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Réquiem Español

Orwell y Azaña: diálogo en Barcelona

«Uno solo nunca tiene razón, pero con dos comienza la verdad.»

Nietzsche, La gaya ciencia, 1882

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Una misteriosa sincronía los convocó en la primavera de 1937 en Barcelona. Si el destino los hubiera aproximado un poco más —hasta sentarlos a la misma mesa de algún café situado a medio camino entre las Ramblas y el Parque de la Ciudadela, por ejemplo—, habrían conversado largamente en varias lenguas. Manuel Azaña (1880-1940) no era sólo un excelente traductor del francés —asignatura en la que George Orwell (1903-1950) podía presumir de haber tenido como profesor a Aldous Huxley—, sino también del inglés. Defensores —y perdedores— de la misma causa, permanecieron extranjeros, sin embargo, el uno para el otro. Inmersos simultáneamente en una contienda civil y en una revuelta revolucionaria, no dejan de leer y tomar notas en medio de la pesadilla. Dos testimonios gemelos, dos reflexiones contemporáneas y contiguas. El encuentro entre sus autores nunca tuvo lugar, pero ambos libros dialogan en secreto desde hace 75 años. El miliciano del POUM, mientras hace guardia en la azotea de un edificio de las Ramblas. El presidente de la República, sitiado en su residencia del Parque de la Ciudadela. Apenas les separan tres kilómetros. En ese preciso momento —el más crítico de la insurrección de Barcelona y de la guerra de España— cristalizan dos de sus textos más lúcidos. Entre el 3 y el 6 de mayo de 1937, Azaña revisa el manuscrito de una insólita meditación ética y política expuesta en forma de diálogo: La velada en Benicarló, testamento inolvidable de la República. En las mismas fechas, Orwell registra —en los cuadernos que en última instancia le arrebatará la policía— los acontecimientos cuya reconstrucción emprenderá seis meses más tarde en una obra maestra de la escritura política y poética: Homage to Catalonia. Dos testimonios gemelos, dos reflexiones contemporáneas y contiguas. El encuentro entre sus autores nunca tuvo lugar, pero ambos libros dialogan en secreto desde hace 75 años.

Cabe preguntarse si leer la epopeya orwelliana a la luz crepuscular de La velada en Benicarló —o la elegía azañista, a la claridad cenital de Homenaje a Cataluña— procura en mayor medida una experiencia estética o una conmoción espiritual. Pero la cuestión pertinente es: ¿por qué se ha leído y se lee tan poco a Manuel Azaña? Narrador, dramaturgo, crítico, ensayista, Premio Nacional de Literatura en 1926, orador incomparable, diarista magistral, fue ministro, jefe de Gobierno y presidente de la Segunda República española, del mismo modo que le correspondió ser —en un plano aparentemente menor, pero de fuerte carga simbólica— último director de una revista cuyo porvenir quedó igualmente malogrado por una dictadura: España (1915-1924), semanario fundado por Ortega y Gasset. Al margen del escaso aprecio que le profesaron las izquierdas y de la inicua campaña de descrédito a que fue sometido por los enemigos de la democracia y de la inteligencia, la figura de Azaña está ligada de forma fatídica al suceso más trágico de nuestra historia. Semejante estigma ha desalentado por si solo a varias generaciones de editores y lectores, otorgando vigencia a la malévola advertencia atribuida a Unamuno: «Cuidado con Azaña. Es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la revolución para que le leyeran».

El autor de Del sentimiento trágico de la vida —y del póstumo Del resentimiento trágico de la vida: «Entre los hunos y los hotros están descuartizando a España...»— formuló su anatema contra el alcalaíno mucho antes del advenimiento de la República. Tiempo después, en las circunstancias más dramáticas, el pueblo español vivió la rara experiencia de contar al frente del Estado con uno de sus ciudadanos más sabios y capacitados. «La tentativa de combinar sabiduría y poder ha tenido éxito muy pocas veces, y cuando lo ha tenido, ha sido por muy poco tiempo», señalaba Einstein en 1953. La hechura moral e intelectual de Azaña debería evocar en nosotros los nombres de Solón —«Situado entre dos bandos como en tierra de nadie» (Elegías, 25)—, Marco Aurelio, cuyas Meditaciones son asimismo un doloroso testamento escrito en el frente de batalla —«Retorna incesantemente a la filosofía, gracias a la cual podrás soportar la corte» (VI)— o el Pericles transmitido por Tucídides: «Amamos la belleza con sencillez y el saber sin complacencia... Los espíritus más fuertes son aquellos que, conociendo las penalidades, no se apartan de los peligros». Sólo Machado da la impresión de haber captado la esencia de tales parentescos: «España, la tierra de las negligencias lamentables, ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables: supo elegir presidente. El nombre de Azaña quedará en la historia con una significación universal y como una enseñanza inolvidable».

