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Morfología del golpe

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Comenzamos con la primera función.

I. Uno de los miembros de la familia se aleja de la casa.

No me fui de casa para irme a Nicaragua, no fue eso lo que ocurrió exactamente. Llevaba yéndome de casa años. Nicaragua era el lugar más lejano al que había viajado.

Enseñaba lengua española, cerca de una ciudad llamada Granada, a unos niños que conocían mejor su lengua de lo que jamás yo sería capaz. Trabajaba en una escuela de hormigón, con dos aulas que a veces invadían las cabras o los perros callejeros. Los perros estaban muy flacos. Algunos niños también, aunque siempre le compraban dulces a una vieja vendedora de bolsas de patatas caducadas y galletas color rosa chicle, que transportaba en unos enormes cestos de mimbre. La vieja se sentaba entre las sombras, junto a los columpios oxidados.

Me gustaban los niños. Nunca me habían tocado tanto hasta entonces —literalmente: los brazos, las piernas, todo el cuerpo—. Yo conocía a sus familias de vista y a veces por el apellido. Muchas madres vendían chicles y anacardos en el Parque Central, junto a la estación de buses. Los padres y hermanos me decían “¡Guapa!” cada vez que pasaba por delante. Quizá debía sentirme ofendida. Pero no.

Cumplí los veinticuatro en un bar llamado Café Bohemia. Preparé sangría con frutas del lugar y mandé mensajes desde un cibercafé que decían: “¡He preparado sangría con frutas del lugar!”. Le conté a todo el mundo que me sentía muy cómoda siendo una extranjera entre extranjeros y que lo estaba disfrutando mucho: “¡Ninguno de nosotros está ahora donde suele!”, decía. “¡Nos hemos perdido juntos!” Las teclas del teclado se sentían extrañas bajo las yemas de los dedos, como si estuvieran mal colocadas. Todavía no me había acostumbrado. Equivoqué algunos signos de puntuación. “¿Frutas del mercado?”, decían mis notas. “¿Estamos perdidos juntos?”

Nunca sé cómo empezar esta historia. No sé por qué. Por eso tengo que usar funciones. Por eso quizá deba volver atrás, aún más. Vladímir Propp fue un hombre que vivió en Rusia y fue testigo de la Revolución y de dos guerras. Escribió un libro titulado Morfología del cuento, sobre el que nadie habla últimamente, salvo para discrepar. Es básicamente un mapa del cuento popular, un catálogo de mecanismos narrativos ordenados en treinta y una funciones: comienzos, traiciones, resoluciones.

El elaborado sistema clasificatorio de Propp —letras, cifras, encabezados, subencabezados— identifica dichos mecanismos narrativos como especies disecadas: “engaño”, “guía”, “rescate”. Éstas marcan los momentos en que la acción toma una dirección nueva. Propp afirma que cualquier cuento puede dividirse en una secuencia de mecanismos de este tipo, que se combinan y recombinan una y otra vez. Fundamentalmente, llama la atención sobre las perturbaciones. Y afirma que todo comienza cuando perdemos nuestro lugar.

 

III. Transgresión de la prohibición.

Ya nos hemos saltado una función y apenas hemos empezado. Propp traza un mapa imperfecto del relato. Pero yo sigo recurriendo a sus funciones. Ésta es la tercera. Se trata de una prohibición antigua: las niñas nunca deberían quedarse solas en lo oscuro. Es algo que se aprende en los cuentos de hadas.

Después me empezaron a decir que no debía andar por la calle de noche. En ese barrio. En una calle desierta, sola. Esto es lo que “sola” significa realmente: sin un hombre.

Esto último lo decían sobre todo los hombres.

Algunos lo decían en tono amable. A otros parecía molestarlos. La cosa es que, en realidad, nadie había hecho una recomendación así antes. Lo cual quiere decir que tendremos que reordenar las funciones. Volvemos a la segunda tras la violación de la tercera.

 

II. Recae sobre el protagonista una prohibición.

Nadie me había dicho que no anduviese sola. Me habían dicho que no tuviera miedo. Granada era segura. Nicaragua no sólo era violencia. Ésa era la idea que tenían los estadounidenses, los que no tenían ni idea.

