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La vida, en suspensión

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La vida es mejor en suspensión, pienso desde mi recién bautizada, precisamente, Hamaca de Pensar. Hace ya rato que he perdido la noción del tiempo, como si en el complejo pero abarcable universo que rodea la hamaca no sólo las leyes espaciales parecieran alteradas –al fin y al cabo me encuentro flotando horizontalmente a un palmo de las rocas del arroyo–, sino también las temporales, y debido a ello las horas pasasen más rápido, o mucho más lento, o quizá el tiempo vaya hacia atrás, o se haya detenido. Quién sabe.

Suspendido, observo. Las copas de los árboles, sobre mí, forman una cúpula que hace las veces de cielo. El murmullo del arroyo no cesa ni un instante. Lo imagino como un trabajador incansable, empeñado en seguir manteniendo el cauce en su lugar y demostrando su esfuerzo a través del ruido del agua que corre sin pausa. Infinidad de insectos indeterminados despliegan una frenética actividad entre árboles, agua, piedras y aire. Hace calor, pero también brisa. Todos estos elementos forman una atmósfera envolvente que me va sumiendo en un profundo aletargamiento, aun cuando cierta lucidez aún perdura. Debe ser la conciencia de estar suspendido, que mantiene algún tipo de alerta primitiva en mi interior.

Así, desde mi Hamaca de Pensar la vida fluye liviana, sin prisa, con una lógica tan aparente como indescifrable. Pienso que no es casualidad que los psicoanalistas tumben a sus pacientes en un diván, pues la deslocalización espacial permite que los pensamientos fluyan con menos interferencias. Se me ocurre que quizá deberían utilizar también hamacas. Caigo en la cuenta de que el mío, después de casi dos años, todavía no me ha propuesto utilizar el diván, debe ser que las cosas que le cuento sentado en una silla son ya de por si tan neuróticas que si me tumbase me daría un colapso nervioso. O quién sabe, quizá le daría a él. Pienso que debería preguntarle a qué se debe esto. Me siento, por un instante, ofendido.

Arriba, en La Propiedad, nadie me espera, pero la certeza de su presencia es suficiente. La soledad compartida es quizá de las cosas más tranquilizadoras que haya experimentado nunca. Tengo suerte, pienso. Una sensación de algo parecido a la felicidad me recorre el pecho. Un sueño lento pero profundo va desconectándome por dentro. Me dejo ir. Imágenes de deseo me nublan el pensamiento, son recuerdos de tensiones aún no resueltas. Las dejo ir. Por mi mente, involuntariamente, pasa un resumen de todo lo que he vivido desde el último verano. Duele. Las lágrimas afloran, pero no hay tiempo –o espacio, no estoy seguro– para eso. No aquí, no ahora.

La hamaca se mueve, con un leve vaivén. Pienso que vivimos, inconscientemente, suspendidos a un paso del abismo, y que es la certeza subterránea de esta amenaza la base de nuestros terrores cotidianos. La hamaca representa la idea de que aun lo más amable de la existencia –la levedad del verano, el placer de dormitar– conlleva el mayor de los peligros –un gesto torpe, una caída, las rocas, el golpe–. Pienso que nos pasamos la vida esperando El Golpe, y que esto nos define en gran medida. Quienes más lo esperan, quienes creen en Él, son los que más se atan a la tierra.

A pesar de mi letargo, o quizá gracias a él, creo comprender remotamente dónde comienza el error. Intuyo que la pretensión de prever lo imprevisible nos arrastra a la búsqueda del refugio de una falsa seguridad, y no del afecto verdadero. A la soledad dentro de la armadura. Pienso que aún debe quedarme mucho por descender si quiero llegar, finalmente, a suspenderme. Lo pienso, a duras penas, mientras siento el vacío debajo de mi. O quizá el vacío es dentro. Me adormezco un poco más, perdiendo el control que en realidad nunca tuve. Un fogonazo de luz entra por las copas de los árboles, deteniendo el tiempo. El arroyo enmudece por momentos. Una sensación parecida a la felicidad vuelve a recorrerme el pecho. Quizá es la vida, en suspensión.