No podía llevar sino apellido castellano quien acuñó la máxima que mejor sintetiza la anomalía española por excelencia: «Un pueblo que ignora su historia está condenado a repetirla» (George Santayana, 1906). Se trata de un motivo con ricas variaciones en el pensamiento contemporáneo, desde Paul Valéry hasta María Zambrano. Ortega lo enunciaba así: «La aberración visual que solemos padecer en las apreciaciones del presente español, queda multiplicada por las erróneas ideas que del pretérito tenemos» (1922). Trotski, quien viajó por España en 1916, tuvo ocasión de apreciar el fenómeno: «Los pueblos, y especialmente España, aprenden muy lentamente y necesitan que el pasado se repita de tiempo en tiempo». Gerald Brenan, el más pertinaz y desapasionado investigador del alma española, consigna: «¿No es España, después de todo, el país en que la Historia, y de qué monótona manera, se repite una y otra vez?» (1943).

A nadie extrañará que un presentimiento sombrío atraviese la obra de alguien que conocía tan a fondo la historia de España como Azaña. El coloquio de Benicarló representa en realidad el monólogo desesperado de un hombre que intenta elevarse sobre el horror del destino. En un país dividido en dos mitades, una de las cuales se ha convertido en dictadura militar y la otra en escenario de una revolución, aquel hombre honesto, sensato y tolerante —«que conocía la historia contemporánea y la política mundial mucho mejor que los líderes políticos de cualquier época» (Gabriel Jackson, 1986)— templa su razón frente a la sinrazón de la guerra: «Es más indispensable que nunca no someterse al abatimiento moral. Ni nosotros seríamos el primer ejemplo de un infortunio ilustre, ni ellos el de una audacia criminal victoriosa». El desventurado repetirse de la historia de España revela a sus ojos la existencia de un «desequilibrio interno», de una «disociación atroz»: «El pueblo español no escarmienta, no aprende nunca nada. Aunque es viejo y curtido por el infortunio, la discontinuidad de su cultura hace de él un pueblo sin experiencia» (1924). «No aprovechamos el esfuerzo ni el saber de nuestros antepasados. Cada generación desaparece para siempre en un abismo de olvido... Los españoles no heredamos ninguna sabiduría. Cada cual aprende que el fuego quema cuando pone las manos en las ascuas» (1930). «Una de las obras civilizadoras que tiene que hacer la República es enseñar al español que la sangre engendra sangre, que la venganza atrae venganza, y que sólo la bondad, la justicia, la humanidad pueden regenerar el espíritu español, reseco después de tantos siglos de contiendas» (1933). «Ya sé que, estando arraigada en el carácter español, la apelación cotidiana a la violencia no se puede prescribir por decreto. Pero es conforme a nuestros sentimientos más íntimos desear que haya sonado la hora en que los españoles dejen de fusilarse los unos a los otros» (Abril 1936).

El 14 de octubre de 1931, el hilo premonitorio roza la clarividencia: «Creí que tendría bastante fuerza para convencerlos. Les hice ver que era un ensalzamiento prematuro; que a mí me hundían, quizá sin provecho para la República. Sentía vivamente la enormidad de la aventura, y que se malograba un mañana más seguro. Nada me valió. Estaba disgustadísimo y de un humor negro, desesperado. ¿Barrunto de un fracaso seguro, en que estúpidamente van a arruinarse las esperanzas que he hecho concebir? Estoy como un condenado, esperando que me pongan en capilla. El suceso es formidable para mí. Con un solo discurso en las Cortes, me hacen presidente del Gobierno».

Américo Castro confesaba al final de su vida: «Mi descubrimiento de la auténtica historia de España tuvo lugar en medio de tales sufrimientos, que a veces pienso si no me hubiera valido más continuar envuelto en la bruma de mi ignorancia». ¿Cómo no sentir desolación por el fracaso de la República y sus consecuencias? Ahora que se cumplen 75 años de la publicación de La velada en Benicarló, ¿cabe asegurar que se hayan restaurado en España «las condiciones mínimas para la convivencia social»? Generoso defensor de la autonomía catalana —que tantos enemigos movilizó contra la República—, Azaña apuró la hiel más amarga al comprobar en carne viva el desafecto de Cataluña. Pero el balance de aquel episodio no será nada comparado con el desastre final: «Dos millones de españoles menos, entre muertos, emigrados y presos», según la propia contabilidad del ya expresidente en una carta a Blanco Amor, cuyo colofón reza: «Mutilación gigantesca. Difícil reconstruir el Estado y la organización económica, pero mucho más difícil rehacer las condiciones mínimas para la convivencia social. Imposible, mientras vivan los que como agentes o pacientes hayan pasado por ello» (12-VIII-1939).

La suerte de la República española constituyó una encrucijada capital para la cultura moderna. Camino de Barcelona, a donde arribará en las Navidades de 1936, George Orwell visita en París a Henry Miller. Tras obsequiarle un abrigo de pana como «contribución personal a la causa de la República», el autor de Trópico de Cáncer sentencia: «Ir a España en este momento me parece idiota». No era ése, desde luego, el punto de vista del escritor británico, a quien el regalo de Miller apenas protegió del frío invierno aragonés. Simone Weil —otra portavoz de los desheredados y miliciana fugaz en el frente de Aragón— escribía a finales de 1936: «¿Qué sucede en España? Todo el mundo tiene algo que decir, historias que contar, juicios que pronunciar. Está de moda darse una vuelta por allí, ver un trozo de revolución y de guerra civil y volver con abundancia de artículos». Apenas abandonar España, el propio Orwell aseguraba en uno de ellos: «El Gobierno español tiene más miedo de la revolución que del fascismo... Se está empleando con saña para aplastar a los revolucionarios de sus propias filas».

