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Revulsivo bajo el sol

Corazón de crustáceo
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Acerté al suponerle a mi socia, desertora ya de este mundo, grandes virtudes como persona, pues todos los congregados, mis nuevos y aún desconocidos vecinos, parecían muy compungidos y se habían colocado muy juntos. Pero los que más lloraban eran Marius y su compañero Grigore, apoyados en el árbol con las manos a la espalda, salvo cuando se enjugaban una lágrima. No me sentí con derecho ni ganas de interrumpir sus llantos desconsolados para preguntarles cuándo reanudarían el trabajo. Libertad y yo nos vimos obligadas a emborracharnos para conseguir que los obreros trabajasen, pero ahora ella había muerto por eso. Qué menos que concederse el duelo de un día, qué menos que devolver el día al sol. Decidí que a mí también me vendrían bien unas horas libre, me alejé del grupo antes de que me acusaran de cualquier cosa rara y cogí la primera de las calles para ver el pueblo a la luz.

Era fácil dejar atrás un caserío tan pequeño. La calle pronto se convirtió en una senda que discurría a lo largo de una tapia. Hacía calor, y sólo se oía el zumbido de los insectos. Las hojas de un árbol que asomaban desde el otro lado del muro me acariciaron la cara. Y entonces sentí algo que no había sentido desde hacía muchos años. Me di cuenta, de manera no intelectual, del privilegio que suponía estar ahí, sin mucha idea de adónde me dirigía, sin haber hecho nada realmente en la vida, sin ataduras y sin ni idea de quién era a los 39 años. El tembleque de mi identidad era el tembleque del cosmos. La hoja me acarició como retirándome el nombre. Al contrario que la hoja de la espada con la que te ordenan caballero, esta era una orden inversa, especular, y yo no era nadie en ese pueblo ignoto y en ningún caso de la Costa Brava.

Que nadie me esperase en ningún sitio, y que yo estuviese ahí, con la concreta acción sin significado de la caricia de una hoja, precisamente eso, precisamente ahí, sin motivo y sin efecto conocibles para mí, le daba al lugar una fuerza existencial brutal, que se impuso a todo, se imponía a cualquier idea que tuviese yo sobre mi vida, ya no habría presupuestos. ¿Desde hacía cuánto no paseaba por un sitio incongruente como en una alucinación? 

Los colores brillaban. Las montañas del fondo parecían vibrar por la contención de la energía expansiva de su roca maciza. Libertad empezaba a desintegrarse bajo la tierra. En poco tiempo todo el pueblo estaría respirando sus moléculas. Quise abarcar todo el panorama de un vistazo, pero fue una imprudencia. Al hacer el giro una masa heterogénea cobró vida en mi estómago y se lanzó como un géiser esófago arriba. Me tuve que dejar caer en la tapia y ahí estuve vaciándome durante un buen rato. Cuando pude moverme, sintiéndome como un gusano, miré a mi alrededor. No parecía que nadie me hubiera visto. ¿Desde hacía cuánto…?

Y así, ungida con el fruto de lo demencial y con un rastro de vómito en los pantalones, volví al hotel.

***

Estaba anocheciendo cuando abrí los ojos. Las maletas seguían en el suelo sin deshacer. No podría resistir otro despertar más en esa provisionalidad, así que me levanté dispuesta a dejarlo todo colocado antes de preocuparme por la cena.

Una vez hube colgado toda la ropa en el armario seguí con el resto de la habitación. Era fundamental reservarme una estancia agradable a salvo de las molestias de la obra. Me alegró encontrar un jarrón para colocar unas flores a la mañana siguiente. Bien pensado, bien imaginado, me iba a quedar un dormitorio bastante mono. Ya había visto que por la mañana tenía mucha luz. La idea me animó, aunque tenía que comprar una bombilla más potente. Revivido por fin mi sentido estético, me acerqué a los cuadros. ¿Por qué los había considerado vulgares? Estaban polvorientos y con los cristales un poco sucios, pero no eran vulgares. Y alguien los había elegido para aquella habitación. Una acuarela representaba un tren cruzando un puente en plena noche. El otro era un grabado chino en el que aparecía un monje meditando. Los enderecé y cuando me giré para buscar un trapo me pareció ver en el espejo del armario que estaban otra vez torcidos. Me volví de golpe y me di cuenta de que había sido una impresión falsa. Tendría que darme prisa, porque necesitaba cenar.

Sólo me quedaba meter algunas cosas en el cajón de la mesilla. Al abrirlo vi que dentro había unas horquillas roñosas, un papelujo y un mechero ronson. Lo saqué todo, cajón incluido. El mechero no tenía gas. El papel era una octavilla amarillenta, con las letras casi totalmente borradas, y un dibujo en negro de una diana con un dardo clavado en el centro. Apenas veía nada, la bombilla daba menos luz que una vela. Leí a duras penas:

-...  1955… A-gost… 19 … Cam…pi… onat… de… dards… Gran… Tro… feu… Cor…

El resto ya no se distinguía.

