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Rutas de seda y ámbar

Hacia un mapa intelectual de la moda en Oriente
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Hubo un tiempo, viejo como Plinio, en el que todo lo que nos venía de allá donde sale el sol nos parecía estupendo: las sedas con las que las romanas rozaban impúdicamente el desnudo, las perlas y el oro de Ofir, el ámbar ansiosamente esperado del Báltico y que aún puede recogerse en sus playas después de una tormenta. Luego vinieron cosas que ya no nos gustaron tanto: el burqa —que, a diferencia del litham de los almorávides, sirve más para imponer el terror a las de dentro que a los de fuera, y, de paso, convertirlas en una estufa—; las griferías y tazas de retrete de oro de muchos quilates de los jeques; los bordados y refajos de lagarterana o madre de Benito en Manos a la obra que anegan tantas aldeas balto-eslavas y que han acabado colonizando la bandera de Bielorrusia; pero, ante todo, los horrendos trajes de la Selección Olímpica Española de 2012, que lograron el abandono de Nadal.

Pero no todo es mal gusto y ostentación en Oriente, ni mucho menos necedad, como vamos a demostrar con la actual Ruta de la Seda y del Ámbar, donde, gracias al tráfico aéreo y al cableado submarino, no se pone nunca el Sol.

 

Connie Paulgrave, la perra de Putin, rompe desconsideradamente la hegemonía cromática de su modesto hogar, que, como toda casa rusa, exhibe orgullosamente sobre un pañito diferentes marcas de… agua. Putin perdió a su esposa (por divorcio) y a su perra (por deceso) el año pasado.

Empezaremos por Barcelona, ciudad a la que, con otras mercancías, llegaban los eslavos esclavos antes de ser vendidos en la Córdoba califal y otras cortes musulmanas; donde, andando el tiempo y las revoluciones, algunos llegarían a ser reyes, bien que de dinastías efímeras, pues muchos eran eunucos. Nos encontramos al modelo hispano-ucraniano Oleg Pérez Fernández, mucho mejor tratado que sus antecesores en esta Barcelona que parece aspirar a taifa como lo fueron Tortosa y Lérida, y no podemos dejar de preguntarle por sus dos patrias que se debaten en movimientos centrípetos y centrífugos:

— Siempre he sido de izquierdas, pero la verdad es que en estos tiempos mi cabeza no sabe qué pensar ya. Nada me gusta y nada me convence, pero eso sí, lo que tengo claro es que aquí la educación es pésima y apostaría por las ideas de los países nórdicos de la Europa de izquierdas. Respecto a Ucrania, me parece lamentable que hayan llegado a ese punto. La vida es muy difícil allí, pero me parece nefasto que por el poder de este hombre tan poderoso tenga que sufrir todo un país con recursos y que entrando en la UE podría aportar mucho. Estoy totalmente en contra del capitalismo, pero no puedo estar de acuerdo con tal acaparamiento y abuso de poder. En cuanto a la independencia de Cataluña es un tema delicado a tratar ahora, y creo que hay muchos contextos que no quedan claros, todo es muy confuso.

— No hemos venido aquí a hablar de cosas claras, sino espinosas.

— Dándote una opinión genérica diría que no apuesto por la independencia porque me siento de ambas partes. Es, más, de tres partes. Ucrania, España y Cataluña.

 

Oleg Pérez Fernández

Desde Barcelona subimos hasta Milán, donde nos encontramos con el creador, modelo, escultor y pintor serbo-israelí Arminius Braun, una de las mentes más brillantes y originales de la moda del Este. Y una de las más coherentes, hasta el punto de mostrarse amistosamente acompañado por una caja de antidepresivos allá donde todo el mundo sufre la locura de ocultar los desperfectos que conlleva ser imperfectos humanos.

— Sí, me importa una mierda lo que piense la gente.

Arminius Braun se expresa mejor con su obra, parte de la cual lleva tatuada sobre su propio cuerpo, como la sangre asperjada por un impresionante disparo suicida. Trata a su ciudad homónima con la misma dureza que lo ha tratado a él, pero manifiesta su aprecio por la Unión Europea, y hay en su trato caballerosidad y pureza de intenciones.

