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Ésta es la historia de Jota Erre.

Seis veces quiso ser narcotraficante, nunca lo consiguió.

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SINOPSIS. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego, tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que casi todos los que han emigrado de su pueblo a Culiacán viven como Dios manda: si no lo tienen lo compran y si no lo compran lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas, ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada. Para convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entenderlo de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico es nomás un pinchi mito”.

 

INTENTO NÚMERO 1. Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente —me dijo—, ocupo una gente de harta confianza pa’bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves en un jale de esos una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’qué te digo que no si sí. Además, en esos años, te hablo de los noventa, el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definirte si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad vale madres. “Nomás te voy a decir una cosa, cabrón —me dijo mi amá—: si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”.

(Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe ésta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los cuarenta años.

Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina. Jota Erre aceleró como si pisara una culebra y así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela.

Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, el mes que terminó ayer, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre.)

Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ái te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’que no nos vieran los helicópteros de los guachos teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni de agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo.

¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Jd. iLes echas grasa pa’que no se mojen cuando los lleven por mar, y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. “Tú y tú van a bajar la mota”, nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta, y las llaves de los camiones. Y ái te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa’no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. “En la vida todo se paga —me dijo— y tú desmadraste un camión”. “Pero pariente, no chingue, si no fue porque quise”, le contesté. “Nada, nada, pescadito, cuentas claras, amistades largas.” Nomás porque mi amá es su madrina sacó doscientos pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo.

 

VIDA MAFIOSA. Sentado en una hielera y escuchando un corrido le jalé a un cuerno de chivo, rodeado de mis amigos con los versos recordaba todo lo que en mi vida he sido, canta el Coyote ahora que Jota Erre maneja por los Huisaches, un arrabal donde la mayoría de los jóvenes piensa que la mejor salida es la fama y el sabor de una muerte violenta.

—La chamacada de hoy está enferma de mafia —me dice este Jota Erre que, vale contarlo de una vez, habla tan rápido que parece estar en una lucha constante contra un cronómetro—. Los plebes le entran al negocio nomás pa’rozarse con el Macho Prieto o con el Chino Ántrax, los pistoleros del cártel. Entran pa’decir que son gente del Chapo o del Mayo Zambada y así imponer respeto y sentirse la cagada más grande. Quieren andar en una troca pa’darse una vuelta a las prepas y subirse una morrita…

—Pero al final tienen dinero, ¿no? —lo interrumpo.

—¡Ni madres! —y pega en el volante para reafirmar sus palabras—. Las trocas que tráin son robadas, porque los jefes se los permiten pa’trabajar; la ropa que usan es china, chafa, pura imitación; las pistolas tampoco son suyas, y si conocieras en la ratonera que viven, te darían más lástima.

—Pintas una vida muy distinta a la que aparentan.

—Yo anduve en el negocio, tengo amigos en él, y puedo decirte que un setenta por ciento, si no es que más, está bien jodido. Se gastan lo poco que ganan en droga y pisto. Aquí en Culiacán a nadien le gusta confesar su pobreza, prefieren pedirte fiado y decirte que es pa’una inversión.

 

INTENTO NÚMERO 2. “¿Quihubo, bato? —me dijo un compadre por teléfono—. Se lo voy a decir rapidito porque estos tratos no debe escucharlos ni la sombra de uno”. Y que me suelta que quería mis servicios pa’mover cocaína. Hasta bendije a los pinchis colombianos. Y no sé, como que me dieron ganas de brindar conmigo mismo, con mi alma se puede decir. Y ái me tienes yendo a su cantón pa’que me explicara el jale. Neta que me waché en Bolivia, en Perú, en Colombia y en todos esos pinchis países drogos. Y nada. Mi compadre me mandó a Mexicali. Me dijo que rentara una casa pa’guardar la coca, que yo la iba a recoger en el Golfo de Santa Clara y que otro bato la cruzaría por California. Pero qué coca ni qué nada, era mota. “Ni modo —me dije—, y me eché un gallo pero nomás pa’que apestara”.

