracho Samuel Beckett, pórticos y ventanales de los tiempos de Stephen Dedalus y Leopold Bloom (también borrachos), tan helada aunque alegre, tan marginal aunque europea. Tan rebelde.

POR Ángel Alonso

27 Agosto 2016

Ante mí, un telón cerrado. Y tras el telón una especie de pasillo. Tiene que haber una pared al fondo. Pero no la veo y quiero tocarla, cuando súbitamente viene a mi cabeza una imagen televisiva que quizás no exista pero que quiero recordar: alguien corre por un pasillo cuya pared de fondo se aleja irremediablamente. Necesito recordar esa imagen porque necesito también tocar lo que acaba de aparecer entre el telón apartado y la pared que siento alejarse. Pero no puedo y, por eso, recuerdo. Quizás en la próxima ocasión pueda tocar ese mundo tan amenazante, virginal y puesto a la deriva. Sí, quizá el próximo paso de LRM Performance sea que pueda tocar lo que creo son criaturas marinas o crustáceos arborescentes. O, a lo mejor, me dejan acariciar y remirar todo cuando las luces se enciendan y Kowloon haya desaparecido. Pero sigo en la penumbra y tan cerca siento el mar dentro del pasillo que el sonido de una puerta es para mí el de un barco al borde del naufragio. Mundos amenazadores a los que uno desea acercarse, un poco como le sucedía a David Drayton en La Niebla (Frank Darabont, 2007), cuando bajaba de un coche y miraba el solemne

POR María Vela Zanetti

27 Agosto 2016

Ver la serie completa:Nuevas notas tontísimas

A mí, la robótica, me sigue sonando a bromazo; a ciencia aplicada al peor instinto ¿humano? de desposeer de dignidad a todo aquello que acaba pareciéndonos inútil, viejo y, en definitiva, a todo lo que al impaciente genio mecánico le sobra o no es capaz de entender o “procesar”. Lo diré de una vez, los robots son los nuevos juguetes; más aún, la nueva excusa ¿De dónde sale la idea? Muy sencillo, no es ni más ni menos que una mistificación colosal que pretende convertirlo todo en juego y cuya base se cimenta sobre los “juguetes rotos”. Si os acordáis, los “juguetes rotos” son, en lenguaje figurado, los losers, una especie de rebaba que la marea devuelve a la orilla. No conozco a ninguna persona de bien que utilice esta palabra y oírsela a los desaprensivos es causa suficiente de ruptura total. Sólo aviso. A algún prestigioso psicópata, un winner, para seguir con la matraca, se le ha ocurrido esta maniobra de rescate o de lavado de imagen —en realidad, de fregado de imagen, a juzgar por la sañuda energía utilizada— y ya tenemos aquí, ¡faltaría más!, al anhelado superjuguete: el dron. Es para morirse de risa si no fuera porque, como decían en aquel

POR Javier Ortiz-Echagüe

26 Agosto 2016

La histeria es “un estado mental, más o menos irreducible, que se caracteriza por la subversión de las relaciones que se establecen entre el sujeto y el mundo moral del cual cree depender, al margen de todo sistema delirante…”. Con esta definición, Louis Aragon y André Breton pretenden rebatir la consideración de la histeria como un “estado patológico” que mantienen algunos psiquiatras de la época. Una aproximación negativa que no alcanza a comprender “el mayor descubrimiento poético de finales del siglo XIX”, al que los surrealistas quieren hacer “recuperar sus derechos”. Todo esto está dicho en el número 11 de La révolution surréaliste (marzo de 1928), dedicado a conmemorar el “cincuentenario de la histeria”. Un aniversario que remite a 1878, año de la publicación del segundo volumen de la Iconographie photographique de la Salpêtrière, donde se cuenta la historia de Louis Augustine Gleizes, la paciente favorita de Jean-Martin Charcot. Augustine es una adolescente que ingresa en la Salpêtrière a los quince años, después de sufrir varias experiencias traumáticas —la más importante, ser violada por el amante de su madre—. Ya en el

María Vela Zanetti

El Ojo Extranjero

Testimonio

La mala fama

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    Javier Díez Ena
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  • Las periféricas
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  • Enfermos en el paraíso
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    Delirio(s) en la periferia
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