Obra de Arminius Brau

Dejamos a este genio tormentoso y nos enderezamos a París, para entrevistar al rumano Dorin Duca. Es uno de esos modelos a los que la crítica califica de “andróginos”, como al bosnio Andrej Pejić, de Tuzla.

— La gente no se maneja sin etiquetas claras. ¿Sabes que Pejić, al final, ha tenido que cambiar de sexo? Andreja. Cuando yo era niño, veía a los gitanos y me sentía bien entre ellos porque no usan etiquetas. El artista, el raro, no lo es entre ellos, porque en cierta forma para ellos es normal. Hoy, en París, todos me etiquetan como gitano por ser rumano, y como extranjero, aunque muchas veces soy el único blanco que va en el metro. A los parisinos les encantan las etiquetas. Siempre preguntan por el origen y por la profesión, algo que a los rumanos nos parece descortés. Además, en el caso de la androginia, en Rumanía tiene otro valor, más político y filosófico, muy presente en nuestros escritores. Recuerda la obra de Liviu Rebreanu, de Eminescu, de Eliade… Por supuesto en Ion Heliade Rădulescu y su imagen del amor complementario en La vida o el andrógino. También el grandísimo Lucian Blaga vio todo el macrocosmos y todo el microcosmos en el amor. Y Marin Sorescu… Marin es único.

Abandonando, a nuestro pesar, esta conversación literaria, desde París podríamos habernos desviado a Holanda gracias a la firma de moda rusa Extatic, pero su director, Stanislav Zimin, nos cuenta desde Moscú la historia de un desencuentro:

— Contacté a una interesantísima firma de moda holandesa que presentaba diseños artesanales y artesanos realmente increíbles. Quería colaborar con ellos para que más gente pudiera conocer su trabajo en un marco de mercado. Su respuesta fue: Lamentamos mucho comunicarle que no podemos hacer negocios con Vd. La causa es el ataque contra el MH17 que ha costado la vida de 298 ciudadanos holandeses. Me dejó realmente impactado y no supe qué responder. Hubiera deseado sólo una posible cooperación futura. En aquel momento me di cuenta de hasta qué punto las cuestiones políticas y económicas condicionan el mundo de la moda. Ojalá no interfirieran en la vida y las relaciones interpersonales, y menos en el arte, que no tiene límites.

Tampoco me detendré en Praga, donde podría recordar aquella conversación sobre China con el modelo Jaroslav Dvořáček, antes de irse a aquel país y sufrir la censura en Internet —lo que acrecentó su anticomunismo, tan lógico y comprensible en aquel país—, y a la que se sumó un joven de extraños rasgos orientales que resultó ser un lama en rebeldía —y, como tal rebelde, se dejaba el pelo largo y tomaba los copazos de tres en tres, en aquella Praga que era libérrima y acabó siéndolo demasiado, en materia de tráfico de armas—. Ni en Viena, donde podría examinar la extraordinaria colección de imágenes del Oriente contemporáneo del fotógrafo Walter Weinberg. Nos puede el impulso de lo nuevo, del descubrimiento, y nos encaminaremos directamente a Minsk, hervidero de tendencias desconocidas, aunque ya haya nombres, como el del modelo Alexey Glebko, que se dejan oír en Nueva York.

Pero hay otros nombres que no son aún no son tan conocidos como merecen, como el del extraordinario Ruslan Soloviev, una de las figuras más prominentes del modelaje masculino rusófono, y no sólo por sus 190 de estatura. Antes de empezar nuestra conversación, le advertimos de que posiblemente nuestra visión de Lukashenko no coincida exactamente con la nuestra.

— ¿Por qué?— pregunta.

— ¿Cuál es la tuya?

— Yo creo que Putin y Lukashenko son los salvadores del mundo. Aunque deberían ocuparse más de la política interior y menos de la exterior.

La conversación se desliza por las muchas chapuzas de la UE, en lo que no podemos sino darle la razón, y sobre virtudes de Bielorrusia poco discutibles (“No está tan mal como dicen, está muy limpia y es muy tranquila”) y llega a uno de los puntos más controvertidos y paradójicos de ambas naciones. ¿Qué hay de la libertad?

— Si cualquier bufón tiene derecho a hablar, se acaba el orden. Tampoco quiero ir por la calle y que mis hijos vean las escenas homosexuales que yo he visto. No tengo hijos, pero las verían.

