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Mi media naranja

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La pregunta sobre el misterio sólo puede responderse en relación con lo inexplicable. La palabra “misterio”, o lo misterioso, actualmente sufre un maltrato que tiene que ver con la incapacidad para distinguir lo inexplicable de lo que está, sencillamente, oculto. O dicho de otro modo, lo que se oculta, aunque se desconozca qué cosa es la ocultada, no es un misterio. Insistamos: el misterio está íntimamente —lo íntimo y lo misterioso se llevan bien— relacionado con lo inexplicable —de eso está relleno— y lo inexplicable nunca se puede desentrañar porque hacerlo iría en contra de su esencia, iría en contra de lo que es: no estaríamos frente a algo inexplicable sino frente algo meramente desconocido. El misterio no se puede conocer, sólo se llegará a intuir.

[Aparte: Lo íntimo. Nunca. Son dos palabras que me doy cuenta que he puesto en cursiva en este primer párrafo que da pistoletazo de salida a lo que llamaré el asunto Mi media naranja. Esas dos palabras abren dos zanjas insalvables. Como dice Machado por boca de Juan de Mairena: “Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles”. Y saber eso es poder comprobar el peso de algunas palabras…, de algunos actos.

Intuitivamente, percibimos que lo íntimo parecería relacionarse con la nada y con el nadie aunque, realmente, no con el nunca. Pero la complejidad de tal intuición habrá de ser estudiada.]

Así, cuando la palabra “misterio” está unida a la palabra “amor” —y junto a la palabra “amor” aparece, hermana, la palabra “belleza”—, se observa una inestabilidad. De esa tríada parece forjada la expresión que dice “mi media naranja”. Mi media naranja, ¿quién es: quién será? Incluso, ¿podrá ser? Y, ¿qué evoca ese misterio? El título de este texto, de este asunto, delata, antes que cualquier otra cosa, una búsqueda. La búsqueda del amor o la búsqueda de la belleza —piénsese todo el rato como un igual— de la que siempre parece compuesto el amor como expresión de una perfección… Mi media naranja es, pues, búsqueda del amor perfecto para mí.

[Aparte: ¿Qué hacer con la palabra “siempre”, recién surgida ahí arriba? ¿Qué hacer con lo que obsesivamente sucede, signo del siempre? Tal vez, ahí, se esconde una tristeza; mejor dicho, una melancolía: lo que sucede siempre es una monotonía. ¿O no…?

Sobre la monotonía: junto a esa idea nos acecha, de algún modo, la imagen que tenemos de la música electrónica. Sí, para la monotonía, véase la música electrónica. Véase la repetición; véase el loop, el bucle, que es desnudez de la pieza musical, esqueleto de lo musical que se vale por sí mismo.

Porque, ¿qué ocurre en lo que ocurre siempre? ¿Lo que ocurre siempre, sucede siempre igual? ¿Lo que ocurre siempre, sucede una y otra vez o sucede una única vez de manera indefinida, interminablemente? La monotonía no es, no puede ser, en toda su complejidad verbal —lo que realiza continuadamente— el “siempre”. La monotonía ocurre sucesivamente igual, en repetición sobre sí. Esto es, es la expresión primera del bucle: artificio que desea alcanzar el siempre.

La palabra “siempre” abre otra zanja, otro umbral que no se puede traspasar, cercano a la destrucción, una destrucción análoga a la de nunca, nada, nadie.]

La complicación de la idea de búsqueda aparecerá cuando lo que se busca es la intimidad, espacio del misterio, espacio de mi media naranja: el lugar de las formas ideales. Es aquí, en la búsqueda de la belleza o la búsqueda del amor —una búsqueda individual y solitaria ya que sólo yo podré descubrir quién es— en donde aparecerá, de modo algo difuso, como otra intuición más —como un pálpito—, una contradicción entre sus términos.

Esto es así ya que se adivina un retruécano en la palabra “búsqueda” al ponerse junto a la palabra “amor” —sobre todo en el amor que es mi media naranja—: hay aquí un ideal simbolizado a través de la confianza del sustantivo que ejecuta la orden, la de buscar. La proyección de ese deseo, que es el de encontrar tras la búsqueda, se ve lanzada hacia una abstracción que la tapia, que la corta. Y es que, ¿cómo ponerse a buscar aquello que no se espera encontrar (o es que en el mundo material esperamos encontrar una figura ideal)? Uno busca creyendo que encontrará y si no, no busca, se instala en el espacio de la espera, del dejar pasar el tiempo. Tal vez se espera a que la abstracción encuentre materia de la que hacerse, con la que adquirir presencia (frente a la ausencia de la que parece compuesta como forma perfecta).

[Aparte: Se subraya en este párrafo anterior dos veces la palabra “espera”. La primera hace referencia a la esperanza. La segunda señala al acto de esperar, quedarse en el lugar en el que se está. Dos acepciones tan dispares hacen que, de facto, estas dos palabras sean distintas aunque la segunda acepción recoge, si nos fijamos detenidamente en ella, la primera: “permanecer en sitio adonde se cree que ha de ir alguien o en donde se presume que ha de ocurrir algo” (DRAE). ¿Podrá ser ésta también una definición para “búsqueda del amor”, de mi media naranja?]