En el primer jale no tuve problemas. La mota llegó a su destino. La bronca fue que mi compadre no me pagó. “Es que tenía deudas, pero pa’l siguiente cargamento tiene su dinero”, me prometió.

Ese segundo cargamento fue en semana santa. Me acuerdo porque durante el día nos vestíamos de turistas. Ya sabes: bermudas, sandalias y lentes oscuros. Ya en la noche íbamos a donde estaba el faro descompuesto que se conoce como El Machorro. Ahí esperábamos a los pangueros. Una de esas noches les echamos tres veces la luz de la lámpara pa’decirles que se acercaran, que ya estábamos listos. Pero ellos nos contestaron con dos luces. Y dos luces, por si no sabes, es que hay peligro. Echamos un zorro alrededor, pero todo estaba bien oscuro y no vimos nada. Decidimos aguantar. Y no sé, pero en una de ésas waché hacia el faro y que alcanzo a ver a un bato prendiendo un cigarro. “¡Ya nos cayeron, fuga, fuga!”, les dije a mis compas y en friega nos abrimos. Yo venía en una troca que traía la gasolina pa’los pangueros, y ¡madres!, que se atasca en la arena. No, pos patas pa’qué las quiero. La bronca es que nunca he sido delgado y me fui cayendo entre los balazos. Me fui tocando el cuerpo, pero no tenía nada, sólo miedo. “¡Policía judicial, párate cabrón!”, alcanzaba a oír, y yo nomás pidiéndole a Dios que me ayudara, aunque ya sé que no debo meterlo en estas pendejadas. Total que alcancé a llegar al pueblo y le pedí ayuda a un viejo pescador. “Compa –le dije–, me vienen siguiendo, hazme el paro; mi troca se quedó atascada, pero ahí tengo doscientos litros de gasolina, son tuyos si me ayudas”. Y como la gasolina en esos lugares vale oro, el bato me escondió en una troje donde guardaba cagadero y medio.

Los judiciales empezaron a buscarme casa por casa. “¿Dónde andas, cabrón?”, alcanzaba a escuchar que gritaba un bato, que luego supe era el comandante Jorge Magaña, el papá del chavalo ese que mató a una familia en el Defe, ese que se llama Orlando. “Orita que te encuentre me vas a ver a la cara pa’que sepas a quién buscar en el infierno”, gritaba el comandante y yo me oriné. Total que no me hallaron y hasta las horas salí de la troje pa’darle los doscientos litros de gasolina al viejo y me jalé a Mexicali.

Cuando llegué, vi la casa toda desordenada, como si la hubieran cateado. No, pos mejor me fui, pero afuerita ya estaba el comandante Magaña con mis compas. “¿Así que tú eras el hijo de la chingada que andaba buscando ayer? —me dijo—. Pos te salvaste porque ya arreglamos el asunto”. Y el arreglo era que la policía se quedaría con la mitad de la mota. Me acuerdo que hasta nos ayudaron a descargarla de las pangas.

Mi compadre me pagó quinientos dólares. Me dijo que le había perdido al jale, que entendiera la situación y yo lo mandé a la chingada. Casi cuatro meses arriesgando el pellejo pa’quinientos dólares. La mitad se lo mandé a mi esposa y con el resto compré productos naturistas que quise vender en Mexicali. Digo quise porque el día que salí a venderlos, iba caminando cuando un bato me aventó la troca. Era el comandante Magaña. “¿Quihubo, pinchi sinaloense? ¿Traficando y no me avisan?”, me dijo de entrada y sacó la pistola. “No, jefe, ya no ando en ese jale; ya trabajo limpiamente”, y le enseñé mis productos. Me creyó después de darme unos zapes y cortar cartucho en mi cabeza. “Es tu día de suerte —me dijo—. Necesito a alguien con contactos pa’cruzar polvo”. Pensé que la vida me estaba dando otra oportunidad y le dije que sí. Tiré mis productos en la carretera y me subí con él. En el camino fue más específico y me desanimé: en realidad quería que fuera madrina, que anduviera madriando a los puchadores y me pagaría con autos robados pa’que yo los vendiera. Vas a pensar que soy un idiota, pero nunca me ha gustado robar. Me pueden acusar de todo, pero no de ratero. Y pos ái te vengo a Culiacán sin un pinchi peso.

