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Una llave, mi mejor regalo

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Esta casa, que es la mía, está llena de tonterías. Soy un coleccionista de imbecilidades. Un recolector de cachivaches. Entonces no voy a decir que el mejor objeto que tengo es tal muñeca que guardo por ahí, o tal virgen, o tal candelabro, ni tampoco la primera edición de tal libro de Vallejo. Prefiero ponerme un poco solemne al pensar en el objeto que más ilusión me ha hecho en la vida y decir con absoluta honestidad que mi mejor regalo personal fue una llave. Sí, una llave: la primera que tuve, a los 17 años.

Todos los escritores y todos los cantantes y todos los pintores suelen decir que su patria es la infancia, que quisieran volver a su infancia. Pero yo me siento un bicho muy raro porque, a pesar de haber tenido una infancia nada infeliz, pienso que lo único que siempre he querido tener es una llave en mi bolsillo. La llave de casa, por supuesto, para que nadie pudiera decirme a qué hora había que volver.

La primera vez que tuve una fue en una pensión mientras estudiaba en la Universidad de Granada. No recuerdo un momento más feliz en mi vida que con esa llave en el bolsillo, cuando pude decir: “Ahora vuelvo a mi casa cuando me salga a mí de los cojones, no cuando me diga mi padre”. De veras la miraba como si fuera Jesucristo o el Santo Grial. La llave es un símbolo viril; abre cosas, no me digan que no. Si no tienes una, eres un eunuco, no sirves para nada. Hay que tener una llave. Todos deberíamos tener una.

Desde entonces hasta hoy puedo decir que todavía conservo esa misma llave. Quiero decir, hasta los 17 años yo era un niño de provincia, con una familia muy estricta, católica, apostólica, romana, franquista y fascista. Mi padre era comisario de policía, y muy buena gente y poeta de campanario. Pero la vida en un pueblo de provincia en esos duros años del franquismo era muy gris. Yo recuerdo esa época como si lloviera todo el tiempo; lo cual es mentira, por supuesto: es un invento de mi imaginación, pero la imaginación suele ser más justa que la realidad. Y yo quería huir de esa realidad. Quería crecer, quería ser mayor, ser adulto. Por eso digo que jamás he querido volver a mi infancia. Yo quería mi llave.

Para mí, esa llave, aunque parezca cursi, aunque parezca primario, aunque parezca lo que parezca, era mi pequeño símbolo de la libertad. Con esa llave yo por fin estaba solo: iba a la universidad, me enseñaban libros, me presentaban chicas, me daban whiskys baratos, y podía trasnochar a mi antojo. No había una estructura superior a mí. Ni mis padres ni la iglesia ni el sindicato ni el pueblo ni la familia ni las vecinas; ya no había nadie que me diera órdenes. Nunca más.

Alguna gente me dice: “Claro, tú no recibes órdenes y puedes hacer los discos que quieres porque vendes muchos”. No, no. Desde cuando vendía medio disco mis contratos decían que los discos los entregaba yo y que nadie podía discutir mi repertorio. Ni siquiera la portada. Ni siquiera nada. Los entrego y los editan, y punto. Eso fue desde mi primer disco, que vendió 250 copias, y las 250 las compré yo para quemarlas.

Ahora quiero decir otra cosa sobre mis objetos. Soy un regalón de mis objetos. Siempre tengo broncas con mis novias y con mis amigos porque siempre regalo lo mejor que tengo. Si alguien me dice: “Este cuadro me gusta”, y es el mejor cuadro que he tenido en mi vida, pues se lo regalo. Uno sólo debe regalar aquello de lo que le duele mucho desprenderse. Ir a una tienda y comprar cualquier cosa, no: regala lo que más amas.

Además, he tenido la suerte de que algunos amigos me han escuchado esta teoría y después me han hecho unos regalazos. Por ejemplo, tengo dos capotes de toreo, uno de Antoñete y otro de José Tomás. A ambos les pregunté: “¿Por qué me regaláis estas joyas?”. Y me respondieron lo mismo: “Porque nos duele mucho”. Eso me encanta. Lo otro, lo que compras, lo que te sobra, no vale nada.

 
Antoñete. © PrensaTaurina.com