Es obvio que, en el curso de su hipotética conversación, Orwell y Azaña no habrían estado de acuerdo en algunos detalles. «Si me hubieran preguntado por qué me uní a la milicia, habría respondido: "Para luchar contra el fascismo"» (Homenaje a Cataluña). «La consigna de que esta guerra es contra el fascismo internacional es desastrosa» (La velada en Benicarló). No obstante, por paradójico que parezca, ambos eran fervientes partidarios del término medio. Argumentar esta proposición nos llevaría sin duda demasiado lejos, pero en ningún caso alteraría la deuda de gratitud que todo español tiene con ellos. Con el primero, por haber sido capaz de encontrar la belleza e incluso el humor en las sórdidas trincheras fratricidas en las que vino a jugarse la vida. Con el segundo, por haber alcanzado a conservar su independencia de espíritu en el centro mismo de la catástrofe y la locura colectivas. Con ambos, por poner exquisito cuidado en evitar la tentación de manipular los hechos o justificarse a sí mismos.

Pasolini, quien en 1964 compuso un poema titulado «Negociaciones con Franco» —«Antes de hacerse castellana / el alma debe aprender catalán / dentro de un cuerpo andaluz...»—, anotó 5 años antes de morir asesinado unas palabras que podrían servir de epitafio a nuestros dos escritores: «En realidad, el mundo no mejora nunca. Así pues, una de las maneras de ser útil al mundo es decir clara y rotundamente que el mundo no mejora nunca y que sus únicas mejoras son metahistóricas: se producen en el momento en que alguien afirma una cosa real o cumple un acto de valentía intelectual o cívica. Más bien, lo que puede suceder es que el mundo empeore. Y es por eso por lo que hay que luchar continuamente».

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AZAÑA: «De mayor a menor, los enemigos de la República son: la política franco-inglesa; la intervención armada de Italia y Alemania; los desmanes que han menoscabado la reputación de la República. Por último, las fuerzas propias de los rebeldes. Si España recayera en un despotismo de militares y clérigos, se lo deberíamos, en último término, a las grandes impotencias democráticas. Francia e Inglaterra creen buena la democracia para ellos, pero impropia de España, demasiado bárbara todavía. Si hubieran respetado nuestro derecho de comprar armas en sus mercados, el papel militar y político de la URSS habría sido aquí igual a cero. Si la República española pereciese, Inglaterra y Francia —sobre todo, Francia— habrían perdido la primera batalla de la guerra futura. La República sucumbió en las últimas semanas de julio de 1936, cuando no pudo reducir en pocos días la rebelión y, para salvarse de la tiranía militar, abrió las compuertas, o soportó que fuesen derribadas, al ímpetu desordenado del pueblo, reconociendo con eso mismo su impotencia».

ORWELL: «Con excepción de Rusia y México, ningún Gobierno tuvo la decencia de acudir en auxilio de la República. En consecuencia, los rusos podían imponer sus condiciones. Caben muy pocas dudas de que tales condiciones eran, en esencia, impedir la revolución o quedarse sin armas. Lo ocurrido en España no era una mera guerra civil, sino el comienzo de una revolución. Detrás de las líneas republicanas se desarrollaba una lucha interpartidista. Durante los primeros meses, el poder estaba casi por completo en manos de los anarcosindicalistas, quienes controlaban la mayor parte de las industrias clave. El vuelco hacia la derecha se produjo en otoño de 1936, cuando la URSS inició el envío de armas al Gobierno, y el poder comenzó a pasar de los anarquistas a los comunistas. La CNT y el POUM coincidían en el lema: "La guerra y la revolución son inseparables. La única alternativa real al fascismo es el control obrero". La línea comunista era aproximadamente: "En esta etapa no luchamos por la dictadura del proletariado, sino por la democracia parlamentaria. Quien trate de convertir la guerra civil en una revolución social le hace el juego a los fascistas". La guerra era en esencia un conflicto triangular. La lucha contra Franco debía proseguir, pero el Gobierno tenía la finalidad simultánea de recuperar el poder que permanecía en manos de los sindicatos».

 

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AZAÑA: «Lo singular de nuestro caso no es la simultaneidad de la revolución y la guerra, sino la permanencia en plena guerra de un conato revolucionario. Hallándose el Gobierno sin medios coactivos, se produce un levantamiento proletario, que no se dirige contra el Gobierno mismo. Secuestran bienes y personas, muchas perecen sin comparecer ante tribunal alguno, se expulsa o mata a patronos, a técnicos que no inspiran confianza. Los sindicatos, radios, grupos libertarios e incluso partidos políticos se apoderan de inmuebles, explotaciones industriales y comerciales, periódicos, cuentas corrientes, etcétera. Llamamos a todo esto revolución, porque es demasiado vasto y grave para dejarlo en motín. Menos aún que adoptarla, podía el Gobierno reprimirla. El orden antiguo pudo haber sido reemplazado por otro revolucionario. No fue así. No hubo más que impotencia y desbarajuste. Tal es hasta ahora el fruto de la revolución: despilfarro de tiempo, energía y recursos. Para la guerra, desastroso».