 

AUTÓGRAFO. En la marisquería donde comemos, una preparatoriana se acerca e interrumpe a Jota Erre.

—¿Usted es Jota Erre, el cantante?

—No —le contesta Jota Erre—. Me parezco, pero no.

—Sí es, a mí no me va a engañar.

—Oquéi, si tú lo dices —y Jota Erre sonríe como diablo en pastorela, encogiéndose de hombros.

—Deme su autógrafo —dice la preparatoriana, entregándole una libreta y el bolígrafo.

Firmó Jota Erre: “Con todo mi cariño. El que se parece a Jota Erre”.

 

INTENTO NÚMERO 3. La fuerza de la costumbre es cabrona y yo extrañaba andar en el ajo. Te estoy hablando ya del dos mil tres, dos mil cuatro. Y así, cuando más lo pedí, que me busca un viejón de mi pueblo. “Quiero que me hagas un paro —me dijo—. Ve a matar a un cabrón que me debe dinero, ¿cómo ves?”. “Simón —le contesté sin pensarla—. Nomás porque no he tenido chanza, pero cuando hay que chingar chingo y que cuando hay que pasar desapercibido…”. “Ya, ya, párale —me dijo—. ¿Tienes visa?”. “Simón.” Y ái te voy esa misma noche a Tijuana pa’pasarme a San Ysidro.

“Cuando llegues le hablas a tal bato, él te va a llevar con el que me debe”, me había dicho el viejón y yo seguí las instrucciones. “Compa, soy Jota Erre, ya ando aquí”, dije por teléfono. “Está bien, nos vemos en el cruce de la gásinton y la mein”, me dijo, y yo sin saber dónde estaba eso porque nunca había ido al gabacho. Le pregunté a una pochita que estaba dos tres y me dijo que debía subirme al tróley, que contara tres estaciones, que ái me bajara y, saliendo, ái estaban esas calles. Y sí, bajando del tróley vi la gásinton y la mein. “Compa, ya estoy aquí”, le volví a llamar. “¿Donde está usted, hay un macdonals?”, me preguntó. Waché y le dije que sí. “¿Enfrente hay un futloker?”, volvió a preguntarme. Waché y le dije que sí. “Ái voy, deme unos quince minutos”. Y pasó una hora y nada. Entonces le hablé al viejón y le conté que el bato me traía como su pendejo. “¿Sabe? Yo creo que éste también está coludido con el que le debe”, le dije. “Pos mira —me contestó—, en cuanto lo veas dile que te dé las armas, le preguntas dónde vive aquel cabrón y tumbas a los dos”. Como a las dos horas le marqué al bato. “Oiga, hijo de su pinchi madre, aquí me tiene esperándolo como vil tacuache, no mame.” “A ver, compa, ¿dónde está, que no lo miro?” “Pos aquí, frente a macdonals.” “Pos no lo miro y eso que la calle está vacía.” Y yo diciéndole: “Pos si ya son las tres de la mañana, a esta hora ya hasta los perros se fueron a dormir”. “A ver compa, pregúntele a alguien cómo se llama dónde está.” “Pero si no hay nadien.” Y caminé hasta la parada del camión y un bato que hablaba español me dijo: “En nacional ciry”. Le volví a marcar al bato y le dije: “¡Estoy en nacional ciry, cabrón!”. “No, compa, está usted muy pendejo”, me dijo, “Yo estoy en Fontana, como a tres horas de donde me está hablando”. Chale. ¿Yo qué iba a saber que en el gabacho hay miles de calles guasinton y mein?

