Contenido

Todos soñamos lo mismo

O el regreso a la rutina
Modo lectura

Me duele que la única ceremonia para celebrar la llegada del otoño sea bajar la caja de los jerséis del trastero.

Se acabaron las despedidas, ya no hay tiempo para esas cosas.

A la segunda capa los recuerdos del mar quedan enterrados. Algún día tendré que aprender a planchar.

Me centro en octubre, noviembre y resoplo ante la Navidad.

Como mantra de salvación me repito hasta el hartazgo que ya se ha pasado lo peor, o eso quiero creer.

Este verano he mirado con mayor atención al cielo, me hago mayor y voy en busca de señales que justifiquen ciertos gestos.

La temperatura ha debido de bajar unos diez grados. Decido quedarme en casa y aprovechar la tarde. Debería bajar la ropa de abrigo pero Internet, en ocasiones, es demasiado poderoso.

Acabo, tras un intercambio de webs sobre cielos, lunas nuevas y estrellas fugaces, en una página que ofrece de forma gratuita tu carta astral completa y personalizada.

Por eso me sentía yo tan bien en junio, porque tenía la luna en Mercurio y a su vez, la cantidad enorme de nervios que gasté en agosto fue debido a que Júpiter estaba en la primera casa. Claro.

Otros a su regreso miran las fotos de las vacaciones.

“¿Dios mío, esa calva es mía?”

“Mira, esa es la chica que tanto me gustó en verano pero a la que fui incapaz de decirle nada”.

Supongo que algo sacarán en claro.

O no.

Mis amigos me escriben para tomar una cerveza. Me dan ganas de decirles que no me apetece salir de casa, ni tomar cervezas, ni nada de nada, que esto de bajar la caja de los jerséis me pone bastante triste y necesito recogimiento. Pero nada, les digo que me indiquen hora y lugar para acudir.

Hablan del trabajo, de cambios de ciudad, de la política. De pronto recuerdo mi trabajo y siento unas ganas terribles de volver a casa. Un pequeño ataque de pánico.

Pregunto en alto si en ese bar tienen el periódico, necesito ver el horóscopo.

salud: cuida tus nervios.

trabajo: atraviesas una etapa de hartazgo.

amor: sin novedades.

Me gustaría conseguir trabajo para redactar ese tipo de cosas.

Aprovecho para quedarme embobado en las páginas del periódico mientras tengo de ruido de fondo el resto de conversaciones.

Todos llevamos jerséis o camisas de manga larga pero nadie lanza el comentario, aunque todos seamos conscientes de esa transición.

Supongo que así pasa con todo. No es bueno decirle a nadie: te veo más calvo que ayer, por mucho que lo esté. Tan solo le saludas y celebras la vida.

O lo intentas. Le preguntas por el verano y el te habla de macrofestivales de música, de droga, de mucha movida guapa.

Otro bajón para el cuerpo. Le miras a la cara y recuerdas que tiene tu misma edad.

Hay algo que se te ha escapado en ese proceso.

¿Cómo puede ser que hace años ese tipo y tú fueseis tan amigos y ahora sientas tanta distancia?

¿Lo habré dejado también en una caja?

Leí hace poco que la sensación de aceleración del tiempo y el espacio tiene una base científica.

Nunca me llegué a creer esos comentarios de “qué rápido pasa todo”, pero van a hacer catorce años de las torres gemelas.

Al ir en busca de ese recuerdo, entre tanta imagen, tanto vídeo de Youtube, tanta mierda, esas torres caídas tienen un halo de ficción.

Quizá por eso todos nos preguntamos dónde estábamos ese día, para agarrarnos a algo real, para justificar que no es un recuerdo inducido, que no que no, yo estaba en ese momento en tal sitio haciendo x cosa, tengo criterio propio aunque luego compre en Mercadona / Ikea / Decathlon.

Regreso a casa y dudo entre hacer algo de cena o servirme una copa. Así andamos.

Luego te dirán que los treinta son la mejor edad. Elijo el camino de en medio y abro una cerveza.

Con el recuerdo vibrando me pongo a buscar vídeos del 11S.

No me digo nada sobre qué estaba haciendo ese día.

Termino viendo varios recopilatorios de caídas y golpes que tanto abundan por la red.

Observo que sin darme cuenta he bebido cinco cervezas. Me duele la cabeza y mañana madrugo. No he bajado la caja de los jerséis. Oigo un grillo pero sé que el verano se ha terminado.

Decido acostarme aun sabiendo que me costará dormir.

El café vespertino revienta mi rutina de sueño pero no lo he logrado eliminar.

Una vuelta, dos vueltas. Me levanto y miro por la ventana. Intento ver alguna estrella pero la luz de la ciudad es demasiado intensa. Me entran ganas de cambiarme y salir a las afueras para ver el cielo. La idea se me pasa enseguida.

Me relajo, vuelvo a la cama y como un rayo que atraviesa mi cabeza me llega la siguiente frase antes de caer dormido:

Es muy posible que todos soñemos lo mismo.