ORWELL: «A quien se encontrara allí desde el comienzo, probablemente le parecería que el periodo revolucionario estaba tocando a su fin; pero viniendo directamente de Inglaterra, el aspecto de Barcelona a finales de diciembre de 1936 resultaba sorprendente e irresistible. Por primera vez en mi vida, me encontraba en una ciudad donde la clase trabajadora llevaba las riendas. Casi todos los edificios estaban en manos de los trabajadores; casi todos los templos habían sido destruidos y sus imágenes quemadas. No quedaban automóviles privados, y los tranvías y taxis ostentaban los colores rojo y negro. Llamativos carteles aconsejaban a las prostitutas cambiar de profesión. La ostentación, el afán de lucro, el temor a los patronos habían dejado de existir. Nadie trataba de sacar partido de nadie. Había escasez de todo, pero ningún privilegio... No escribo un libro de propaganda ni deseo idealizar mi experiencia. Desafío a cualquiera a verse sumergido entre la clase obrera española y no sentirse conmovido por su decencia esencial y, sobre todo, por su franqueza y generosidad. Las milicias españolas constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. Semejante estado de cosas no podía durar. Sin embargo, duró lo bastante como para influir sobre todo aquel que lo experimentara. Más tarde, me resultó evidente que había participado en un acontecimiento único y valioso. Había aspirado el aire de la igualdad».

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AZAÑA: «Podemos acusar a los militares rebeldes de haber atropellado la legalidad republicana. Pero sería absurdo acusarles de desacato a una revolución que nadie había implantado, legalizado o reconocido. El daño es inmensurable. Los crímenes cometidos le hacen un flaco servicio a la revolución. Es estúpido decir que en las revoluciones siempre hay crímenes. Aunque los haya, no dejan de ser despreciables. Soy más generoso que ustedes con la revolución, y los quito de su cuenta. No son obra suya, sino de la venganza, la codicia, la impunidad y la simple lujuria de la sangre. Un odio inextinguible azota a los españoles. Es falso llamarlo odio de clases. Dentro de cada clase, el odio hace estragos. Ahí están las centrales sindicales asesinándose, mientras los burgueses de la rebelión fusilan en racimo a los burgueses del Frente Popular. "Cuanto más gente matemos, mayor será nuestra autoridad", parecen discurrir los rebeldes. De este lado, un razonamiento vicioso: en todas las revoluciones hay crímenes. Como ahora hay crímenes, es que estamos en revolución. O más aún: a fuerza de crímenes, habrá revolución».

ORWELL: «Admito que, a primera vista, el estado de cosas en el frente me horrorizó. ¿Cómo demonios podía ganar la guerra un ejército así? Los cuarteles se hallaban en un estado general de suciedad y desorden. Lo mismo ocurría en cuanto edificio ocupaba la milicia, lo cual parecía constituir uno de los subproductos de la revolución. Resultaba difícil concebir un grupo más desastrado de gente. Nuestros uniformes se caían a pedazos. Parecía increíble que los defensores de la República fuesen aquella turba de chicos zarrapastrosos, armados con fusiles antiquísimos que no sabían usar. Al comienzo, se nos entregaba un paquete de cigarrillos al día, luego sólo ocho cigarrillos diarios, y después cinco. Por fin, hubo diez días espantosos en los que no se distribuyó nada de tabaco. Por primera vez en España vi algo que se ve todos los días en Londres: gente recogiendo colillas».

 

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AZAÑA: «La debilidad de la resistencia es el resultado de la dispersión del esfuerzo y del efecto paralizante de la revolución. Rechazar la dictadura militar, mantener en España la libertad, ¿no es fin suficiente para conseguir el concurso de todos, sin exceptuar al proletariado? "Se ganará la guerra", dicen. ¿De qué modo? No lo sé, pues cuanto hacen va en derechura de destruir el postulado. Admito, admiro y agradezco el alzamiento popular en defensa de la República. Pero usted no ignora que dentro de él han ocurrido abusos monstruosos. Cabe, sin embargo, una diferencia importante. En esta zona, las atrocidades cometidas en represalia de la sublevación ocurrían a pesar del Gobierno, inerme e impotente, como nadie ignora, a causa de la rebelión misma. En la España dominada por los rebeldes y los extranjeros, los crímenes se cometían y cometen con aprobación de las autoridades. La crueldad, la venganza, hijas del miedo y de la cobardía, me avergüenzan. Una conducta noble, sin otro rigor que el de la justicia, habría robustecido la autoridad de nuestra causa. Yo estaba en Madrid la terrible noche del 23 de agosto de 1936, en que fue asaltada la cárcel por una turba furiosa. Yo también quise morirme aquella noche. O que me mataran. Si no hubiese habido rebelión, se me dirá, las personas asesinadas en la cárcel de Madrid, y otras muchas, estarían tranquilamente en sus casas. Pero desde esa perspectiva, nuestra historia no será más que un flujo y reflujo de crímenes. No acepto el sistema. Mi postura es más incómoda. Aguanto la guerra con espíritu de paz, y las ráfagas de insania con mi razón entera, causa de mayores tormentos, pues rechazo cualquier anestesia».