Ante mi sorpresa por el hipotético daño que recibirían sus hipotéticos hijos, me contesta:

— En Europa no hay valores familiares, y así es como una nación perece. Yo no soy anti-gay, sino anti-propaganda gay. Yo tengo amigos que son gays, pero se lo callan y no lo promocionan.

— Qué es la propaganda gay? Si en una película aparece un personaje homosexual y no es ni ridículo ni un criminal, ¿es propaganda?

— Si no hacen notar que está enfermo, sí.

— ¡Pero entonces habría que cerrar las facultades de Filosofía, para que no leyeran toda la propaganda homosexual que hay en Platón!

— No, hombre, no. Para eso ya están las ediciones académicas revisadas.

Pienso inmediatamente en aquella anécdota que me contó mi Rector del abad benedictino que decía que de lego hacía teatro, concretamente el Edipo Rey en griego, y cuando le preguntaban asombrados “¿Pero en versión original?” respondía “No, por supuesto, expurgado”. Encuentro también reseñas del Opus Dei que dicen que no hace falta leer El asno de oro, porque lo resume muy bien García Gual, y así se evitan leer los pasajes indecentes e inmorales. Aquí tenemos toda una nación que es como el Opus Dei, si bien su concepto de indecencia no es exactamente el nacional-católico heredado de Franco, probablemente por influjo de la banya, la sauna rusa, y la normalización de la desnudez.

Ruslan Soloviev es, al fin y al cabo, un moralista que posa en calzoncillos con unas zapatillas luminosas. La desnudez en la censura soviética no es tan condenable, y en las películas comunistas se veían tetas que, si bien eran mejorables, quedaban siempre inéditas en la filmografía franquista. Así, Ruslan no es enemigo de la sensualidad y la sexualidad, a las que, además, ve como un remedio a las guerras, más o menos como Freud, sino sólo de que tenga lugar fuera de una hipotética unidad familiar que engendre hipotéticos hijos. Por otro lado, su desnudez, habitual en su trabajo, tiene bastante de antisoviético y subversivo, ya que resulta la antítesis del hombre totalitario, el Maciste hipermusculado y glabro que tanto entusiasmó a los fascistas, los nazis (y de paso a Cocteau) y los realistas socialistas. Su masculinidad elegante y sus formas viriles no feminizadas por el exhibicionismo o la depilación son todo lo opuesto a la impersonalidad que, sin duda, perseguían estas tendencias estéticas.

Ruslan Soloviev por Marat Mukhonkin

— Bueno, entonces de las drogas ni hablamos, ¿no?

— Odio a los borrachos. Son la desgracia del país. Tengo muchas discusiones por eso, porque nadie está de acuerdo conmigo, a pesar de que ya existen leyes que prohíben el consumo público de alcohol.

— Oh, ya, la “propaganda”. Seguimos hablando de leyes.

— En Europa hay mucha inseguridad. Sé que en Francia hay zonas donde la policía no se atreve a entrar.

— Creo que en Rusia también. Se llama Chechenia.

Putin y Lukashenko, superhéroes salvadores de la civilización

Ruslan es un hombre de buen talante que se toma todo con gentileza. Seguimos hablando mucho. No logro convencerlo de que lo que hacía Diaghilev en París era “propaganda homosexual” y a la vez propaganda y gloria del arte ruso. Ruslan es un buen hombre que vive la mayor parte del tiempo en Moscú con su novia, practica el boxeo, y encuentra la ciudad llena de cultura y museos, aunque a sus conciudadanos no tan cultos y sobrios como quisiera.

El artista fotográfico moscovita Dmitri Ryazanov dentro de un cuadro de Juan Sánchez Cotán (Orgaz, 1560-Granada, 1627)

Y es a Moscú donde llegamos ahora. Esta Tercera Roma de la profecía de Teófilo de Pskov (“Dos romas han caído, una subsiste: y no habrá una cuarta”) es un auténtico jubileo de artistas y artesanos de toda condición, como corresponde a tan magna ciudad. Es dudoso que Babilonia se halle en iguales condiciones, pero preferimos no pasar por allí. Apenas tenemos tiempo de ver a todos los que la fama nos señala como los más notables, como la espectacular y amabilísima modelo Veronika Rusakova, obligada top model en el futuro, o el sin duda excesivamente subversivo artista Dmitri Ryazanov, autor de un autorretrato dentro de un bodegón de Sánchez Cotán y que está entretenido en fotografiarse su pierna destrozada en un accidente, o con el crítico y modelo Yuri Sheremetev, a quien sólo nos da tiempo a preguntar por sus ideales artístico y político, que decide personificar:

— Marlene Dietrich. Una mujer poderosa, inteligente y animosa que consiguió introducir en el mundo una imagen que opera y actúa hasta el día de hoy. Y Catalina II la Grande, que cambió a Rusia para su existencia actual.