Ya en Fontana, el bato me llevó hasta donde vivía el wey que tenía que matar. Me dijo qué troca manejaba, que estaba gordo como cochito y me dio su apodo. Me la pasé wachándolo una semana hasta que se apareció el cabrón. En friega saqué la pistola y entré a su casa rompiendo la puerta. “¡Hasta aquí llegaste, pinchi cerdo!”, le dije apenas lo vi. El bato era puerco pero no trompudo, y le di una madriza a la charles bronson. Luego corté cartucho y le dije: “Me manda el viejón, ¿cuáles son tus últimas palabras?”. Sé que se oyó bien mamón, pero fue lo único que se me ocurrió. “¡No me mates, compa! ¡No me mates!” Y yo diciéndole que no fuera puto, que los de Durango nos dejábamos ir con calma y dignidad, porque me habían dicho que era de por ahí. Él empezó a decirme que conocía a fulano y zutano, que ellos le podían ayudar a conseguir el dinero. Yo me saqué de onda porque yo conocía a esa gente. “¿Pos cómo se llama, compa?”, le pregunté. ¿Y qué crees? El bato era uno de los de la clica de mi carnal. Valiendo madre. Si no lo reconocí fue porque estaba bien gordo y ya se le había deformado la cara. “¿Entonces tú eres Jota Erre?”, me preguntó y terminamos dándonos un pinchi abrazo.

Le conté cómo estaba el jale y él me pidió veinte días pa’juntar el dinero. Yo le dije al viejón que el bato se estaba escondiendo, pero que me diera tiempo pa’encontrarlo. “¿Oiga? —le pregunté—, ¿y si el bato quiere pagar?”. “Pos se la perdonas porque es de la familia.” Total que todos los días salí de fiesta con el gordo. Pero lo bueno se acaba pronto y yo me regresé a Culiacán porque pagó.

Nomás bajé del avión y fui derechito a la casa del viejón. De los tres mil dólares que me había dado de viáticos ya nomás me habían quedado como cincuenta dólares, y él me había dicho que al regresar fuera a verlo pa’pagarme el trabajito. Me recibió de volada, me abrazó, me dijo que le había gustado mi dedicación, o algo así, y que en la mañanita fuera a su rancho, que ahí iba a estar Miguelón, su hombre de confianza, pa’decirme qué seguía. Ir al rancho del viejón, no cualquiera; por eso pensé que, mínimo, me iba a regalar una de sus trocas o me pagaría con droga. Y que voy llegando a la hora que me dijo, que pregunto por el Miguelón y que me ponen a podar el pinchi pasto y darles de tragar a los caballos. Neta. Te lo juro por mis hijos. No, pos no aguanté. Le di las gracias al viejón y volví a la calle a vender mis productos naturistas.

 

EL PISTOLERO. Komander: Qué sorpresa encontrarlo en mi rancho. Erick Estrada: Hace un rato lo estoy esperando. Komander: ¿Por qué trae bastantes pistoleros? Erick Estrada: Yo prefiero bastante dinero. Komander: No comprendo de qué estás hablando. Erick Estrada: Me pagaron por asesinarlo.

—La chamacada escucha corridos como éstos y ya andan diciendo que traen callos en los dedos de tanto jalar el gatillo —filosofa Jota Erre cuando pasamos por el estadio de béisbol. Luego baja la ventanilla entintada para ver los guindas exactos y les mienta la madre a los Tomateros—. Te decía: a los sicarios de hoy les pagan dos mil pesos a la semana, cuando mucho. O sea: esos batos nomás saben una cosa: que van a morir, y que no será una muerte fácil.

 

INTENTO NÚMERO 4. Un día entendí que el narco es el negocio más individualista de todos, que es onda de uno y nomás. Que aquí dos cabezas sirven pa’que te den en la madre más pronto, y por eso no está de más ser desconfiado. Por eso nunca pude trabajar bien allá en Michoacán. Ái te va pa’que me entiendas:

