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Idea para película o algo

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Idea para película o algo: alguien en la ciudad está matando a todos los Julianes; suceden más cosas; por fin descubrimos que el asesino se llama Julián y mata para que no haya nadie más con su nombre. Supongo que no soy el único que ha fantaseado (constantemente) con esto; y seguramente se trate de eso, de sentirse único. ¿Cómo no ver como usurpadores a todos los que llevan tu nombre? «Tocayo», palabra repugnante. ¿Te harías amigo de alguien que se llama igual que tú? Claro que no. ¿Y qué pensar de los padres que llaman a sus hijos como uno de ellos? Si algún día tengo hijos no les pondré nombre. Digo esto por un texto que he leído hace poco:

Y en cuanto se hizo de día llamó a sus discípulos, y escogió entre ellos a doce, a quienes dio el nombre de apóstoles: Simón, a quien dio el nombre de Pedro[1], y Andrés, su hermano, y Santiago y Juan, y Felipe y Bartolomé, y Mateo y Tomás, y Santiago de Alfeo y Simón el Zelote, y Judas de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor. (Lucas, 6:13-16)

Había doce vacantes. ¿Por qué precisamente doce? No lo sé. Lo que me interesa es que, pudiendo elegir entre doscientos veinte nombres de varón disponibles (o los que fueran), escogió a dos llamados Judas, y que precisamente uno de ellos fue el traidor. No entiendo que no se le dé más importancia a este detalle (quizá sí; debería haberlo investigado). ¿Por qué repitió un nombre? Tiene que haber un motivo. ¿Eran esos doce los más cualificados, y se dio la casualidad de que había dos llamados igual? No me lo creo. Para empezar, porque doce es un número literario, un número «de letras», casi incontable. Doce, sobre todo en los Evangelios, nunca es una cantidad concreta (12), sino el concepto de «varios en general» (N). Doce nunca es un número casual; y si hacen falta doce mensajeros para llevar el mensaje tiene que ser por algo, quizá porque doce expresa mejor que otro número la unidad en la pluralidad: «somos doce» quiere decir entonces: «somos varios en general, porque hay que ir a muchas partes a llevar el mensaje; pero lo importante es lo que nos une, no lo que nos dispersa». Por eso mismo, los doce elegidos debían ser lo más diferentes posible unos de otros, para resaltar esa unidad: «somos varios en general, pero todos para uno; somos doce, pero sumados». Y por eso no podía haber dos que compartieran nombre.

O no, ni siquiera hace falta pensar en el doce: no podía haber dos del mismo nombre en ningún caso, aunque sea una casualidad, aunque sea un detalle. Porque los detalles distraen de lo importante, que es lo general, y más en un texto tan pobre en detalles como los Evangelios (no sabemos nada del físico de los discípulos, por ejemplo). Significativamente, cuando hablan del otro Judas, Mateo (10:3) y Marcos (3:18) omiten el «Judas» y lo dejan en «Tadeo». Según los comentaristas es para desvincularlo del Judas traidor, para no contaminar. En cualquier caso, está claro que resulta molesto que haya un nombre repetido. De ahí el alivio del lector cuando, muerto Judas Iscariote, le buscan un sustituto llamado Matías (Hechos, 1: 16-26). Ahora sí, ya puede comenzar el cristianismo.

Pero, sobre todo, me cuesta creer que la repetición sea irrelevante cuando uno de los nombres repetidos es precisamente el del traidor. Pido perdón por ser tan insistente. También pido perdón por usar palabras como «vacantes» y «cualificados», que dan a entender que no me lo estoy tomando en serio. Me lo tomo muy en serio, y por eso no creo en las casualidades. Lo que está en juego es demasiado importante. Estaría dispuesto incluso a admitir la anomalía del nombre repetido si fuera un hecho aislado; pero que se dé en la misma persona que luego traicionará a Cristo, no, eso no lo puedo admitir. Sencillamente, no me creo que las dos cosas no estén relacionadas, traición y nombre repetido. ¿Qué relación hay entonces entre la repetición del nombre de Judas y el pecado (en este caso, el pecado máximo, el pecado con ensañamiento: vender a un amigo y colgarse de un árbol)[2]? ¿Y entre la repetición en general y el pecado? No lo sé, pero quiero intentar averiguarlo.

Pensemos en el pecado original: Dios prohíbe hacer algo, y Adán y Eva lo hacen[3]. Hay repetición en el sentido de que el hombre repite lo que hace la mujer. A lo mejor el primer pecado, el de Eva, no computa. Al fin y al cabo, no tenía por qué saber que la serpiente no era Dios; podía haberlo sido perfectamente. Lo verdaderamente grave es que Adán la imite, es decir que repita (dé valor de decisión consciente a) lo que ella hizo (accidentalmente). Otro ejemplo: Hitler. Podemos entender que un individuo sea malo, pero nos cuesta más entender que otros (millones de alemanes) lo tomen por modelo. Siempre podemos pensar que él estaba loco; pero los millones que lo imitan no pueden estarlo también, o entonces lo estamos todos los demás. Entonces, el origen de todo lo malo (el «pecado original») no tiene tanto que ver con la naturaleza del acto malo (que puede ser obra de un loco o un ignorante) como con su repetibilidad, y en última instancia con el hecho de que haya más de un hombre, con el «varios» en general, que no pueden no reproducirse[4].

