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Ecos de Marsella

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Podría buscarme una excusa interesante como que al probar las típicas moules frites me viniera la amnesia. Leo que la provocan unas algas microscópicas que se llaman dinoflagelados. Pero no. Que no recuerde mucho Marsella no es por culpa del marisco sino por lo poco que se puede fijar una ciudad que has visitado sólo un fin de semana. Pero me apetece conocerla aunque sea así, a posteriori. Creo que por algún tiempo los escasos viajes que haga serán así. Y para mi tranquilidad y justificación me voy a agarrar a Cómo viajar sin ver de Andrés Neuman.  En este libro, Andrés reconoce que muchas de las cosas que nos cuenta sobre las ciudades que visita son cosas que escuchó, leyó o le contaron; “visiones de segundo grado” las llama. Yo voy a hacer lo mismo aunque salvando las distancias. No me queda otra. Aunque sé que no es lo mismo Marsella que las dieciocho ciudades hispanoamericanas que recorre en la gira de promoción de El viajero del siglo a raíz de ganar el premio Alfaguara. De él se puede decir que de un viaje siempre sale otro viaje y que de un libro siempre sale otro libro.

La cantidad de fotos que saqué en Marsella creo que fue para intentar asegurarme a mí misma que estuve allí. Figuran como indicios, ya que no huellas. Las miro ahora y la mayor parte no figuraría como reclamo turístico oficial. Marsella, decía Víctor Hugo, es una ciudad antigua sin monumentos. Tal vez exageraba, pero en verdad lo que mi cámara captaba eran los detalles a pie de calle de la ciudad más antigua de Francia: pinturas en los muros, frases estampadas, juegos de palabras, macetas con muñecos y pegatinas. Rastros efímeros del pueblo. En una gran farola la gente deja las pegatinas que llevaban encima del MuCEM (Museo de las Civilizaciones de Europa y del Mediterráneo). Una tradición ya, que no sé si comparar a la que hay en mi pueblo de pegar chicles en una pared.

El barrio que más reclamo hace al visitante es Le panier. Stendhal que vivió aquí un par de años, anotó que la gente bien frecuentaba poco este barrio y que estaba casi cerrado a los turistas. Ahora es todo lo contrario. Repaso mis fotos y la mayoría son de esta zona: una partitura pegada a la pared, una cesta que cuelga de un árbol con un osito de peluche dentro, dibujos más que grafitis, anticuarios de nuestro pasado reciente, etc. Fue por aquí donde al preguntar en francés algo a alguien sobre el barrio, me dijo que yo tenía acento canadiense. Pienso que será igual que cuando me escuchan en castellano y me dicen que tengo acento andaluz. Personalidad bifurcada o lo difícil que lo tendría conmigo un dialectólogo.

En estos días de reposo, lejano ya el viaje a Marsella, le doy toda la razón a Andrés Neuman: “la quietud es el motor del recuerdo”. Pero no sólo la aparición del mejillón y el consiguiente falso miedo a distorsiones de la memoria me llevaron a querer ahondar en ella. El reposo también me ha llevado a enterarme de las balaceras allá por México a raíz de la búsqueda del mayor narcotraficante del planeta.

La búsqueda del Chapo Guzmán, jefe del cártel de Sinaloa tras su fuga el 11 de julio de la cárcel de máxima seguridad de El Altiplano, también me recordó que había estado en Marsella. Más de cinco meses han pasado desde su huida y ahí siguen buscándolo. Teniendo en cuenta que tras su anterior fuga estuvo prófugo trece años, esta ocasión se prevé también larga. ¿Y qué tiene que ver Marsella? Pues que de aquí es el preso fugado más famoso de la historia de la literatura: Edmond Dantès, el conde de Montecristo. Aunque el personaje y la fuga sean ficticios, el lugar de donde se fugó no lo es.

Fueron catorce los años que Alejandro Dumas mantuvo encerrado a Edmond Dantès en el castillo de If, que está a siete kilómetros de Marsella, en la isla del mismo nombre. Este castillo fue prisión de estado para protestantes y republicanos sobre todo, pero muestra orgulloso sobre una de sus celdas una placa ubicando allí al conde de Montecristo y junto a esta, otra con la del hombre que le dio la oportunidad de llevar a cabo su venganza; el abad Faria.