Ésta es la función que bautiza al héroe. Es esa pareja de principios —la regla y su transgresión— la que crea al héroe.

Mi prohibición era el miedo. Me dijeron que mantuviera al miedo a raya. O al menos que me lo guardara para mí. Mi amigo Omar me decía: “Todos estáis muertos de miedo aquí”.

Todos vosotros: mujeres, estadounidenses, visitantes. Yo era todas esas cosas, pero aprendería a no serlas. Aprendería a ser diferente, a esforzarme más, a caminar por las calles sin escrutar las sombras en busca de extraños. Había llegado a un lugar al que no me habían invitado.

Para empezar, teníamos la cuestión de la historia. Yo no tenía la culpa del pasado del país, exacto, pero el caso es que la historia hizo que quisiera implicarme. La historia estaba salpicada de episodios absurdos: la Revolución Sandinista, el escándalo de las armas. Reagan todo. Bush todo. Omar recitaba los mejores fragmentos de los debates de Bush con Hugo Chávez —Chávez, que seguía siendo una especie de héroe en ese país— y yo me reía más fuerte que nadie. Yo también odiaba a Bush. Necesitaba que lo supieran.

Quizá yo no tenía derecho a necesitar nada de ese lugar. Quizá no arreglase las cosas el que me llevase un puñetazo en la cara. Pero quizá yo no era inocente del todo tampoco.

Bueno, he destripado el final. Me dieron el puñetazo.

Sigo buscando la función apropiada para esta parte. ¿Qué es la morfología, de todos modos? Lo busqué y encontré esto: “El estudio de la forma de las cosas”.

Que es como mantenemos las cosas atrapadas en su lugar: les damos una forma.

 

VI (quizá). El agresor intenta engañar a su víctima para apoderarse de ella o de sus bienes.

No había truco. No fue más que un hombre que me abordó por la espalda, me giró y me golpeó con fuerza. Sin engaños. Uno de los gestos más sinceros que haya visto en mi vida.

 

V (quizá). El agresor recibe informaciones sobre su víctima.

Propp cita ejemplos. Las muchas caras de la misión de reconocimiento: se envían espías. Se encuentran escondites. Un oso malvado utiliza un cincel hablador para encontrar a unos niños desaparecidos.

En aquella calle de Nicaragua las cosas fueron más sencillas. Había un hombre sentado en el bordillo de la acera, junto a una lavandería que se traspasaba. Me vio y me ubicó. Gringa. Chica. Turista.

“Guapa”, decían. Los otros hombres, en la calle. Pero éste no dijo nada.

Quién sabe lo que pensó. Yo sólo sé una cosa: viese lo que viese, lo que creyó ver le fue suficiente.

 

Así llegamos a la Función VIII. El agresor causa daño o perjuicio.

Me dio un puñetazo. Se me mancharon de sangre los brazos, las piernas, la falda, los zapatos. No grité. Hablé. ¿Qué decía?

Decía: “Estoy bien, estoy bien, estoy bien”.

Decía: “Tengo mucha sangre”.

Propp dice: “Esta función es extremadamente importante”. Dice: “Las maneras del agresor son enormemente variadas”.

Éstas son algunas de ellas: El agresor saquea o destruye lo que ha sido sembrado, provoca una desaparición repentina, embruja a alguien o a algo, quiere obligar a alguien a casarse con él, amenaza con realizar actos de canibalismo.

Dos más: Arrebata la luz del día. Atormenta a alguien todas las noches.

—La ciudad es muy distinta por la noche —había dicho Omar—. Todo es posible.

Algunas funciones describen cómo el agresor roba partes de cuerpos. Rompes algo y robas su aspecto anterior. Y ese aspecto no vuelve jamás.

—¿Se ha llevado tu cartera? —me preguntó alguien—. ¿Y tu cámara?

Asentí. Quería decir: “Se ha llevado mi rostro”.

Hay algunas funciones que no están en mi historia: El buscador acepta o decide actuar. El héroe reacciona ante las acciones. El héroe y su agresor se enfrentan en un combate.

Estas funciones no son aplicables en mi caso.

 

Ésta sí: XVII. El héroe queda marcado.