ORWELL: «Todo ocurría de forma tan rápida que la gente que hacía frecuentes visitas a España declaraba que le parecía llegar cada vez a un país distinto. Quienes estuvieron en Barcelona por primera vez en agosto y volvieron en enero —o, como yo mismo, primero en diciembre de 1936 y luego en abril de 1937— decían lo mismo: "La atmósfera revolucionaria ha desaparecido". La marea estaba en reflujo. La división de la sociedad en ricos y pobres, clase alta y clase baja, se instauraba de nuevo. Ahora, los mejores restaurantes y hoteles estaban llenos de gente que devoraba comida cara, mientras en los barrios obreros se hacían colas de cientos de metros para adquirir pan, aceite de oliva y otros artículos indispensables. La primera vez que estuve en Barcelona me llamó la atención la ausencia de mendigos; ahora, abundaban. "Buenos días" comenzaba a reemplazar a "Salud". Reaparecieron los espectáculos de cabaret y los prostíbulos de categoría, muchos de los cuales habían sido clausurados. Resultaba patente el debilitamiento de las esperanzas revolucionarias, decisivas al comienzo de la contienda. Nadie quería perder la guerra, pero la mayoría deseaba, sobre todo, que acabara. De algún modo, había quedado relegada a la trastienda. Quienes tenían conciencia política se interesaban más por la guerra intestina entre anarquistas y comunistas que por la guerra contra Franco».

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AZAÑA: «A los ocho meses de guerra, Cataluña no ha organizado una fuerza útil, tras haberse opuesto a que lo hiciese el Gobierno de la República. Hablan de "la guerra en Iberia". Estando la guerra en Iberia, puede tomarse con calma. A este paso, si ganamos, el resultado será que el Estado le deba dinero a Cataluña. La granada se ha roto en mil pedazos, precisamente por donde estaban marcadas las fisuras. A la Generalidad, insubordinada contra el Gobierno, se le insubordinan las centrales sindicales. ¿Dónde está la solidaridad nacional? El canibalismo racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma. Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía más a mano. Cada partido, cada provincia, cada sindical ha querido tener su ejército. Cada cual ha pensado en su salvación sin considerar la obra común. El improvisado Gobierno vasco hace política internacional. Mientras Madrid carece de aviones, los obreros del taller de reparaciones de los Alcázares se niegan a prolongar la jornada y trabajar los domingos. Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno cuando se fue de Madrid. Temían que los refugiados atrajesen bombardeos. Además, consumen víveres».

ORWELL: «Una vez señalaron la posición situada a nuestra izquierda diciendo: "Aquéllos son los socialistas"; me sentí desconcertado y pregunté: "¿Acaso no somos todos socialistas?". Me pareció una estupidez que hombres que se jugaban la vida por igual tuvieran partidos distintos; mi actitud siempre fue: "¿Por qué no dejamos a un lado todas esas tonterías políticas y seguimos adelante con la guerra?". La mística del socialismo es la idea de igualdad. Socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido».

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AZAÑA: «Las tesis de la República son las del patriotismo nacional, que pretende integrar en una expresión común intereses y clases divergentes. La República debía ser una solución de término medio. Tenía que esquivar la anarquía y la dictadura, que crecen sin cultivo en España. Por lo visto, nuestro clima no es favorable a la sabiduría política. Pienso en la zona templada del espíritu, de la que está excluida toda aspiración al absoluto y donde no se aclimatan la mística ni el fanatismo político. En esa zona, donde la razón y la experiencia incuban la sabiduría, había yo asentado la República. La República no tenía por qué embargar la totalidad del alma de cada español. Al contrario: debía desembargar muchas partes de la vida intelectual y moral indebidamente embargadas. Se trataba de sacar a la luz, de poner en primera línea lo mejor. Si la República no había venido para adelantar la civilización en España, ¿para qué la queríamos?».

ORWELL: «Llegué a Barcelona a las tres de la tarde del 26 de abril de 1937. Por debajo del lujo y de la creciente pobreza, de la aparente alegría de las calles con puestos de flores, banderas multicolores, carteles de propaganda y abigarradas multitudes, la ciudad respiraba el clima inconfundible del antagonismo y el odio político. Se acercaba el 1 de Mayo. La manifestación en que la CNT y la UGT desfilarían unidas para demostrar su solidaridad fue suspendida en el último momento; era evidente que sólo originaría disturbios. Barcelona, la llamada ciudad revolucionaria, fue quizás la única en la Europa no fascista que no festejó ese día... Nadie daba la impresión de tener una idea muy clara de lo que ocurría. A las tres de la mañana del 3 de mayo de 1937, el hombre que se hallaba al mando del edificio me despertó, me dio un fusil y me puso de guardia en la azotea. Allí pasé los tres días y noches siguientes. Pocas experiencias podrían resultar tan asqueantes, decepcionantes o exasperantes como aquellos días de guerra callejera. Solía sentarme en la azotea y maravillarme ante la locura que significaba todo aquello. Después de ciento quince días en el frente, debía pasar mi permiso enfrentado a guardias de asalto que me saludaban y aseguraban que eran "obreros", aunque sin duda dispararían contra mí si recibían la orden. Dediqué muchas horas a leer. La enorme ciudad de un millón de personas había caído en una especie de violenta inercia, una pesadilla de ruido sin movimiento. Lo único que sucedía era el caudal de balas que partía desde barricadas y ventanas protegidas con sacos de arena. No circulaba ni un solo vehículo a lo largo de las Ramblas, y los tranvías permanecían inmóviles allí donde sus conductores los abandonaron al oír el primer disparo».