Con la venganza en su punto álgido, Dantès vuelve a visitar el castillo cuando ya no sirve de prisión. Algo de duda alberga el personaje sobre si hizo bien armando tremenda venganza. Allí, en su celda, descubre la inscripción que él talló y Alejandro Dumas imaginó: “Presérvame la memoria” y sale de allí, con la seguridad de haber hecho bien. Marsella reclama quedar en el recuerdo. Un poco como lo que yo reclamo tras ese viaje fugaz. Lo que sí hice en honor a la obra fue visitar el castillo. Al llegar a él y hasta que me fui, iba dopada. Ya quedó claro hace tiempo que mis viajes sobre el mar me producían mareos que llegaban hasta tirarme al suelo desesperada. Llegar a Capri fue un suplicio y dejarlo atrás en cuestión de horas, otro mayor. Mi paso por Capri es casi un espejismo. Con este antecedente decidí por primera vez en mi vida tomar Biodramina para ir al castillo de If. Perfecto. Ni un mareo. Pero eso sí, con mi sistema inmune completamente activo, iba dormida. La celda del conde de Montecristo, austera y de piedra gruesa y sin pulir, por poco me sirve a mí de lugar para la siesta. Entre la somnolencia, el sol y el agua no pude ni intentar entender lo que significaba estar encerrado en esa fortaleza. Me leo a la vuelta la novela para intentar subsanar esta carencia. Tengo ganas de sentir que he estado en Marsella. De 117 capítulos que forman la novela solo veinte se desarrollan en Marsella, la mayor parte en el castillo de If. En una novela de tanta magnitud es poca Marsella la que se me presenta para cubrir mi necesidad.

El fin de mi lectura coincidió con el estreno de la penúltima película de Robert Guédiguian. Acudí a una sala de cine, sabiendo que Marsella salía sí o sí. Y aquí sí me mareo, maldita sea. La protagonista duerme en una pequeña barca en medio del mar y la cámara se convierte en su mirada desde la zozobra del agua. Yo zozobro y como resultado, le mal de mer como llaman al mareo en Francia. El cumpleaños de Ariane es una fantasía más que una película, pues así la inscribe el director. La mayor de las saturaciones de bonhomía de toda su filmografía. Y me pongo a pensar que su obra entre muchas virtudes que tiene, una es que creo que intenta equilibrar la mala reputación de la ciudad. Que la tiene y mucha.

Lo sé porque el libro que salió de este viaje (todos mis pasos delataban que mi viaje era poco viaje para esta ciudad), se llama Marseille ou la mauvaise réputation (Marsella o la mala reputación) de Olivier Boura. Aunque la intención del autor es desmentir esa reputación, el repaso que hace a su historia, literatura y cultura popular nos lleva a ser más conscientes de ella. Aquí, por ejemplo, murió Arthur Rimbaud después de que le amputaran una pierna. Puede ser una casualidad que aquí sucediera, pero el que en París la llamaran la Chicago francesa por los grandes padrinos de la mafia que aquí surgieron no fue algo circunstancial. No tenemos más que recordar French Connection (William Friedkin, 1971). De las dos únicas escenas que se desarrollan en Marsella, una de ellas, la del trato del narco Charnier para introducir la droga en Nueva York, se desarrolla en el Castillo de If. Es su segunda parte, French Connection II (John Frankenheimer, 1975), la que se desarrolla completamente en esta ciudad mediterránea. Y la ciudad no es otra cosa más que la droga. La acción que aquí Popeye Doyle (Gene Hackman) desarrolla es la interna: se pasa casi toda la película sufriendo el mono. Queda instaurada Marsella como la capital mundial de tráfico de estupefacientes.

