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¿Se pueden llevar plantas en un avión?

La pregunta parece baladí, pero no lo es del todo. Desde niño me obsesioné por la seguridad aérea. Para ser más exacto me obsesioné con esos trípticos con dibujos que había en el bolsillo del asiento delantero. Desde que robé el primero, tendría yo nueve o diez años, no he parado de robarlos todos. Corrijo, no todos, sólo uno de cada. No tengo repes.

Mi colección debe andar ahora por los sesenta y todos parecen iguales, pero desde luego no lo son. Hay muchas compañías aéreas, y si te fijas, y yo desde luego me fijo, de cuando en cuando renuevan sus trípticos de seguridad, así que hay que estar al tanto para llevarse los nuevos. Uno de mis favoritos es de Saudi Arabian Airlines, por razones obvias; a las mujeres dibujadas sólo se les ven los ojitos y no se sabe muy bien cómo se ponen la mascarilla de oxígeno en caso de despresurización en cabina sin mostrar el rostro. Es todo un misterio. Además en Saudi Arabian Airlines ponen Friends durante el vuelo, y las chicas de Friends; Courtney Cox, Jennifer Anniston y Lisa Kudrow, tienen los escotes y las rodillas pixeladas, lo cual convierte esa ñoñería de Friends en la cosa más sexy del mundo. Del mundo aéreo. Y eso es lo divertido de volar, que cada línea aérea tiene sus cosas. Y cada trayecto su interés específico. Viajando de Buenos Aires a Santiago de Chile, por poner un ejemplo, y al cruzar el Aconcagua, uno no puede evitar, rozando casi la nieve que se ve blanca y clara por la ventanilla, pensar en quién te comerías antes. Siempre hay un gordito o gordita de lo más apetecible. Y no es que sea uno dado a la antropofagia, nadie lo somos, pero como ya se dio el caso en su día, y precisamente en el Aconcagua, pues como que te entra hambre de carne humana, aunque sea sólo por un instante. Pero me desvío del tema (como de aquí al Aconcagua), estábamos hablando de seguridad aérea. El asunto es que esos trípticos de seguridad en vuelo, no tienen, que yo sepa, un nombre específico, y mira que lo he buscado, lo cual me lleva a pensar, que todo este lío de la seguridad, aérea o no, es bastante impreciso. Es más, me lleva a pensar que lo que está bien construido es el asunto de la impresión de seguridad y su reverso, el maligno asunto de la impresión de inseguridad que como todos sabemos conduce con el rigor de un metrónomo al asunto del control. Es decir al poder de los demás sobre las inseguras decisiones de lo propio. Policía.

Pero volviendo al Aconcagua, o mucho antes, al hurto primero del dichoso tríptico de seguridad aérea, no se vayan a pensar ustedes que no me he sentido y me siento culpable de atesorar una colección casi única en el mundo de esos folletitos. Porque más de una vez he pensado que por mi culpa, y mi maldita culpa, alguien se habrá visto despojado del manual necesario para protegerse como es debido en caso de amerizaje, si es que hay suerte, o en ese otro caso más probable de estrellarse contra el suelo y que después nos busquen el último estertor en la caja negra.

Aquí hago un paréntesis, es decir una cursilada, para contarles una pequeña anécdota, es decir un aburrimiento. Estaba yo volando de niño camino a Mallorca cuando al aterrizar, y ya en el perezoso autobús que alarga insoportablemente el viaje hasta la terminal, fuimos secuestrados por una azafata. Resulta que algún chistoso había robado más que yo. No el manual o tríptico de emergencias, sino el mismísimo salvavidas. Acabáramos. Nos condujo, y digo nos porque estábamos todos secuestrados en el mismo autobús, a una de las situaciones más delirantes que este que les escribe haya vivido. La azafata en cuestión, en su exceso de celo profesional, cerró el autobús a cal y canto y dijo aquello de aquí nos quedamos hasta que salga el ladrón. Igual que en el colegio. Cuando uno la hacía y la teníamos que pagar todos. Tendría yo por entonces unos quince, y unas ganas enormes de irme a la playa y a la plaza de Gomila, y al Titos a ver chavalas. Pero de ahí no salíamos si el ladrón de salvavidas no se delataba a sí mismo. Y eso es precisamente lo único que no se le puede exigir a nadie. Y como no existe nadie y nadia, pues lo dejamos en género neutro, que no en punto muerto. Ni que decir tiene que salimos de allí, sin que se encontrase el salvavidas ni el presunto malhechor. Y es por eso que lo estoy contando, lo cual me lleva, mal pero me lleva, a la primera pregunta: ¿Se pueden llevar plantas en los aviones?.

La respuesta, como casi siempre, es complicada, que no compleja. Y aquí hago un inciso para recomendarles encarecidamente un textito breve de Edgar Allan Poe, que se llama precisamente así, Diferencia entre complicado y complejo. No pienso hablar por Poe, no podría, pero en resumen, viene a decirnos que la solución inteligente frente a un laberinto es rodear la valla, es decir, no entrar. Porque todo está fuera del laberinto y en el laberinto no hay nada.

Por no defraudar les diré lo que he investigado en estas últimas semanas. Según en qué compañía aérea y según qué alarma de sanidad exista en según qué países, se pueden llevar en los aviones flores muertas, pero desde luego ningún fruto, ni nada que pueda vivir, o lo que viene siendo en su siniestro reverso, infectar. De ahí los inmigrantes ahogados, de ahí nuestra salud, nuestras vacunas y la felicidad de nuestros hijos. Pero ¿y los hijos de los otros?

Ray Loriga

Ray Loriga (Madrid, 1967) es escritor, guionista y director de cine. Entre sus novelas destacan Lo peor de todo (1992), Héroes (1993), Tokio ya no nos quiere (1999), Trífero (2000). Ha dirigido los largometrajes La pistola de mi hermano (1997) y Teresa, el cuerpo de Cristo (2007). Su última movela publicada es Za Za, emperador de Ibiza.