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AZAÑA *: «Se oía un estruendo descomunal de ametralladoras, morteros, fusilería y bombas de mano. Toda el área del parque de la Ciudadela estaba rodeada. Frente a mi residencia, los revoltosos ocupaban la estación de Francia y las casas del Borne. Seguí escribiendo lo que tenía entre manos: el texto de La velada en Benicarló. Luego leí hasta muy avanzada la noche. Durante cuatro días no dejé de pensar en lo extraño y difícil de mi situación. Con desasosiego y amargura, consideré lo que la trifulca barcelonesa significaba para la guerra y para la política, la magnitud del escándalo que provocaría en el mundo y la utilidad que sacarían de ella los otros rebeldes».

ORWELL: «Estaba muy bajo de ánimos y agotado después de pasar sesenta horas casi sin dormir. En una pequeña habitación del primer piso había un sofá habilitado como enfermería. Me eché en él, con la sensación de que necesitaba media hora de descanso antes del ataque final, en cuyo transcurso, probablemente, me matarían. Recuerdo la molestia que me producía la pistola, sujeta al cinturón e incrustada en los riñones. Lo próximo que recuerdo es que me desperté sobresaltado y vi a mi esposa junto a mí. Había acudido a ofrecerse como enfermera».

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AZAÑA *: «Así pues, tenía que hacerme a la idea de que Manuel Azaña se hallaba en un trance comprometido, del que debía zafarse por su cuenta y riesgo. La opción era quedarnos allí y esperar acontecimientos o salir hacia el puerto desafiando a las ametralladoras. Puestos a considerar lo peor, se me antojaba muy en la línea de mi destino acabar mi carrera pereciendo trágica e injustamente en Barcelona. Pero tenía a mi lado a mi mujer, cuya vocación no ha sido otra que hacerme llevaderos todos los disgustos y sinsabores de la vida pública y rodearme de ternura. "Haz lo que te parezca mejor", me dijo. Decidí salir. Una conferencia telegráfica nos retrasó durante quince minutos. Cuando bajábamos la escalera, se reprodujo el fuego de ametralladoras y bombas con más violencia que nunca. Toda aquella rociada nos habría caído encima».

ORWELL: «El estrépito no se interrumpía en ningún momento del día, y con la aurora comenzaba de nuevo. Era difícil descubrir qué demonios pasaba, quién luchaba contra quién y quién iba ganando. Agentes provocadores hacían estallar grandes cantidades de explosivos a fin de aumentar el ruido y el pánico. Todos estaban hartos de aquella lucha carente de sentido. Nadie deseaba que se convirtiera en una verdadera guerra civil que pudiera significar la derrota frente a Franco. Nunca logré hacer el análisis correcto de aquella refriega intestina. Probablemente, la CNT tenía razón. Pero, a fin de cuentas, estaban en guerra y no tenían por qué sostener una lucha en la retaguardia. Estoy completamente de acuerdo con esto. Cualquier desorden interno significaba una ayuda para Franco».

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AZAÑA *: «Ha podido ser la escena final. Da para escribir un libro el espectáculo que ofrece Cataluña en plena disolución. Nada queda, aparte de histeria revolucionaria, ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos de una sindical contra otra, deslealtad, parálisis de las operaciones. Sin embargo, oficialmente, es una lucha entre obreros catalanes que defienden las conquistas de la revolución. Las radios facciosas lo celebran con entusiasmo».

ORWELL: «Nadie que haya vivido en Barcelona entonces o en los meses posteriores olvidará la agobiante atmósfera creada por el miedo, la sospecha, el odio, la censura, las cárceles abarrotadas, las enormes colas para conseguir alimentos y las patrullas de hombres armados. No es fácil describir el ambiente de pesadilla de aquel periodo. Era como si alguna poderosa inteligencia maligna planeara sobre la ciudad. La versión oficial de la lucha en Barcelona ya estaba decidida: sería un levantamiento de la "quinta columna" fascista, provocado por el POUM. Los periódicos comunistas difundían la historia de un gigantesco "complot fascista". Era un golpe deliberado a la moral de guerra, no sólo a la milicia del POUM. El resentimiento político importaba más que la unidad antifascista. Todos nosotros éramos acusados de estar a sueldo de los fascistas. Nin había sido fusilado en prisión. También agarraron a Kopp. Monté en cólera cuando me enteré del arresto de Kopp. Era un hombre que había sacrificado todo, familia, nacionalidad, forma de vida, para acudir a España a luchar contra el fascismo. Uno cuenta con morir en la batalla, pero ser encarcelado a causa de un resentimiento ciego es algo muy distinto».