— ¿Y Pedro el Grande no?

— Pedro el Grande abrió esa dirección. Pero crear el Estado, la vida, las costumbres, las comunicaciones, la grandeza… esa fue Catalina la Grande.

Nikita Karyakin por Margarita Smagina

Al modelo Nikita Karyakin lo encontramos con un dibujo fresco sobre la mesa, revelándonos así una faceta artística que se suma a sus habilidades con las armas, que ya le conocíamos. La ironía de su Medusa mainstream nos lleva inevitablemente a preguntarle por el valor de las redes sociales que ridiculiza en lo que se refiere a la transmisión de imágenes, y hasta qué punto se puede pensar en una nación virtual.

— Internet —nos contesta— es un poderoso catalizador de procesos sociales. En constante evolución, la red global nos proporciona más libertad de intercambio de información. Compartir ideas, eventos, pensamientos y creatividad es ahora más fácil que nunca. En mi opinión, la red global es el mayor logro de la Humanidad. Internet está cambiando nuestras vidas muy rápida e inevitablemente. Y yo prefiero tomar lo mejor de la red. En Internet me encuentro con gente interesante de todo el mundo, inspiración, aprendizaje, información necesaria para mí. Pero no creo que haya ninguna nación virtual. Aun agrupando a gentes de diversas nacionalidades, estas se dividen y separan por grupos de interés. Lo que une la desaparición de las distancias lo separa la disparidad de intereses.

Medusa mainstream, por Nikita Karyakin

Seguimos hablando con el modelo Angel Ulyanov, quien, después de recomendarnos algunas firmas como 075, nos invita a conocer la nación terrenal:

— La naturaleza es muy, muy hermosa aquí. La gente no desayuna ni cena vodka, y no domamos osos. Como en todos los países, tenemos nuestros problemas: zelotes políticos y religiosos, ventajas y desventajas vitales. En los últimos días se habla mucho de Putin, pero no me gusta hacerlo, porque no entiendo nada de política. Aunque si de algo estoy seguro es de que hechos como los de Crimea o Turquía son sólo juegos políticos. Es imposible saberlo atendiendo a toda la desinformación de los medios rusos (y extranjeros). Tampoco voy a negar que Putin haya hecho nada por nuestro país; me acuerdo de cómo vivíamos a finales de 1990 y veo la diferencia. Entre mis amigos hay quien lo defiende y quien lo despelleja. Seguro que en Europa y América ocurre lo mismo, y hay gente a la que le gusta su presidente, y gente que lo critica. He estado en Europa y me ha encantado comprobar que la gente de países diferentes tiene una visión diferente de la vida y del arte: por ejemplo, la fotografía es muy diferente en Rusia y en Italia, en acercamiento y proceso. ¡Y es genial! Me encanta la belleza de la arquitectura europea su gente abierta y sonriente, sus museos. La gente no debería pensar toda de una misma forma ni pensar las mismas cosas.

— Muchos, también dentro de Rusia, piensan que el arte no tiene otra función que expresar críticas políticas y sociales.

— Mi libertad es mi trabajo. El camino más fácil es hacer algo provocativo, herir los sentimientos de alguien. Entonces todo el mundo empieza a hablar de ti, te haces popular. Pero no es lo correcto. Si quieres expresarte políticamente, es mejor hacerte político, no artista. Si lo que quieres es decir Putin es subnormal, vete a hacer la revolución. Yo creo que el arte es para expresar sentimientos interiores y emociones. Pero hoy poca gente está en condiciones de enseñar sus almas. Es más fácil enseñar el culo, o decir algo contra Dios o el presidente. ¿Por qué usar el arte? ¿Para seguir el camino fácil y hacerte famoso? Si no puedes dar belleza y hacer a la gente pensar más profundamente, ¿cuál es el sentido de lo que estás haciendo?