Ahora lo veo claro: si hay más como yo, si somos varios, tengo que aprender a ser como ellos, tengo que repetir, tengo que tomarlos por modelo; y eso me aleja de Dios. Si el hombre es varios, imita a sus semejantes y deja de crear; y si deja de crear, ya no es como Dios. Porque Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza (Génesis, 1:26). Pero él sólo era uno, y los hombres son 1+N. Y esa multiplicación anula todo parecido posible, porque lo que define a Dios es el hecho de ser uno, sea el que sea («soy el que soy», Éxodo, 3:14). También anula la propia condición de creado: el primer hombre es creado, pero los demás, que le salen de la costilla o los genitales, no; son reproducciones del primero, y como tales, más o menos independientes de Dios. Y la repetición de un acto creador deja de ser creación. Y de esa reproducción (relativamente) independiente del creador nace el pecado, que es creer que podemos vivir sin Dios, que estaríamos vivos aunque él no lo estuviese («mirarse el ombligo»: creer que sólo le debes la vida a otros hombres). Desde el momento en que el hombre es más de uno, se está traicionando a sí mismo, y está traicionando a Dios. ¿Y si Dios hubiera creado sólo un hombre? No veo por qué no. El «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis, 2:18) no es un principio que existiese independientemente de la voluntad de Dios, porque entonces Dios habría estado sometido a algo, habría dejado de ser Dios, es decir el que pone algo donde no había nada antes (se puede pensar incluso que, cuando Dios dice «no es bueno que el hombre esté solo», está creando las ganas de compañía: hasta ese momento no tenía sentido plantearlo, porque la soledad sólo existe por contraste con una compañía posible; y aparte de Adán no había nadie más). Entonces, «no es bueno que el hombre esté solo» es algo que decidió en el momento mismo de decirlo; pero también podía haber decidido lo contrario, y crear sólo un hombre (¡o mujer!). Entonces sí se le habría parecido. Entre otras cosas, habría durado para siempre. Podrían haber pasado la eternidad poniendo nombres a las cosas, una palabra distinta para cada una.

  Volviendo a los nombres repetidos: en el Antiguo Testamento nunca queda claro por qué primero todos los humanos tienen un nombre único («A engendró a B, que engendró a C», etc.), pero luego empiezan a repetirse. Si los nombres son inventados, ¿por qué no seguir inventando? Quizá pueda relacionarse esto con el desinterés progresivo de Dios por los hombres (es mutuo: al desentenderse cada vez más de él se le parecen menos, por ejemplo viven menos). En el fondo le recuerdan su propio «pecado original»: cuando, cegado por su infinita fecundidad, se convenció de que no era bueno crear un solo hombre y creó a más de uno. Pronto habrá que destruirlos, por el agua o el fuego.

 

[1]    ¿Por qué? No puedo evitar pensar que le puso ese nombre para poder hacer luego el juego de palabras «eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mateo, 16:18). Me parece tan lamentiable construir un chiste sobre una premisa amañada como ponerle tu nombre a un hijo.

[2]    Me doy cuenta de que esto puede servir de argumento para la idea de que Judas es el verdadero héroe del Nuevo Testamento, el que se sacrificó para que Cristo pudiese morir por nosotros, etc. Llevar el nombre de otro, no tenerlo en exclusiva es una señal de humildad. Y nadie más humilde que Judas, que hizo todo lo posible para envilecer su nombre y quitarse méritos, primero traicionando (innecesariamente) a Cristo, y luego ahorcándose para terminar de condenarse. Quizá pensó que el cielo sería menos cielo con él (un humano) dentro; quería mantenerlo limpio: «es necesario que él crezca y yo mengüe» (Juan, 3:30). O que a Dios sólo se le puede querer bien desde el infierno.

[3]    Es posible que no hubieran pecado de no ser por la prohibición: «Yo no conocí el pecado sino por la ley; porque no habría conocido la codicia si la ley no hubiera dicho: No codiciarás» (Romanos, 7:7). Como principio general, no estoy seguro de que se pueda decir que la prohibición crea las ganas de saltársela. Por ejemplo, «prohibido follar»: estoy casi seguro de que tendría ganas de follar aunque no me hubieran dicho que está prohibido. Sin embargo, en el caso del pecado original es evidente que la prohibición es la que crea el impulso de desobedecer. Adán y Eva no se habrían fijado siquiera en el árbol de no ser por la prohibición de servirse de él. Suponiendo que hubiera una infinidad de árboles, Adán y Eva estaban perdidos entre ellos; de hecho, no tenían referencias espaciales, nunca podían decir «estamos en esta parte del paraíso». Al designarles el árbol prohibido, Dios les hizo tomar conciencia de la singularidad del árbol, es decir también del lugar que ocupaban en el espacio: a partir de ese momento pudieron empezar a orientarse; pero era demasiado tarde (se tenían que marchar).

[4]    Para engañar a la mujer la serpiente dice: comed de esto «y seréis como dioses» (Génesis, 3:5). El mal no es querer igualarse a Dios (ya somos sus iguales), es querer multiplicarlo.

 

Ilustraciones extraídas del libro The Fourth Dimenssion (1904), de Charles Howard Hinton.