Un narco segundón me propuso que fuera su socio en el cruce de mota. ¿Wachas? Ya no iba a ser un pinchi gato. Esto era más grande, era un jale donde no faltaría quien quisiera arañarnos las manos de tanto billete que tendríamos. “No, compa, siempre salgo jodido”, le dije porque el bato sabía que yo era de los que no se dejaban ir de hocico a la primera. Y me estuvo rogando hasta que le dije arre pues. Él puso millón y medio de pesos, y lo que debía hacer era comprar la mota, transportarla, cruzarla y cobrar. Llevaba las de ganar, y sin tanto riesgo, porque en ese entonces, como en el dos mil seis, todavía te dejaban trabajar por tu cuenta, siempre y cuando pagaras piso. La bronca fue que los de Juárez y los pinchis Zetas se pusieron ambiciosos y violentos, y pos ahora es una locura llevártela tú solo. Pero te decía: ái te voy tendido como bandido a mi pueblo pa’comprar mota. Y nada. Todos tenían apalabrada la mota con el Chapo y no pudieron venderme. Fui a Badiraguato y nada, quesque la siembra había estado jodida por el calentamiento de no sé qué, que nomás había salido pa’trescientas avionetas y que iban pa’los Beltrán. Fui a Atascaderos, en Chihuahua, y tampoco; ya estaba vendida a los Carrillo. No, pos bajé bien agüitado. “¿Sabe qué, compa? —le dije a mi socio—. Este negocio parece estar hecho con la mano del diablo, no hay mota”. “¿Cómo no va a haber, compa, si es lo que sobra?” “Se lo juro por la tumba de mi padre.” Mi socio hizo unas llamadas. “Ya está, compa —dijo—. Váyase a Michoacán, allá por Lázaro Cárdenas, allá sí hay”. Y me fui en fuga, pensando en el billete que me iba a embauchar si salía el jale.

Allá llegué con un bato bien pinchi enfadoso, con dientes de plata y que se la tiraba de galán. Dos días me estuvo castre y castre con que los sinaloenses éramos güevones, borrachos, feos y maricones. Tuve que ponerle unas pinchis ganatadas en la cara y decirle que nos fuéramos respetando, que yo había ido a comprar mota y él a conseguirla.

Donde estábamos era una playa y pa’subir por la mota era en chinga; máximo tres horas. El mundo ideal. Desde el primer día nos pusimos a bajar unos kilos y entre más bajábamos, más insoportable se ponía el bato enfadoso. ¿Cómo te diré? Era presumido. Sacaba mi troca y se paseaba por el pueblo con el estéreo a todo volumen. “Compa, ya déjese de payasadas, nos van a atorar”, le reclamé. “¿Cómo cree? Aquí todo está controlado.” De andar por la troca pasó a aventar balazos y luego a emborracharse y a decir que trabajaba pa’unos sinaloenses pesados. Ya no dijo más porque una mañana llegó la judicial a mi hotel. Quise salirme por la ventana, pero por todos lados había policías. Cuando salí, waché que tenían todo madriado al bato enfadoso. “¡No he dicho nada, no he dicho nada!”, decía el cabrón. Le dije al comandante que sí, que era de Sinaloa y que estaba ahí porque un socio y yo queríamos poner una empacadora de camarón que traeríamos de Mazatlán. “Pos fíjese que no le creo, pero tampoco le hemos encontrado a este fulano la mota; lo voy a vigilar, ya está advertido”, y se fue. La mota estaba en la casa de la amante del bato enfadoso, por eso no la encontraron los federales.

Y luego luego le hablé a mi socio: “Este pinchi bato enfadoso jodió todo, mañana me voy”. “¿Cuánta mota ha juntado?” “Tonelada y media.” “Está bueno, mañana le mando las pangas y véngase ya.”

Al otro día mi socio cumplió con la palabra y llevamos la mota a las pangas. Y yo creo que eran la una de la mañana cuando nos cayó la judicial. “¡Trépese, compa, trépese!”, me dijo el panguero y ái te voy. En ese momento, la verdad, no me agüitó que háigamos dejado media tonelada en la playa. Lo que yo quería era perder a la policía. Y sí. Le dimos tan recio mar adentro que nos perdimos hasta nosotros. Como habíamos salido en fuga, al panguero no le dio tiempo de poner la brújula. Y ái fue cuando le juré a Dios que si me ayudaba a librarla sería el último jale.