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AZAÑA: «El resultado final calificará en última instancia la conducta. Si perdemos, una propaganda perdurable hará creer a nuestros sucesores que nuestra conducta ha sido criminal, que hemos tenido la culpa de la rebelión, acaso que la hemos comenzado. Si ganamos, todo lo ocurrido será pedestal de gloria. La victoria relaja y corrompe tanto como la derrota. Ganar o perder la guerra es muy importante, pero el fenómeno que padecemos no se cifra en eso. Ganaremos, perderemos. ¿Pero por qué ha sido necesario que ganemos o perdamos una guerra los unos o los otros? La cuestión surge de haberse apelado a la violencia, al terror, para imponer a los contrarios la razón que se cree tener, y exterminarlos si fuese posible. Y del hecho de que los agredidos hayan apelado también al terror para defenderse. Es un despropósito inmoral y un dislate político separar la intención de una causa de los medios empleados para su triunfo. No averiguo culpas, ya demostradas. Examino un problema de conducta, idéntico para cuantos militan en uno u otro campo. No hemos sabido encontrar un solo principio alrededor del cual rehacer la cohesión nacional menoscabada por las discordias domésticas. Una frontera interior, de sinuoso trazado, separa a unos españoles de otros más profundamente que las fronteras territoriales a pueblos extraños. Superamos a todas las naciones en el humor suicida de nuestra cólera. España es el único país que se clava su propio aguijón. Quizá el enemigo de un español es siempre otro español. Las cosas suceden como si los españoles prefirieran la destrucción de su país al triunfo de su hermano enemigo. De haber dirigido yo la guerra, habría propuesto al menos la inmunidad de lo bello y de lo histórico: "Matémonos, si queréis, pero salvemos de común acuerdo nuestras obras de civilizados"».

ORWELL: «Tras el enfrentamiento, resultaba difícil pensar en la guerra tan ingenua e idealistamente como antes. Ninguna persona sensata podía suponer que existiera esperanza de democracia en un país tan dividido y exhausto como lo sería España al concluir la guerra. Se impondría una dictadura y, evidentemente, la posibilidad de una dictadura proletaria había pasado. Ello significaba que el país sería sometido a alguna clase de fascismo. Desde cualquier punto de vista, las perspectivas eran deprimentes. Pero ello no significaba que no fuese mejor luchar con el Gobierno contra el fascismo de Franco y Hitler. Cualesquiera que fuesen los defectos del Gobierno de posguerra, no cabía duda de que el régimen franquista sería peor. Si hacíamos retroceder a Franco y a sus mercenarios extranjeros, lograríamos mejorar considerablemente la situación mundial. Aunque sólo fuese por eso valía la pena ganar la guerra».

 

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AZAÑA: «Esperaba y deseaba la República como instrumento de civilización en España. No obstante, si su advenimiento hubiera dependido de sumergir a nuestra nación en una guerra espantosa, habría renunciado a la República. Ni la República ni la monarquía valen para España lo que ya le cuestan. Hemos sobrepasado el límite. No perecerá la nación; vivirá muriendo, que es peor. ¿Qué se han hecho unos a otros los españoles para odiarse tanto? La ofensa de pensar contrariamente. La gradación de matices no forma parte de nuestra moral. El español es violento. Bajo su desidia, dormita una iracundia despótica. Es el fondo de nuestro ser. Unos fusilan a maestros, otros fusilan a curas. Unos queman iglesias, otros Casas del Pueblo. La virtud purificadora de las llamas sigue siendo un mito español. No amamos la duración de las cosas. Habíamos llegado a creer que la República inauguraba en España una era de respeto al pensamiento. Pero la intolerancia española sopla arrasadora. Su signo político es unificar opiniones y creencias mediante el exterminio de los disidentes».

ORWELL: «En el árbol, marcado por las balas, que había frente a nuestro parapeto comenzaban a formarse apretados racimos de cerezas, cuando un tirador fascista me hirió. La experiencia de recibir una herida de bala es muy interesante y creo que vale la pena describirla con cierto detalle. A las cinco de la mañana, me encontraba en el vértice del parapeto. Esa hora es siempre peligrosa. Teníamos la aurora a nuestra espalda, y si asomaba la cabeza, quedaba claramente recortada contra el cielo. Todo ocurrió en un intervalo inferior a un segundo. Cuando traté de hablar, comprobé que carecía de voz. La bala me había atravesado la garganta. Di por sentado que no tenía salvación. Nunca había oído hablar de un hombre que sobreviviera a un balazo en el cuello. Durante dos minutos supuse que estaba muerto. También eso era interesante, es decir, resulta interesante saber qué clase de pensamientos se tiene en semejante situación. Me asaltó un violento resentimiento por tener que abandonar este mundo que, a pesar de todo, me gusta. Qué absurdo morir, no en medio de una batalla, sino en el mugriento rincón de una trinchera, por culpa de un descuido de un segundo. Compadecí a los cuatro pobres diablos que sudaban y tropezaban con la camilla sobre los hombros. La ambulancia estaba a dos kilómetros y el camino era difícil, resbaladizo y lleno de obstáculos. Las hojas plateadas de los álamos me rozaban la cara; pensé que era bueno estar vivo en un mundo en el que crecen álamos plateados».