Tengo la nariz rota. Se me han movido los huesos del puente. La carne se infló como si quisiera ocultar la fractura de debajo. De ese mismo modo se infla el discurso en torno a la memoria. Así el intelecto se infla en torno al dolor.

 

XIV. El agente mágico pasa a disposición del héroe.

¿Y cuál es el agente mágico? ¿La policía nicaragüense? ¿El alcohol que bebí —tragos y luego más tragos— para sentirme mejor, para dejar de temblar?

Tras el robo me fui a un bar de la Calzada. Conocía a los camareros, que supieron lo que me hacía falta en cuanto me vieron. Eran unos tipos que se metían en peleas. Mis heridas no eran nada nuevo para ellos. Me dieron trapos empapados, hielo, una cerveza. Me pegué las tres cosas a la cara, muy suavemente. Temía que se me hubiera quedado la nariz tan floja que se fuese a salir. No podía ni mirarlos a los ojos. Estaba avergonzada. No era capaz de explicar en detalle lo que había ocurrido. Sospechaba que era porque me podían ver. Ellos lo veían todo: la cara hinchada, los brazos ensangrentados, las piernas ensangrentadas, la ropa ensangrentada. Ésas eran las únicas cosas de las que yo estaba hecha, y todo el mundo las veía —todo el mundo las entendía— tan bien como yo. Era una especie de desnudez, una sensación de terminaciones nerviosas al viento.

La policía se presentó en una camioneta con una jaula instalada en la parte de atrás. Dentro había un hombre. Yo estaba sentada en el bordillo con mis trapos y mi cerveza. El policía fumaba. Señaló al tipo de la jaula: “¿Es éste el hombre?”.

No lo era. Era un hombre, sin más. Ni siquiera les había dado una descripción.

Negué con la cabeza. El policía se encogió de hombros. Soltó al tipo. El hombre parecía enfadado. Pues claro que estaba enfadado.

El policía era agradable, pero en ningún momento había esperado que las cosas salieran de otro modo. Me mostró gruesos álbumes de fotos de archivo de matones del barrio, con sus respectivos alias manuscritos con letra enmarañada debajo: el Toro, el Caballero, el Serpiente.

Ninguno de ellos era él. “No, no, no”, dije.

La mañana siguiente fui a la estación de policía. Era un edificio destartalado con manchas parduzcas en las paredes y un aseo roto que olía desde todas las demás habitaciones. O quizá los demás lo olieran. Yo no podía oler nada. Sobre la mayoría de escritorios había viejas máquinas de escribir y en un rincón se amontonaban unas pocas que no funcionaban bien. La comisaría se encontraba en una parte de la ciudad que jamás había visitado. Ningún turista querría visitar ese barrio, si no fuese para presentar una denuncia. Yo llevaba viviendo en Nicaragua varios meses y jamás me sentí más turista que entonces, como la protagonista de una de esas historias que todo el mundo ha oído contar alguna vez.

Los policías se mostraron entusiasmados por enseñarme su nuevo software para la reconstrucción de retratos robot. Me senté con uno de ellos ante una computadora, una de las pocas que había en toda la estación. Me hizo preguntas sobre el aspecto del tipo, que yo respondí torpemente. “Tenía cejas”, dije quizá. ¿Lo dije? Esperé a que los adjetivos se abriesen paso. Pero no. El boceto de la pantalla del ordenador no se parecía en nada a aquel hombre.

 

XXIX. El héroe recibe una nueva apariencia.

Propp explicita: “Recibe una nueva apariencia directamente, gracias a la intervención mágica de su auxiliar”. Regresé a Los Ángeles y fui a ver a un cirujano. Tenía algo mal en la cara. Todo el mundo se daba cuenta. Quería que me lo arreglasen. Estaba obsesionada por conservar lo que yo era. El cirujano observó mi rostro y dijo: “Algo le ha pasado a usted”.

—Lo sé —respondí—. ¿Puede arreglarlo?

—No puedo saberlo desde fuera —dijo él.

Así que entró dentro. Y yo caí a la inconsciencia, derrotada.

Sigo atascada con esta función, una que me he saltado: 

 

XIX. La fechoría inicial es reparada o la carencia colmada.

Propp dice: “En este punto, el cuento alcanza su culminación”.

¿Cómo se siente esta función? Yo sigo esperándola.