Nariman Malanov, también modelo, nos sigue hablando de belleza y política, según su ideal del amor universal:

— Esta inexplicable belleza suprema, el amor inefable, casi está perdida en el mundo moderno, consumido hasta estar condenado. Es aquí donde entra mi ideal político: ante mis ojos, todos, cada uno de nosotros soy yo mismo. La separación dada por marchamos como el color, la religión, la sexualidad o el sexo sólo sirve para controlarnos a través de la ilusión de que somos diferentes, cuando en realidad todos somos hijos de Dios. Entender esto, entendernos y respetarnos unos a otros, es mi ideal. Parece que los hombres en nuestra sociedad no entiendan quiénes son, ni qué sea el amor, que acaba confundido con el apego, donde los celos entran en acción. Parecería que a la gente le gusta lo que se le ha enseñado que le tiene que gustar. Esto se ve claramente en la industria de la moda, donde a la gente le gusta lo que es nuevo y es “tendencia”, estando la tendencia, claro, elegida por alguien que no es el individuo. Gracias al Arte tenemos la oportunidad de proyectarnos y abrir a todos los humanos, como espectadores, la perspectiva de la belleza de este mundo.

Nariman Malanov por F. Monceau

El nombre de Nariman es de origen avéstico (naire-mana, ‘masculino’, ‘viril’, ‘gallardo’). Es abundante la presencia persa en la cultura rusa, como también la vikinga: si en nuestro Cid es la corneja la que da augurios, en el Cantar de la hueste de Ígor, su equivalente ruso, es un daeva, un demonio persa o div (para los persas es demoníaco lo que para nosotros es divino). Y a aquella Rus primitiva del Príncipe Ígor nos dirigimos ahora: a Ucrania.

En Kiev encontramos al diseñador y ocasional modelo Yarushka Staller, cuyo nombre artístico revela un ideal artístico mucho menos clásico que el de Yuri Sheremetev: Ilona Staller, musa también de Jeff Koons y del Partido Radical Italiano. Al tratar de política, sin embargo, la conversación del diseñador, que es la personificación de la gentileza y la amabilidad creativa, se torna inusitada y férrea indignación al recordar, nos dice, la irresponsabilidad con la que los medios europeos tratan el problema de su país, y que tanto para Europa como para Rusia es otro “Gran Juego”. Para los ucranianos, nos manifiestan claramente sus palabras y actitud, no es ningún juego.

Desde Kiev nos desplazamos a Sofía, donde el fotógrafo Radoslav Blagoev tampoco nos habla de política:

— Puedo chocar a mucha gente, pero realmente no creo en la política, más allá de como un mal necesario. En mi opinión ni las personas ni las naciones necesitan que se les diga cómo han de vivir, sino, simplemente, vivir. Acepto el mundo tal como es, y, digamos o pensemos lo que queramos, va a seguir siendo de la misma manera. Lo más importante, a mi juicio, es darnos cuenta de que somos parte de él, y además una parte pequeña, y que lo único que podemos cambiar es a nosotros mismos y nada más (ni a nadie más). Centrarnos en nosotros mismos es lo mejor que podemos hacer, porque fuera de eso sólo se puede llegar a la rabia. Mucha rabia. La vida es como es, no vamos a ir a ninguna parte, existimos sólo en este momento y nada más importa. La vida es un juego y nosotros decidimos cómo jugarlo. No hay reglas, sólo jugadores.

Radoslav Blagoev, que ha sabido ser testigo y artífice de la transmutación estética de su país, algo sutilmente sublimado en una obra de su colega y artista Mara, en la que, puño en alto, remeda en un salto a las señoras con cesta y vestidos oscuros de las largas colas de abastecimiento de los mercados de Sofía

Ahora cogemos carrerilla y nos plantamos en Iberia. Es decir, en la Iberia del Cáucaso:  Georgia. En Tbilisi, la artista de la imagen Tata Gatenashvili nos habla de los problemas solucionados (la mafia) y por solucionar (la pobreza). Nos presenta su nueva colección, Saavedra. ¿“Saavedra”?