Sería bien largo contarte cada uno de los siete días que estuvimos perdidos. A lo mejor hasta escribo una novela de eso. Lo que sí te digo es que como al cuarto día empecé a alucinar; veía tráilers en el mar, y eso que no le metí al perico como los dos batos con los que iba. Ellos, en algún momento, se quisieron matar a cuernazos; se reclamaban mutuamente por lo de la brújula. Yo me quemé todo, parecía cáscara de mango podrido, y bajé kilos como nunca. En el quinto día vimos un barco, pero era de la Marina y otra vez a altamar. La gasolina se nos empezó a acabar, y cuando creíamos que nos íbamos a morir en una panga llena de mota, apareció un barco. Nos ayudaron a subir, mis compas les apuntaron con los cuernos y yo nomás les pedí de comer y agua. La neta nos alivianaron. Hasta nos orientaron con la brújula. Estábamos a veinte horas de las Islas Marías. Y así, a puro motor muerto, pudimos llegar a Mazatlán. Ahí nos rescató mi socio.

Yo quería descansar, pero en chinga tuve que irme a Mexicali pa’vender la mota porque ya se estaba poniendo café y así ya no sirve. La vendí, cierto, pero bien barata, y ni siquiera recuperamos la inversión. O sea: no gané ni madres.

 

PLEBITAS CHACALOSAS. Lucen las mejores marcas y ropa de pedrería, los más caros celulares, uno para cada día, las uñas bien decoradas, les gusta verse bonitas.

—Esta música del movimiento alterado es pura enfermedad —dice Jota Erre ahora que suena en el estéreo una tal Jazmín—. Esta música y que aquí anden paseando las hijas de los pesados hacen que las morras se sientan narcas. Unas se ven que no matan a una mosca, pero nomás consiguen cuernos y se vuelven unas hijas de la chingada. Y las otras sueñan con andar con uno de su calaña. Pero volvemos a lo mismo: en el narco la mayoría de los batos no tiene ni dónde caerse muerto.

—Si alguien de ellos te escuchara pensaría que les tienes envidia.

Jota Erre me mira con cierto desprecio y da vuelta en la primera calle. Toca el claxon frente a una casa a la que el tiempo le ha dado un poco de consistencia. Un tipo, que no pasará de los treinta años, sale y saluda a Jota Erre.

—Compa, ¿cuánto llevas en el jale?

—¿Por qué? —pregunta el tipo desconfiado y me mira como si fuese policía.

—¡Contesta, cabrón! ¿Cuánto?

—Ya voy pa’los ocho años —le contesta.

—¿Y tienes dinero?

—Pos no tanto así, pero traigo esa troca que levanta morras de a madre.

Jota Erre acelera y me dice:

—¿Wachaste cómo está el pedo?

 

INTENTO NÚMERO 5. Mis días como narcomenudista fueron fugaces. Tardé más en aprender cómo lavar la coca que en darme cuenta de que el traficante termina trabajando pa’pagarle al cártel o termina muerto. Yo empecé a vender grapas, y cuando iba a cobrarle a la gente, me salían con la pistola diciéndome que no me iban a pagar. Y que a ver cómo le hacía. Por eso te digo que ahí no duré mucho. Luego, un capo me buscó pa’que le lavara un kilo de la buena. Y ái me tienes comprando el éter, la acetona, el ácido clorhídrico, el amoniaco, el papel y las vasijas. Yo había lavado por pedacitos y esa vez, por güeva se puede decir, lavé toda de un jalón. ¡Y madres!, que se me echa a perder. Le dije al narco y él me salió con que tenía dos días pa’pagarle. El bato era cabrón, nomás de oírlo mentar se le pegaba a uno la diabetes. Y ái me tienes consiguiendo quince mil dólares. Pedí prestado aquí y allá, le vendí el alma a unos cuantos, y hasta mi mamá vendió un carrito que tenía. Chale, quién sabe por qué, pero como que todo se echa a perder en esta vida, ¿no?

 

REFLEXIÓN SIERREÑA. ¿Te arrepientes de algo? —le pregunto a Jota Erre cuando vamos camino a la fiesta de un locutor de radio en Culiacán.

