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El cerebro y el precio de gonzalo: tesis sobre el dinero

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I. Dinero para disfrutar y la cosificación de Gonzalo

Hace dos semanas fui a comprar algo a un ultramarinos. El dependiente (chino) me devolvió el cambio, un euro; puse mal la mano porque me sudaba un poco y no quería que lo notase; se me/nos cayó la moneda al mostrador1, hizo ruido, y el chino y yo nos miramos y nos reímos. No, no hizo falta mirarnos. Más allá o antes del lenguaje, el primer chiste del mundo: hay algo, y se cae. ¿Por qué es gracioso? Cada vez que algo vivo, en este caso unas manos, se comporta como algo inerte, nos reímos: el humor consiste en ese apelmazamiento de lo vivo2.

Otro ejemplo. Hay cosas sobre Gonzalo (nombre ficticio) que Gonzalo no sabe, pero puede llegar a saber (una vez le hice escuchar una grabación de su propia respiración y no se reconoció), y otras que nunca podrá saber, como el peso de su cerebro. Gonzalo pesa, pongamos sesenta kilos, pero su cerebro, lo que lo hace ser Gonzalo, el amigo que vive y siente y al que besamos cuando entra y sale del cuarto, pesa como mucho kilo y medio. Gonzalo sabe que su cerebro tiene un peso determinado, pero nunca sabrá cuál exactamente. El peso del cerebro de Gonzalo es, en principio, información desclasificable, información posible, pero no para Gonzalo. Es tan imposible decir «Mi cerebro pesa un kilo y medio» como decir «Estoy muerto»3. O, mejor dicho, es posible decir «Mi cerebro pesa un kilo y medio», pero no es posible querer decirlo. Yo lo acabo de escribir, pero entre comillas (el kleenex con el que recoges algo del suelo). O no, es posible querer decirlo, estando loco, pero no que sea cierto. No, puede ser cierto, si casualmente doy con el peso exacto de mi cerebro (más adelante lo confirma la autopsia), pero no que mi frase esté basada en un conocimiento empírico. Si, por ejemplo, estoy loco, puedo pensar que la causa de que sepa cuánto pesa mi cerebro es una sensación específica en el cráneo («Anoche bebí mucho. El dolor de cabeza es una señal de que el cerebro está calculando su nuevo peso»). Pero da lo mismo. Lo gracioso de este ejemplo es, una vez más, la doble lectura de Gonzalo como ser vivo y como objeto, la desproporción entre Gonzalo entendido como cosa (su cerebro: ya me dirás cómo besamos esto) y Gonzalo entendido como amigo.

Más ejemplos: los hombros caídos, los párpados caídos, el pelo que te cortan en la peluquería y acaba en el suelo (antes formaba parte de mi cuerpo y mi novia podía besarlo; ahora lo barre un extraño). Todos estos ejemplos son de algún modo caídas (en la materia), y las caídas son graciosas. Incluso cuando cae un objeto está permitido reírse4. El objeto que cae es una especie de sujeto desganado, un sujeto de brazos caídos («Los objetos no caen solos: se dejan caer»).

 

II. No hay cambio

Puede que a raíz del chiste involuntario del cambio tuviera este sueño anoche. No recuerdo personajes ni situaciones, sólo titulares: NADIE TIENE CAMBIO. Y si no hay cambio, no hay compraventa posible, no hay economía, sólo dinero en bloque. En un mundo donde nadie tiene cambio el dinero pierde todo valor, o pasa a valer por sí mismo, como el oro o las pertenencias del avaro o los pendientes de oro. El concepto de dinero implica entonces el de divisibilidad; pero la divisibilidad del dinero plantea a su vez otros problemas. En la Antigüedad refutaban así la existencia del dinero: para tener un euro5. hay que tener dos veces cincuenta céntimos, y para tener cincuenta céntimos hay que tener dos veces veinticinco céntimos, y para eso, etc., infinitas veces. Y como ese infinito nunca llegará a actualizarse, nunca tendremos dinero.

Me desperté empapado de sudor. Mi novia había grabado mi respiración mientras dormía, y no me reconocí.

 

III. Pongámonos precio, pero

He oído muchas veces que la vida humana no tiene precio, pero ¿por qué? No me refiero al costo de la vida (cuánto cuesta ir vestido, comido y demás), sino al precio del hecho de estar vivo. Para ponerle precio habría que poder compararlo con algo, pero no sabemos de nada que no sea estar vivos, y no se puede comparar algo consigo mismo («Gonzalo es como su cintura»).

 Pero, por mucho que nos guste el eslogan, todos sabemos que la vida de los demás sí tiene precio: las empresas no dudan en asesinar a sus empleados para ahorrar, para el gobierno mi Gonzalo vale menos que su Gonzalo, y nadie en su sano juicio destruiría un museo para salvar a un bebé. ¿Entonces? Propongo fijar de una vez por todas el precio de la vida humana, el mismo para todos (me niego a que nadie valga más que yo o mi novia), pero de tal forma que nadie pueda costeárselo: por ejemplo, el PIB de todos los países del mundo, más un dólar mono/simbólico. De esta forma evitamos tanto los atropellos como el discurso repulsivo sobre el «carácter sagrado de la vida humana». Todos salimos ganando, todos sumamos. Y si, como hemos visto, superponer algo vivo (Gonzalo) con algo muerto (el precio de Gonzalo) es una especie de chiste (el dinero como parodia de lo que permite comprar), estaríamos haciendo del mundo un lugar más gracioso. A todos nos gusta reír y que no nos tomen por idiotas.

  • 1.  Dinero y caídas: ¿cuánto pagarías por no volver a caerte? 
  • 2. No lo digo yo, lo dijo Bergson. 
  • 3. La verdad sobre el caso del señor Valdemar, creo.
  • 4. La física nos enseña que todas las interacciones posibles de la materia, como la rotación de la Tierra alrededor del Sol, son variantes del caer. Hay quien cree incluso que la propia formación del universo fue una especie de batacazo: el algo como chichón de la nada, el universo como gag (y Dios, la mayor broma telefónica de todos los tiempos).
  • 5. En realidad no utilizaban el ejemplo del dinero (que va de cien en cien), sino del tiempo (que va de sesenta en sesenta), pero el razonamiento es el mismo

Julián Génisson

Julián Génisson (Madrid, 1982). Miembro del colectivo audiovisual Canódromo Abandonado. Ha escrito y dirigidoLa tumba de Bruce Lee (2013) y coescrito y codirigido Esa sensación (2015).

Dibujo Degree of difficulty de Francesco Tagliavia