Se observa igualmente un vacío, un hueco —¡un socavón!— en la palabra intimidad, en lo íntimo: ¿no es acaso todo ejercicio, todo acto de la intimidad, un acto de desaparición, un lanzarse, una y única vez —cada vez— hacia el nunca, sin que, de hecho, ocurra desaparición alguna? O quizá esa desaparición sea sólo por un momento, sea un acto fugaz… ¿Es ese acto fugaz la visión (íntima) de mi media naranja? Esta pregunta posiblemente no pueda responderse del todo, pero lo que sí parece es que la intimidad es un hecho que no se puede dar y que, sin embargo, paradójicamente, ocurre: un hecho repetible pero sin par, único.

[Aparte (en relación a lo previamente dicho con respecto a la monotonía y a la música electrónica): Se suele obviar que dentro del post-rock o rock de vanguardia (si lo oponemos a la música electrónica, ejercicio especular de monotonía que tiene su ejemplificación en el baile que se convoca para discurrir en soledad: un baile individual aunque egótico, desde y hacia uno mismo) siempre hubo una vertiente —algo oculta— que tendía al lado contrario al que actualmente todo grupo que consideramos de post-rock cree verse lanzado. Por ejemplo, si consideramos al soberbio grupo Godspeed You! Black Emperor —y hablamos de un grupo paradigmático de este estilo— no erraríamos al describir lo que tocan como una música cuyas piezas se van armando para alcanzar poco a poco un in crescendo en el que se desea una apoteosis final, una explosión —una explosión por lo habitual nítida, precisa— que reúna en una serie de vueltas todo lo que se ha ido incluyendo al fraseo inicial con el que comenzaba el corte. Es una música que busca, en definitiva, el éxtasis: salir de uno.

En oposición a esta vertiente del rock de vanguardia, algunos grupos de aquel estilo tendieron, como decíamos, hacia el lado opuesto, hacia la disolución desde elementos mínimos, hacia una inclusión —a veces ni siquiera se realizaba esta labor de “inclusión”— que bosquejara algo más impreciso, que hiciera de la pieza musical algo más difuso, más incierto —en definitiva, que su resultado fuera más imprevisible y más complejo—. Es una música que, desde este extremo, busca, en cierto sentido, dibujar una decepción frente al éxtasis; busca que uno se concentre en uno mismo para alcanzar el otro extremo del rock de vanguardia, ahora más cercano al ambient. Busca una intimidad.

Estamos asomándonos poco a poco al asunto Mi media naranja. Ya hablamos abiertamente de ello. Observamos, desde la cerradura de una puerta que nunca se abrirá, la silueta de mi media naranja.]

Nada resulta obvio en la búsqueda de mi media naranja, en la interminable búsqueda del amor. Y es que, por lo que vemos, el conjunto “búsqueda del amor” —que ya casi parece una perífrasis— parece armado de sutilezas debido a las palabras que lo componen y por culpa de las palabras que acompañan a las palabras que lo componen. La búsqueda del amor es misterio de lo sutil. Pero, después de lo dicho, creemos ver certezas: la búsqueda, en pos del amor, parece compuesta de dos lados, dos enveses, uno hacia el nunca y otro hacia el siempre, ambos peligrosos emblemas conducidos por la idea perenne que se porta como promesa en donde se guarda, intocable, el ideal: la media naranja. Sí, Mi media naranja.

[Aparte: Mi media naranja, Labradford, Black First / Kranky: 1997.]

[Aparte dentro del aparte: Este texto es una propuesta de audición. Quiere este texto dar una explicación cabal —aunque sea del todo innecesaria— al disco que recientemente se ha mencionado de manera explícita; quiere este texto animar a escuchar los cortes de los que está compuesto el espejismo de Mi media naranja.

Quiere este texto que se vuelva a leer como se vuelve a escuchar un disco.]

[Segundo aparte dentro del aparte: La belleza de Mi media naranja reside en la combinación de su imagen de perfección apolínea (la guitarra como elemento tradicional que guía, ordenadamente, la canción) y su obsesión como embrujada, musicalidad repetitiva y dionisíaca (los elementos electrónicos o pre-grabados, monótonos, sibilantes, de cada uno de los cortes, que insisten en la imposibilidad del avance en dicha búsqueda; la guitarra, puntualmente, ejerce también de máquina de repetición). No avanza la guitarra, pues, sobre la base electrónica —la base parece ofrecerla, más bien, los teclados—. Por el contrario, las dos líneas, que se intercambian los papeles de lo melódico y de lo rítmico, se entrelazan sinuosamente.

La belleza de Mi media naranja reside también —permítasenos la obviedad— en que intenta, desde la música, representar la idea platónica del amor: mi media naranja.]

Coda: Mi media naranja tiene ambas cosas —el nunca (el nadie, la nada) y el siempre (el ideal)— en su carcasa idealizada: Mi media naranja tiene ambas cosas en su carcasa idealizada. Una decepción imaginable: frente a las estáticas complicaciones lingüísticas que, por sí mismas, portan las palabras, la música, en su ejecución, las despliega al interpretarlas —véase Adorno, Sobre la música: “Interpretar el lenguaje significa entenderlo, mientras que interpretar la música es hacerla”—, despliega el misterio del amor y el de la intimidad sugerida en el otro, mi otro, el que será, difusamente y apareciendo desde una bruma, la media naranja. Y lo desplegado dice: la figura de mi media naranja no es sino una obra de arte, artificio paradójico de la realidad.

 

En la portada, monumental, performance de Godspeed You! Black Emperor en colaboración con la compañía de danza Holy Body Tattoo. Fotografía de © Chris Randle para Discorder Magazine.
Más abajo, portada del álbum Mi media naranja (1997), de Labradford
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