Parece ser que esa mala reputación asentada ya en 1830, no le importó o en todo caso le vendría bien, a una profesora recién licenciada que venía a ejercer por primera vez aquí, a 800 kilómetros de París. Simone de Beauvoir se asomó a la ciudad desde la gran escalinata de la estación Saint-Charles y sintió un deslumbramiento de placer: por primera vez sentía que ella había elegido su destino. Fue un amor a primera vista. En sus memorias dice que Marsella no le aburría, que la ciudad jamás se agotaba. Había realizado en París su primer intento de escritura de una novela que le reveló que no tenía nada que decir y fue aquí en Marsella cuando descubrió que sí, que había algo que contar. Este segundo intento tampoco salió pero encontraba ya el punto de inserción de la literatura en su vida. Aquí también desarrolló una manía que tenía, lo que ella llamaba sus "paseos fanáticos". Le encantaba andar y Marsella le ofrecía muchas excursiones. Podía hacer al día hasta cuarenta kilómetros y estar unas diez horas de caminata. El castillo de If lo visitó con Sartre pero lo que no cuenta es si subió por la zona más empinada y larga hacia la basílica de Notre-Dame de la Garde, que vigila todo el Puerto Viejo. Allí descubriría otra reputación de la ciudad: su barroquismo y exceso. El libro que me traje revela como prueba de esta reputación que el autor de El Satiricón, Petronio, nació aquí. La elevada basílica te lanza hacia afuera nada más entrar porque está llena de exvotos. Ejemplo de hórror vacui donde los haya. Tal saturación hay aquí, que hubiera caído fulminado Ireneo Fulnes, ese personaje de Borges privado del olvido y paralizado por tanta memoria.

El bolso con el que estos días me paseo menos intensamente que Simone es un bolso de tela que me compré en la librería del MuCEM. Su estampado deja claro que es una librería de la editorial Actes Sud fundada en esta región. Dentro de mi bolso hay un libro de W.G. Sebald, cuya obra fue traducida en Francia por esta editorial. También en sus viajes Sebald recurría a buscar trazos del pasado. Evocaciones personales se mezclan con Kafka, Stendhal o Casanova al pasar alguno por Verona, Martigny o Venecia. No solo la imaginación, el recuerdo y las referencias culturales aparecen en sus cuadernos de viaje, sino también fotografías bien sean de un paisaje, de un cuadro, de una factura en un restaurante o de un pasaporte provisional. Rescatar la memoria parece su deber siendo consciente de las diversas dificultades del hecho de evocar y de la poca confianza que merecen las escenas del recuerdo.  Leyendo una de esas escenas me río y le comprendo. También le agradezco que confiese su mareo en una pizzería de Verona sugestionado por estar rodeado todo de azul agarrándose a la mesa como si se agarrara a la borda. Me siento menos estúpida.

Desde lo que puede afectar la ingesta de un mejillón hasta el perfil de Ireneo Fulnes, en ese tramo me pido estar. Ni quiero recordar lo que no he vivido ni olvidar esas escasas sensaciones. Y creo que para eso tendré que volver. La primera foto que hice con mi cámara nada más salir de la estación Saint-Charles fue de las escaleras donde Simone de Beauvoir se extasió. En el suelo, bien visible, una frase que es el título de una canción de Barbara: Dis, quand reviendras-tu? Marsella me reclamaba saber cuándo regresaría cuando aún no había puesto ni un pie en la calzada. Sabía que iba a pisarla poco.

Algo perturba a última hora esta calidez del recuerdo y ese alto standing que me había dado citar a Simone. Me informan los medios franceses que Míchel, el que fuera jugador del Real Madrid y protagonista del mítico toqueteo a Carlos Valderrama durante la espera de un saque de córner allá por 1991, llegó poco después que yo a Marsella. Ahora es el entrenador del equipo de fútbol oficial de la ciudad, el Olympique de Marsella. Por ahora allí sigue. ¿Cuando se vaya reflexionará al igual que yo, que no ha tenido tiempo para conocer la ciudad? Porque los tiempos que manejamos Míchel y yo, no son los mismos que maneja el Chapo Guzmán.

 

Todas las fotos son de la autora del artículo: de arriba abajo, el castillo de If como se ve desde el barco, el tejado del MuCEM con la catedral de Santa María la Mayor al fondo, un detalle de Le Panier, una placa de una calle con parte de la leyenda borrada, la partitura de Los reyes magos pegada en un muro de Le Panier, venta callejera de mejillones.