-Trofeu cor, trofeu cor, trofeu cor… ¡Gran trofeu Cortsaví, claro!

Era la convocatoria a un torneo de dardos de hacía más de medio siglo. El tiempo que llevaba en el cajón de mi mesilla. ¿Habría ganado, quien había dormido allí? Igual el premio era el mechero. El papel estaba hecho polvo, pero decidí enmarcarlo para conseguir un aire tradicional cuando estuviese acabada la renovación y vinieran los nuevos turistas, herederos de una larga estirpe.

Ya no tenía más que hacer. Cogí el bolso para marcharme a cenar, cuando de pronto el jarrón se estampó contra el suelo. ¿No sólo los cuadros, también la mesa estaba coja? ¿Temblaban los cimientos? Me acerqué a la mesa y sobre ella creí ver, y ya iba a necesitar una cena contundente de verdad, una figura humana de la altura de un dedo. Durante unos segundos permaneció  quieta, y supuse que era un adorno de escayola, pero de repente empezó a moverse otra vez, a saltar con los brazos en alto como el que celebra algo. Era un enanísimo hombre oriental, casi calvo, con una túnica grisácea. ¡Era el monje del grabado! Movía la boca con frenesí, pero no emitía ningún sonido. Estiré el dedo para tocarlo con cuidado, como se hace cuando se ofrece comida a un gorrión. El monje se agarró a mi dedo, me obligó a girar la mano y se subió en mi palma. Me lo acerqué cuanto pude a la cara e hizo un gesto de protección con las manos. Debía de olerme todavía el aliento, pobre. Me echó las manitas a la mejilla y trató de acercarse a mi oído. Ahí se asomó, yo notaba sus dedos agarrados a las circunvoluciones del pabellón, como si fuera alguien que se asoma a un pozo, y noté un soplido ligero, pero seguía sin oír nada. Así que lo dejé otra vez en la mesa, me senté en la silla y le dije:

-Sé que eres el monje del cuadro, porque veo que ahora está vacío, pero no te oigo, ¡no te oigo! Tenemos que buscar una manera de que puedas hablar conmigo y me expliques esto, antes de que el tren se incorpore también a las tres dimensiones.

Asintió con la cabeza. Entorné los ojos y distinguí que sonreía. Él me oía a mí. Podía darle un papel y arrancarle la mina a un lápiz y afilarla muchísimo hasta dejarla como un lápiz de su escala. Pero yo necesitaría una lupa. Entonces se me ocurrió un procedimiento más directo. Saqué el móvil del bolso y puse en marcha la grabadora.

-Habla ahora, acércate todo lo que puedas.

Apoyó las manos en las rodillas, me hizo un gesto simpático con la cabeza y movió los labios. Cuando se incorporó de nuevo, reproduje la pista con el volumen al máximo.

-¡Hola! ¿Por qué me has llamado?

Sin darme cuenta le contesté acercándome el teléfono, pero en realidad no hacía falta.

-¿Cómo que te he llamado? Si ni siquiera sabía que se te podía llamar.

Se puso a saltar como un loco de nuevo. Le acerqué el teléfono, repitió la frase, reproduje la pista.

-¡Sí, tú! ¡Tú me has convocado!

-A ver, ¿cuándo te he convocado yo?

Él mismo, impaciente, pasó la mano por la pantalla y comenzó a grabar. Al llegar al final de la frase cruzó los dedos.

-¿No has repetido tú, y con mucha insistencia, la arcana fórmula trofeucor, trofeucor, trofeucor?

-¿Yo qué voy a… ? ¡Ah!, estaba intentando leer un anuncio de un campeonato de dardos.

Cuando grabó la siguiente frase, la cerró con una pirueta de 360º. Me di cuenta de que disfrutaba mucho con los movimientos de la túnica. Presumido. Decía:

-No, lo que has hecho es decir al revés roquefort, roquefort, roquefort. Y como el roquefort es el queso de la amistad, tu mantra ha convocado al amigo que tenías más cercano, es decir, yo [pirueta].

-Mira, en el caso de que yo haya hecho una cosa tal como mencionar al revés el queso de la amistad, a quien debería haber convocado es a un enemigo.

-A mí no me convences con tu lógica de occidental. Si me llevas a cenar contigo te digo cuál es el restaurante bueno, porque el otro es asqueroso.

Me cabía en el bolso, así que salimos juntos.

 

***

Capítulo 3: El contacto instantáneo

 

En el papel de alcaldesa de Corsavy: Ana Molina Hita; el cuadro se llama Train Going over a Bridge at Night, y lo pintó Eric Ravilious en 1935.