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La última hora de José Mota

De ‘ninis’, anfetaminas, TDAH y pornografía protestante para televidentes
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Me gustaría no estar escribiendo esto, como tampoco me resultó agradable teclear la carta que me dictó mi padre la mañana en que todo dio un vuelco para mi familia. No recuerdo su contenido exacto, pero no hace falta; fue un grito contenido de impotencia ante lo que estaba sucediendo. Habían llamado a casa con los resultados de la última analítica: la medicación que había estado tomando durante años para controlar su afección acabó por diezmar alarmantemente su médula. Lo que siguió después fue un apresurado viaje a la capital y una hospitalización de urgencia. Aquella mañana fue la última que vi a mi padre.

Quisiera dejar claro que no escribo esto desde la desesperación de aquel día. Ya hace mucho que ocurrió todo aquello y el tiempo dicen que todo lo cura. Pero nunca viene mal una ayuda: hace tres años me expuse a un tipo de medicina no occidental del ámbito preindustrial —preagrícola, a decir verdad— que me hizo procesar las vivencias de esa época corporalmente: una suerte de necesitado exorcismo que me abrió las puertas a un estado mental más sereno.

Ahora estoy en casa de mis tíos. Hago noche aquí porque mañana tengo clase de los estudios de medicina china que estoy cursando cerca de donde ellos viven. Paso el rato de antes de la cena jugando con mi primo de doce años, que gravita incesantemente entre los neuroestímulos de su consola de última generación y su tableta digital. Mi primo tiene diagnosticado un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH).

Habiendo perdido a alguien, como decía antes, debido a los efectos secundarios de una medicación, no puedo evitar estar preocupado por cómo estarán afectándole los compuestos anfetamínicos que le ha recetado el neurólogo. Mi tía dice que estas pastillas van mejor: las de antes le producían tics, dolores de estómago y falta de apetito. Y el niño, demonios, por fin se centra y va aprobando en la escuela. Hay que estar tranquilos: lo ha dicho el neurólogo.

Sé que anfetaminas y cocaína afectan de forma análoga el sistema nervioso, y que a su vez ambas sustancias actúan sobre los centros de recompensa del cerebro —y, por extensión, sobre los procesos de adicción—. En EE. UU. muchos universitarios fingen tener TDAH para que se les prescriba este tipo de fármacos que son, además, algunos de los estimulantes de elección entre las nuevas generaciones de brokers de Wall Street[1].

No siendo un usuario habitual, sí he experimentado en alguna ocasión los efectos de la cocaína: la euforia, los sentimientos de superioridad física, la claridad mental o la sensación de “visión de túnel” que genera la sustancia no me son ajenos. Mientras observo a mi primo jugar al one-shooter en primera persona en su hiperrealista consola, me pregunto sobre las posibles sinergias entre el juego —que emula gráficamente esta “visión de túnel”— en combinación con la huella mental generada por su uso diario del fármaco. Tampoco puedo evitar recordar el relato de un exmilitar al que conocí acerca de sus experiencias tripulando un tanque en el extranjero, con sus compañeros ciegos de coca y escuchando a todo volumen discos de rock’n’roll durante sus incursiones en fuego enemigo. O lo que contaba una amiga sobre su hermano, también militar y cocainómano, recibiéndola desnudo en la puerta de su casa mientras se masturbaba: la versión low cost de las orgías de El lobo de Wall Street.

No creo que mi primo acabe necesariamente así. Pero observándole con las lentes del modelo médico chino encuentro indicios de lo que ellos llaman “calor interno”: se quita constantemente la ropa porque tiene calor, tiene la lengua y las puntas de las orejas rojas, y, además, siente apetencia por los sabores amargos, signo éste de un desequilibrio en la esfera del corazón —se sabe que los medicamentos que tratan el TDAH pueden provocar los mismos episodios cardiovasculares que se dan en los adictos a la cocaína[2] o, en un 10% de los casos, en trastornos bipolares[3]—. Este último detalle, el del apetito por los sabores amargos —mi primo bebe tónica, lo cual me resulta chocante en un niño de doce años— puede parecer irrelevante en un contexto médico occidental; sin embargo, el que recientemente investigadores hayan descubierto receptores del sabor amargo en el mismo corazón[4] podría ratificar una cosmovisión corporal antigua que, desde mi limitada experiencia, he empezado a pensar que puede ser entendida bajo sus propios términos.