— Es una antigua palabra georgiana que se refiere al Sol del crepúsculo.

Esta tierra nos resulta demasiado especular. Iberia, Saavedra, el Sol. Ya en Armenia, en Yereván, Zhanna Baghdasaryan, propietaria de Areva del Sol, empresa que opera en España en la Costa del ídem, nos presenta al diseñador Vahan Khachatryan. El terrible aunque (seguramente) engañoso hispanismo que destila la imagen de la presentación de su firma en Facebook, una Piedad cruzada de bordados eminentemente semanasanteros nos descoloca y nos hace dudar seriamente de que esta patria de la que tanto habla y a la que tanto se ha esforzado Vahan Khachatryan por volver no sea aquella de donde venimos nosotros, y de que sólo haya una Iberia.

Imagen de portada en la página de Facebook de la firma de Vahan Khachatryan

No nos detendremos mucho en Bakú, donde el fotógrafo y diseñador Elnur Babayev ofrece, en imágenes, el equivalente a algunos discursos contra el capitalismo que venimos oyendo y oiremos a lo largo de nuestro viaje, con sus contradicciones inherentes (el retrato de la cárcel consumisa está hecho para ser consumido en un hogar capitalista junto a una lámpara capitalista), ni en Teherán, donde el inteligentísimo fotógrafo Babak Kazemi ya ha dicho todo cuanto se puede decir con tejidos acerca del pasado y del presente de Irán (sobre el pasado, eso sí, no hay que perder los esfuerzos de Maryam Entezami por desenterrar toda la moda antigua persa).

Inteligencia tampoco le falta a Jacob Abrian, arquitecto judío creador del Arab Fashion Council, con sede en los Emiratos Árabes Unidos, y cuyo éxito (ciertamente internacional) como modelo debe atribuirse más a su inteligencia que a su (digamos) particular belleza. Más allá de lo empresarial, es difícil no percibir un palpable propósito irenista.

Desde Dubai, ya por mar, navegamos hasta Thane, en Maharashtra. Muchas transformaciones, muy preocupantes, está sufriendo la India con el nuevo gobierno del hinduista BJP. Empezaron triturando libros de la indóloga Wendy Doniger, y siguieron con la persecución de determinados colectivos. En realidad, tantos colectivos, que, como ha dicho un humorista musulmán, los únicos ciudadanos que gozan de plenos derechos en la nueva India son los hindúes ricos de casta superior y las vacas. De tales problemas se hace eco, como más acuciantes, el premiado diseñador e ilustrador Deepen Sharma. Nos habla de represión legal y problemas cotidianos: a diferencia de Rusia, en la nueva India está penado algo más que la simple “propaganda” de la homosexualidad, lo cual resulta bastante absurdo en un país en el que la gramática sánscrita define tres géneros coincidentes con los tres sexos naturales, incluyendo el neutro, y en el que el uniforme de la organización paramilitar ultraderechista RSS, de la cual salió Modi, el Primer Ministro, y que algunos temen quieran hacer uniforme para todos los ciudadanos, incluye unos pantalones cortos, a nuestro juicio, enormemente gays.

— Yo no me puedo expresar en esos términos si quiero representar a la comunidad LGTB.

— Pero nosotros sí, como entrevistadores bocazas.

Parece ser que, conscientes de lo poco atractivos que son sus shorts para la juventud, la organización está planteándose ya implantar pantalones menos extravagantes.

Abandonamos la India y nos internamos en Tailandia, donde nos cruzamos con el modelo y videonarrador ruso (de Samara) Alex Hace. La conversación empieza por Rusia, y cerrando un tema que dejamos abierto con Ruslan Soloviev: Chechenia.

— ¿Qué con Chechenia? Todo está en paz desde que Kadyrov ascendió al poder.

Su confianza se hace también extensiva a Putin. Seguimos preguntándole:

— ¿En qué país te has sentido más libre?

— En cualquiera, pero no en Rusia.

— ¿Incluso en China? Es decir, ¿no es más fuerte la censura en China?

— No se trata de la censura, se trata de la gente, la atmósfera, la mentalidad, más adiciones que sustracciones.

— Quizá sea por no tener un lugar asignado, como le pasaba a muchos artistas del XIX que se sentían libres en naciones tan poco libres como Turquía. ¿Y qué hay de los paraísos artificiales, de las drogas?

