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El contacto instantáneo

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En cuanto entré en el restaurante sentí unas ganas vivísimas de disfrutar mucho. Por fin algo se parecía a lo que esperaba de ello. Las paredes eran de estuco y ladrillo. Cada pequeña mesa estaba iluminada con una lámpara y en el amortiguado murmullo de las conversaciones tintineaban las copas ¡como borlas de plata en un almohadón de brocado! Me incorporé de manera natural a ese compás de 3/4 y crucé la sala.  Parecía el fondo del mar de una película animada, pero anaranjado en lugar de verdoso.

Mientras cruzaba, un señor que reconocí del entierro levantó la copa de vino para saludarme;  la mujer que iba con él le censuró con un topetazo en la mano.

Me fui directa a la mesa más apartada y me senté mirando hacia la pared para poder hablar con Zang sin que me viesen. Bueno. Ya había quedado como una chiflada asocial, además de como una asesina de ancianas.

Mientras yo le iba susurrando sugerencias Zang, sin contestarme, se paseaba por la carta recogiéndose la túnica. Tardaba mucho en leer los platos y tardó mucho en decidirse, teniendo en cuenta que apenas le cabrían unos gramos de las delicias que pidiésemos.  Caracoles y trucha en papillote fue lo que eligió por fin el monje zen.

La comida estaba buena, pero la conversación no iba muy fluida porque a cada momento tenía que interrumpir la grabación de las frases de mi amigo para irles arrancando los cuernos a los caracoles y que así él se los pudiera comer como polos o setas. Al cabo de un rato la pantalla, llena de grasa, dejó de funcionar, pero el bueno de Zang me dijo con un gesto de la mano que no me preocupase, antes de zambullirse en el papel arrugado para rebuscar entre los restos de la trucha. Pero mi soledad no duró mucho; a mi espalda oí una frase familiar:

-¡Señora, siento molestarla!

Marius.

La papillote, tienda de campaña después del amor, dejó de agitarse.

Marius se sentó conmigo. Supuse que discutiríamos los pormenores de la obra, lo que faltaba por hacer, el tiempo que iban a tardar todavía. Pero me dijo:

-Qué buen augurio encontrarla. Estoy muy contento de que haya llegado usted a nuestro pueblo. Hace tiempo que vivo aquí, y estoy muy a gusto, pero se acaba atocinando uno viendo siempre las mismas caras.

En ese momento apareció el camarero y echó mano al plato.

-¡No he terminado todavía!- lo detuve. Tenía que sacar a Zang de ahí para que no acabase en la basura, con las raspas. Luego se me ocurrió que un cubo de basura lleno de desperdicios era un entorno de lo más adecuado para que un monje oriental comenzase una aventura con moraleja, pero está en la naturaleza de la vida que dejemos pasar los mejores trenes de los demás.

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Marius seguía hablando, mirando al infinito. No tardé en darme cuenta de que era un soñador. Aproveché su despiste para meterme en el bolso a Zang, que pataleó un poco.

-Aquí somos muy poca gente y ya los conozco a todos. Y a Grigore ni le cuento. No quiero entretenerme en rodeos. He estado pensando y quiero proponerle una cosa.

-Estoy divorciándome.

-Ya, ya, eso ya lo sabemos todos en el pueblo. Pero que haya aparecido justo aquí… Vamos al grano: hay para mí un misterio apasionante, que se me resiste pero que a veces me lanza señales, como si quisiera ser descubierto. Ese misterio soy yo mismo.

Me rasqué el cuello.

-Sé que hay maneras de desentrañar el misterio. A mí la que más me atrae es el psicoanálisis. He leído mucho a Jung. Yo me pongo a leer los sueños que le contaba la gente y cómo luego él va poniendo cada cosa en su lugar, y pienso en los míos, que se quedan sin interpretar, aunque a veces se los cuento a Grigore, y con las ganas que tengo de conocerme me parece que estoy desperdiciando las llaves que se me tienden. Y no puedo hacer más. Soy junguiano, pero soy pobre también. No me puedo pagar un psicoanálisis. Da igual. Yo quiero analizar mis sueños.