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AZAÑA: «No hemos enseñado ni aprendido nada nuevo. Creo que ni siquiera viejo. Esta guerra no sirve para nada —para nada bueno, se entiende—. No resuelve nada. Una vez concluida, subsistirán los móviles que la desencadenaron y reaparecerán las cuestiones que se han querido solventar a cañonazos. Todo eso existía ayer; cargado de todo eso nacerá el mañana. Hemos dado un rodeo pavoroso para obtener lo que estaba al alcance de la mano: la justicia, la libertad, el pan. Pero lo angustioso de este drama consiste en que, cuando parezca haber acabado, no tendremos más justicia, más libertad ni más pan que antes. La ley, el derecho, el orden estaban de nuestra parte. Había que resistir y vencer. Esa necesidad y ese deber constituyen de por sí una desgracia irreparable. Concédaseme el derecho de entristecerme ante un Himalaya de cadáveres. Andando el tiempo, cuando el estrépito y el estrago sean confusas memorias, quizás alguna persona inteligente diga que yo tenía razón, si se produce el fenómeno de que mis opiniones sean conocidas. Los hombres como yo hemos venido demasiado pronto o demasiado tarde. A no ser que nuestra inutilidad pertenezca a todos los tiempos, a todas las situaciones. Luchar a brazo partido con mis pensamientos es esta noche la única forma de esperanza».

ORWELL: «El seco chasquido de las balas, el estrépito y el resplandor de las bombas, la luz clara y fría de las mañanas, el taconeo de las botas en el patio del cuartel, allá por diciembre de 1936, cuando la gente creía todavía en la revolución; y las colas para conseguir comida y las banderas rojinegras y los rostros de los milicianos españoles; sobre todo, los rostros de los milicianos, de los hombres que conocí en el frente. Ojalá ganen su guerra y echen de España a todos los extranjeros, alemanes, rusos e italianos por igual. Esa guerra, en la que desempeñé un papel tan ineficaz, me ha dejado recuerdos en su mayoría funestos, pero aun así no hubiera querido perdérmela. Cuando se ha atisbado un desastre semejante —y, cualquiera que sea el resultado, la guerra española habrá sido un espantoso desastre—, el saldo no es necesariamente desilusión y cinismo. Por extraño que parezca, toda esa experiencia no ha socavado mi fe en la decencia de los seres humanos, sino que, por el contrario, la ha fortalecido».

 

NOTA

La velada en Benicarló, fechada en abril de 1937, fue publicada en Argentina (Losada) y Francia (Gallimard) en otoño de 1939; en Italia, con traducción y prólogo de Leonardo Sciascia, en 1967 (Einaudi); en México, dentro de sus Obras completas, editadas por Juan Marichal, en 1968 (Oasis); en España, en 1974 (Castalia); en Estados Unidos, en 1981 (Associated University Press). Homage to Catalonia, escrita entre julio y diciembre de 1937, fue publicada en Inglaterra (Secker & Warburg) en la primavera de 1938; en Francia, en 1955 (Gallimard); en castellano y catalán, en 1970 (Ariel; ediciones cesuradas); en 2003, primera edición íntegra en castellano (Tusquets). Los bloques 7, 8 y 9 de Azaña, señalados con asterisco, proceden de la entrada de su Diario correspondiente al 20 de mayo de 1937, cuyo comienzo reza: «Han pasado tantas cosas en estos 15 días, que no me será fácil contarlas». Salvo ocasionales extractos efectuados con la intención de facilitar la lectura, hemos respetado escrupulosamente la literalidad y secuencia de los pasajes reproducidos. Un artista lo llamaría «collage»; un dramaturgo, «adaptación»; un cineasta, «montaje»; un músico, «arreglo». Nosotros lo llamaremos «saldar una deuda».

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

  • Unamuno, El resentimiento trágico de la vida, edición póstuma, 1991.

  • Einstein, «Aforismos para Leo Baeck».

  • Machado, prólogo a Los españoles en guerra (discursos de Azaña, 1939).

  • Santayana, La vida de la razón. 

  • Ortega, España invertebrada, prólogo a la segunda edición.

  • Trotski, Mis peripecias en España, 1929.

  • Brenan, El laberinto español.

  • Jackson, catálogo de la exposición Azaña, Palacio de Cristal, Madrid, 1990.

  • Azaña, Velada en Benicarló, Castalia, 1974, y Reino de Cordelia, 2011; artículo en la revista argentina Nosotros, 1924; «¡Todavía el 98!», Plumas y palabras, 1930; Discurso, noviembre 1933; Sesión de Cortes, 15-IV-36; Diarios, Crítica, 2000, y Planeta, 2011. Castro, Sobre el nombre y el quién de los españoles, 1972.

  • Weil, «¿Qué sucede en España?», Escritos históricos y políticos. 

  • Orwell, Homenaje a Cataluña, Virus, 2000, Tusquets, 2003 y Debate, 2011; New English Weekly, 29-VII-37.

  • Pasolini, catálogo de la exposición Palabra de corsario, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2005.

José Luis Gallero

José Luis Gallero (Barcelona, 1954) es editor, poeta, antólogo y estudioso del pensamiento breve. Fue redactor de Sur Exprés y El Europeo. Autor de Sólo se vive una vez. Esplendor y ruina de la movida madrileña (1991) y Heráclito. Fragmentos e interpretaciones (2009). Vive y trabaja en Madrid.

Ilustraciones de Oscar Noguera