— Sí, tal vez es eso, el no encontrar el lugar. Estoy en contra de las drogas y prohibirlas debería ser algo bueno, pero también puede no serlo, siempre habrá manera de conseguirlas, e incluso la pena de muerte no ayuda.

— Estamos hablando ya propiamente de Tailandia. ¿Qué te parece el país?

— Es muy hermoso y todo está muy barato, pero hay demasiada pobreza, prostitución y drogas.

— ¿Cuál crees que es la causa?

— La neutralidad del poder, el gobierno es completamente inoperante, repartido entre demasiados cuerpos a los que no les importa en absoluto lo que pasa en su propia casa. De todas maneras yo aquí me siento muy libre. Pienso que todo el que viene aquí se siente muy libre. Todos muy libres, salvo los que viven dentro.

Acudimos a la meca neoliberal de Oriente, Singapur, donde damos con el modelo polaco Tomek Szalanski, residente en la ciudad-Estado. Obligado nos parece, también, preguntarle por la libertad.

— Todos somos esclavos del destino, y usamos años de trabajo en beneficio de quienes nos explotan, y no hay libertad sin dinero. La gente pensará que soy un modelo y que mi vida es un cuento de hadas, pero no se puede juzgar un libro por la cubierta. Todos somos como corderos siguiendo al pastor por una cañada de la que, al desviarse lo más mínimo, el 90% de la gente encuentra dificultades en el resto de su vida. Sin embargo unos pocos ejemplos populares, como Richard Branson, Jay-Z, George Foreman y Simon Cowell dejaron el primero de esos pasos marcados, la escuela, y son ahora millonarios: ¿qué ha sucedido? Que trabajaron con pasión por sí mismos. Desde el punto en el que esa es la única vía de éxito, todos deberíamos ser parecidos, y todos los caracteres nacionales iguales. Pero no es así: en Estados Unidos impera el dinero, en China el miedo, en Japón la devoción, en los países meridionales la violencia. En todos ellos las leyes se reducen en subordinar a los hombres a cada uno de estos sistemas a través de obligaciones y derechos. Aquí, en Singapur, hay infinidad de leyes y prohibiciones, pero pocos policías.

Menos comprometida resulta la conversación con Doc Marlon, uno de los mejores fotógrafos de Asia, una vez que arribamos a su Manila natal, aunque, como vemos que hacen todos los profesionales en estos mares, va difundiendo su talento por las diferentes naciones de la zona con gran flexibilidad. Alguna cosa muy patria ha hecho, como las fotografías de la colección de Solo basada en el cómic Pugad Baboy, sin dejar referencias universales como la obra de Poe.

Nos fue imposible en París arrancarle ninguna consideración política al fotógrafo ruso-togolés Philippe Afantchawo; el fotógrafo ruso Oleg Zotov nos dijo en Moscú, al preguntarle sobre la libertad en el mundo que su mundo es la fotografía de moda, y que tiene en él toda cuanta libertad necesita. Igualmente, Doc Marlon hace gala de este ascetismo y devoción a su oficio que encontramos también, en España, en el fotógrafo de moda Juan Martín. Nos habla de arte, y de cómo el artista debe despreocuparse del mundo.

— Una foto es buena si expresa lo que el fotógrafo ha querido expresar. Podrá gustar o no. Mis fotografías pueden gustar o no.

Este sentido del deber del artista nos sirve de antesala en nuestro viaje hacia el Norte, donde el deber se exhibe como parte fundamental de la cultura. Rebotamos en Shanghai, donde el milanés Tony Ranalli, que presenta nuevos materiales no contaminantes en uno de los países más contaminados del mundo, nos habla de sus problemas de comunicación, que no tienen que ver con la lengua. Nos parece estar viendo, en todo lo que nos dice, a un nuevo Matteo Ricci que, al presentar a Aristóteles a los chinos, fuera visto por estos como un autor de colecciones de paradojas, acertijos y maravillas.