—Sí y no —dice y los dientes le relucen como el acero—. Sí, porque pude aprovechar el tiempo en algo más de bien. No, porque le puedo decir a mis hijos que el narco no es el mundo que pintan. No, porque nunca robé ni maté a nadien. Yo creo que la vida debe ser la que está arrepentida de que siga yo aquí, porque este jale es como la lotería, y el premio gordo es vivir.

 

EL ÚLTIMO INTENTO. Mi dizque carrera de narco estaba de picada. Ya no quería saber nada. Ora sí le iba a cumplir a Dios. Pero pa’ese entonces me buscó la mano derecha de uno de los más chacas. “Lo ocupamos pa’que sea el prestanombres, le vamos a pagar bien.” Como nomás se trataba de hacerle el paro a una gente, pos no entré en conflicto con Dios. Lo que tenía que hacer era acompañarlos a Oaxaca, decir que era empresario, hospedarme en el hotel Victoria y esperar a que llegara una avioneta llena de coca. Y ái te fui vestido bien acá, bien placoso. Llegué y me presentaron al viejón, al dueño de la droga. “He oído de ti, dicen que eres honrado; pendejo, pero honrado”, me dijo y yo nomás me reí. Ni modo que qué.

Me hospedé en el Victoria, ya te dije, y me puse a esperar. Había días que nomás dormía y otros jugaba ajedrez con el viejón. Una tarde, el brazo derecho me dijo que la avioneta iba a llegar esa noche, que si todo salía bien, yo me devolvía a Culiacán con un buen billete. Bajé al restorán y me puse a tragar como cochito de pura alegría. Me acuerdo que en la tele estaba una película de narcos, y yo pensé que qué sentido tenía verla si yo estaba con el viejón. En eso, vi a dos batos que en los diez días que llevaba hospedado nunca había visto. Y luego otros tres. Y luego otro. Salí, fui con los pistoleros del viejón y les dije lo que había visto. Ellos me mandaron a avisarle al viejón, y cuando subí, el viejón ya sabía cómo estaba el rollo: “¡Son militares, ya nos chingaron!”.

Desde morro, casa a la que iba, casa a la que veía por dónde saltarme. Y pos en el hotel había encontrado una escalerita que te llevaba a otro predio. “No se agüite, patrón, yo lo voy a sacar”, le dije y me lo llevé. Cruzamos la calle y él se subió a un carro y se fue. Su brazo derecho me dijo que yo también aplicara la fuga, que el cargamento había sido decomisado, que no iba a haber billete.

Me regresé a Culiacán como pude, pero no perdí la esperanza de una buena recompensa. Al tiempo lo vi en Guadalajara. ¿Y sabes qué pasó? Nada, nomás me abrazó, me dijo que nunca iba a olvidar lo que hice por él y me regaló un bucanas dieciocho. Valiendo madre.

 

EL SEÑOR DE LA MONTAÑA. Un tipo sostenía el Nextel. Al otro lado del auricular, alguien escuchaba el cóver que cantaba Jota Erre: Joaquín Loera lo es y será prófugo de la justicia, el señor de la montaña, también jefe en la ciudad; amigo del buen amigo, enemigo de enemigos, alegre y enamorado, así es Loera, lo es y será.

Cuando terminó de cantar, el tipo del Nextel se acercó a Jota Erre y le entregó el radio. Escuchó: “Canta usted muy bien, compa, lo felicito; ái cuando se le ofrezca algo en todo México nomás búsqueme”.

—¿A poco era el Chapo? —le pregunto a Jota Erre cuando llegamos a su casa.

—El mismo que viste y calza.

Jota Erre se desparrama en el sillón y empieza a platicarme su vida como músico. Pero ésa es otra historia.

 

Alejandro Almazán

Alejandro Almazán (Ciudad de México, 1971) es periodista y escritor. Sus últimos libros son El más buscado, novela inspirada en el líder del cártel de Sinaloa, Joaquín ‘Chapo’ Guzmán, y Crónicas inexplicables, una selección de sus textos periodísticos.