La cirugía arregló la rotura. O borró las pruebas. Pero todavía puedo encontrar, si la busco, la muesca, el resto diagonal del puño golpeando el hueso.

En Internet se puede encontrar una aplicación llamada “Digital Propp”. Se la podría calificar de juego. Haces clic y aparece el siguiente mensaje: “Has entrado en el Generador Proppiano de Cuentos de Hadas, experimento de (re)escritura electrónica y reinterpretación de la teoría modernista en un entorno digital”.

Funciona así: marcas las funciones que quieres y la aplicación genera una historia. Yo marco “alejamiento”, “prohibición”, “infracción”, “fechoría”, “marca”, “exposición”. Hago una pausa. Vuelvo. Desmarco “carencia”.

No marco “acción contraria”, “reconocimiento”, “matrimonio”.

Hago clic sobre un pequeño botón con la leyenda “Generar”. El sitio web arroja de vuelta una historia: algo sobre una pera prohibida, una pelea con un pájaro y algún tipo de victoria relacionada con el vuelo. Veo indicios de todo tipo de funciones que yo no pedí: lucha, desafío, victoria. Hay algo de pelea y al final alguien gana: “La tierra que cubría mi piel se convirtió en motas de polvo de oro. El pueblo me consideró algo así como un dios”.

Los materiales de los que está hecha mi vida, tal y como los recuerda y deforma mi memoria, siempre lo tendrán presente: el extraño. Quizá nuestra unión remplace la función última, que yo descuidé: 

 

XXXI. El héroe se casa y asciende al trono. 

Yo quería que se enamorase de mí un hombre que se enfadara por el golpe que me habían dado. No debía querer algo así. Pero lo quería.

Meses después me encontré con un ex novio en Williamsburg. Me ofreció una raya de coca que había preparado sobre la tapa de un baúl antiguo, en casa de no sé quién. Imaginé mi nariz disolviéndose y cayéndoseme de la cara.

Negué con la cabeza.

—¿Por qué no? —preguntó.

Le expliqué por qué. Él dejó de sonreír. Se enfadó mucho. Parecía que quisiera algo de mí. ¿Qué quería? No sabía qué podía darle.

Cuando intentaba explicar lo que me había pasado, tras mi vuelta de Nicaragua, me sentía como si estuviera constantemente mezclando las piezas de un historiado rompecabezas cuyos límites exteriores no era capaz de ver: violencia, azar, impersonalidad, rostro hinchado, dinero contante y sonante, la culpa del turista. La culpa siempre me hacía sentir mal: como si estuviera intentando disculparme por lo que había pasado o como si quisiese dar a entender que mi condición de turista lo justificaba de algún modo. En realidad, no estaba intentando dar excusas de ningún tipo, sino articular un sentimiento de culpa que se enredaba con otros residuos interiores: ira, miedo y la tendencia obsesiva de buscar en el espejo señales de que mi cuerpo se estaba
desencajando. Empecé un máster y escribí ensayos sobre el ejercicio de la relectura. Leí a Propp. Releí mi vida como si fuera un texto.

No hay función que rija esta última parte. Este tiempo presente en el que el héroe lee una arcaica obra representativa del primer formalismo ruso a fin de entender por qué le hicieron daño en la cara, por qué al resto de su persona también le ocurrieron otras cosas silenciosas.

No hay función que rija cómo este texto podría empezar a colmar las carencias o acabar con las desgracias, cómo podría remplazar los ojos, el corazón, la luz del día. Todo lo que encuentro está manchado de cierto residuo: toda aquella sangre. Mi rostro siempre me recordará a un extraño. Y jamás conoceré su nombre.

Leslie Jamison

Leslie Jamison nació en Washington DC y creció en Los Ángeles. También ha vivido en Iowa, Granada (Nicaragua), New Haven y Nueva York. Es autora de la novela The Gin Closet de la colección de ensayos The Empathy Exams, libro ganador del Graywolf Press Nonfiction Prize. Es columnista del New York Times Book Review y publica regularmente en Harper’s, Oxford American, A Public Space, Virginia Quarterly Review y The Believer.

Traducción de Miguel Marqués.

Ilustración de Oscar Noguera.

Extraído de The Empathy Exams © 2014