Probamos mejor fortuna en comprender a Corea, y la encontramos, dando en Seúl con el modelo argentino Álex Ferrario:

— En Corea del Sur el sistema socio-laboral se ha modernizado, comparado con Japón, donde que guardan algunas tradiciones en este aspecto. Por ejemplo, se arma más la noción de grupo en el trabajo. Todos, el fotógrafo, el estilista, el maquillador, etc., forman un mecanismo de trabajo que desarrollan juntos en el momento de la foto y en las decisiones. Este modo de funcionamiento se da mucho en Europa. También en cuanto al estilo estético y códigos de belleza, la Corea del Sur se parece bastante a Europa.

— ¿Y qué hay de la tradición en China, otro país que conoces bien?

— Beijing por ejemplo se hizo occidental: edificios, avenidas, autopistas... pero se nota que el individuo chino viene de otra cultura. Se les ha impuesto esa sociedad pero ellos vienen de algo muy distinto, y no se manejan bien a mi parecer en ese nuevo estilo de ciudad hasta les cuesta mantenerla limpia. Hay villas con casas hechas de materiales primarios en medio de los barrios ricos, está todo mezclado.

— ¿Has visto algo de la cultura artística contemporánea que te haya llamado la atención?

— No quieren que la población absorba cualquier cosa de otras culturas, por una cuestión ideológica seguramente. Sí, hacen cosas muy ingeniosas, no en la utilidad sino en lo estético. El estilo cambió mucho. Antes el arte chino era más sutil, la belleza de la simpleza. Ahora también existe pero podés ver un conejo gigante pintado en azul en algun lugar... como escultura, digo.

— ¿Y cuál es tu reacción ante un conejo gigante pintado en azul?

— Me gusta, me río, aunque no sea fanático del arte moderno tampoco soy un gran fanático de las grandes proporciones, aunque no me molesta, pero si una obra es gigante me gusta poder agarrar un pedacito y analizar cosas.

— ¿Siguen usando escupideras?

— Escupen todo el tiempo, el aire es muy toxico... puede que tenga que ver…

— Ya escupían antes de tener industria.

— Estuve muy decepcionado de ver que la cultura china que era tan importante se evaporó en el aire toxico del capitalismo y el sistema de producción masiva. Sí, el escupir es lo de menos.

La escupidera del Pequeño Timonel

Hemos prometido que no se nos iba a poner el Sol, y acudimos raudos a Nueva York, donde el modelo croata Mario Skaric está empezando a ser, como nos confirma Jennifer Martin, de Code NYC Magazine, un rostro familiar. Tan asombrosamente bien adaptado que lo encontramos haciendo comentarios sobre el blanco después del Día del Trabajo, aquel invento, como sabemos, de Grover Cleveland para que en EEUU no se celebrara a los mártires estadounidenses que dan origen a la fiesta del 1º de mayo. Con  ironía y amabilidad, comentar todos sus choques con la cultura y la mentalidad estadounidense, y sabe estar agradecido a toda la Humanidad y a sus nacionalidades porque, en una noche de lluvia, un desconocido lo cubra con su paraguas.

Igual adaptación, igual difuminación de fronteras, encontramos al bajar al Brasil, a San Pablo, donde terminaremos nuestro viaje, y donde conversamos con el modelo brasileño Bruno Oliveira acerca de su experiencia asiática.

— En China hay mucha censura, al menos cuando estuve allá. No funcionaba ni Youtube. Y todas las películas estaban cortadas. Nunca se ve una entera.

Hablamos de Tailandia, y de sus valores culturales como el muay-thai. La gente apuesta, nos dice, especialmente en las peleas de gallos. Tampoco se le escapó algo tan vinculado a la moda como las protestas de los camisas rojas y los camisas amarillas (estos últimos partidarios de los políticos próximos a la familia real, y que fueron los que más se dejaron ver para Bruno). Los colores, como tantas veces en todos los continentes, pierden su inocencia política, si bien rojo y amarillo han sido siempre colores de confrontación en estas partes de Asia.

Pero Bruno nos descubre un secreto de San Pablo, que es el Templo Zulai, un templo budista al más puro estilo chino en el que no sólo los brasileños que han hecho la gran peregrinación del mundo, como él, sino todos, pueden acercarse a la meditación y la espiritualidad oriental. La integración de Mario Skaric en Occidente y del Oriente en Bruno Oliveira podemos verla, más que como un triunfo del concepto chino del Yin y el Yang, como la constatación de que este mundo se nos hace cada vez más pequeño.

Bruno Oliveira en el Templo Zulai