No entendí adónde quería llegar. Me miró un segundo y continuó.

-Yo le quería proponer, señora, que me psicoanalice. Todos los del pueblo me conocen ya muy bien, pero usted es nueva. Si yo le contase a usted mis sueños…

-Mire, yo no sé interpretar símbolos. Sería un fraude.

-No tiene que conocer los símbolos. Su papel sería el de un muro blanco donde se proyecten las imágenes más primigenias, sin toda esa porquería de quién se supone que somos. Lo he intentado con Grigore y no llegamos a nada. Con usted, que no sabe nada de mi vida, podría arrancarles el sentido verdadero.

-… ¿Sueña mucho?

-De verdad, esto sería muy útil para mí. A cambio la psicoanalizaré yo a usted.

***

De vuelta en mi habitación, lo primero que hice fue sacar a Zang del bolso. Se había dormido. Parecía un colibrí sobre la palma de mi mano. Le hice una camita encima de la mesa con un calcetín.

Cuando me metí en la cama limpié la pantalla del teléfono con el otro calcetín. Ya funcionaba. Programé el despertador y vi que Zang me había dejado una grabación nueva durante la parte de la cena que pasó escondido. Quizá fuera importante.

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***

El sol entraba por la ventana y Zang seguía durmiendo. Por fin podría inspeccionar la casa, conocer las habitaciones, supervisar la obra: ¡empezar! Oí trajinar a Marius y Grigore.

Encontré la manera de escabullirme al jardín sin que me vieran. Era pequeño y estaba algo descuidado, pero con sólo segar un poco la yerba quedaría bastante agradable. Había árboles frutales. Me había acercado a reconocer uno, un peral, cuando vi a Marius en la puerta de la casa. Me saludó levantando la mano. Llevaba un martillo.

-¡Buenos días! A las doce pararemos para hacer la sesión. He tenido un sueño de lo más primitivo. Le va a encantar.

-Pues yo creo que no he soñado nada…

-¿Cómo que no?

-Bueno, al despertarme estaba todavía como en otro mundo, pero cuando he apagado la alarma…

Marius bajó el peldaño, señalándome con el martillo.

-Espere, ¿se ha despertado con el teléfono?

-Sí.

Negó con la cabeza. Se acercó hasta mí.

-Esto es muy importante –volvió a negar y me agarró el brazo.-Tenía que haberla advertido: no puede tocar el teléfono cuando esté todavía en la cama. Nuestra mente aún no está acostumbrada al silicio. Al primer contacto con el teléfono, los sueños se esfuman.

Volvió hacia la casa, pero antes de entrar se giró y, ya más animado, me dijo:

-De todos modos empezaremos con mi sueño a las doce.

Me dispuse a hacer tiempo.

 

“El telégrafo y el teléfono destruyen el cosmos. El pensamiento mítico y el pensamiento simbólico, en su esfuerzo por espiritualizar la relación entre el hombre y el mundo que lo rodea, crean el espacio para la oración o para el pensamiento, que el contacto eléctrico instantáneo aniquila.”

Aby Warburg (1923)

***

Capítulo 4: Las extrañas criaturas

 

La ilustración de portada la hizo hacia 1903 el indio hopi Kutcahanauu, como parte de una serie de ilustraciones de los kachinas de su pueblo. Los kachinas son espíritus o personificaciones de cosas en el mundo real. La banda sonora de la ensoñación de los comensales es el segundo movimiento del Concierto para cello Op. 17 de Alan Hovhaness, interpretado por János Starker. La banda con la inscripción es un detalle de una lámina de un libro de homenaje del siglo XVII, por Joannes Carolus Erlenwein.