Pienso en el corazón de mi primo y se me viene a la cabeza esta escena de El lobo de Wall Street: Matthew McConaughey vestido de ejecutivo en un ático bar enseñándole a Leonardo DiCaprio a mantener el ritmo cardíaco fuerte mientras canturrea golpeándose en el pecho, todo esto tras haber proveído al espectador de información errónea desde el punto de vista fisiológico —no, amigos: la masturbación compulsiva que aquí se presenta como “relajante” tiene más bien efectos diametralmente opuestos a la relajación—.

Mi tía me comenta que estuvieron llevando al chaval a un educador corporal, cuyo tratamiento le estaba yendo bien. Pero, claro, las exigencias del curso académico —en último término, las exigencias de un sistema socioeconómico cuyo centro financiero va puesto de anfetas— hacen que resulte más pragmático el tratamiento farmacológico. Me da por pensar que, con una tasa de paro juvenil del 50%, un paro estructural que se prevé del 20% a cinco años vista[5] y una cada vez más asfixiante automatización de los procesos de producción[6], qué más dará que el niño pierda un año, o incluso dos, si con eso se libra de futuribles efectos secundarios del uso de su medicación. Lo cual me lleva a La hora de José Mota.

Estamos cenando con la TV encendida mientras echan La hora de José Mota. El programa da paso a uno de mis sketches favoritos: el del Fumi de Morata, el nini que vive a cuerpo de rey en casa de sus padres. Por un parte me resulta gracioso el personaje: de algún modo, es un outsider, alguien que observa la sociedad desde fuera y no es partícipe de los valores de independencia ensalzados por la modernidad. Particularmente divertido es el eje vertebrador del sketch, cada vez que se dirige entre erótica y festivamente a la moza de turno y, tras detallarle las prestaciones de las que disfruta viviendo en el seno familiar, remata con el consabido y descacharrante: “Si no te digo que me lo mejores: ¡iguálamelo!”. En un país bombardeado mediáticamente por la pornografía protestante estadounidense —películas X para ellos, comedias románticas para ellas—, el hacer visibles las prosaicas y pedestres dinámicas económicas del emparejamiento puede interpretarse como un aterrizaje tras la resaca del sueño americano.

Me río bastante con el chiste y mi primo me sigue. Mi tía, claro, reacciona, calificando al personaje de “penoso”. Y es comprensible: para ella, independizarse supuso librarse de ciertas normas en su casa que consideraba injustas. Toda la vida se ha quejado de que tanto su hermana —mi madre— como ella fuesen obligadas por mi abuela a realizar las labores del hogar, mientras que a sus tres hermanos varones no se les exigía tal cosa. No creo que se haya librado por completo de las cosas que no le gustaban en su casa —para empezar, siempre insistía en no tener la TV encendida durante las comidas familiares—, pero vamos, ¿quién lo hace? Resulta imposible reconciliarse con todo, y cada vez tengo más sospechas de que si fuésemos capaces de hacerlo no seríamos humanos.

Desde el precariado, todo esto se ve de forma distinta. No negaré que hay mucha payasada entre la juventud actual: tengo un buen repertorio de historias abominables al respecto, tanto ajenas como tristemente propias, que corroborarían esta afirmación. Por otro lado, habiendo vuelto a vivir en casa de mi madre tras años semi-independizado, trabajando cada vez más intermitentemente, uno acaba por ignorar a todos aquellos que califican de infantil la decisión de volver.

Dejando esto de lado, no creo que el retrato del Fumi como ser esencialmente evadido de la realidad sea justo con muchos jóvenes que, a base de tiempo libre e internet, se están replanteando las bases de nuestra cultura, con todo el trabajo que eso implica. A la vez, al convivir con nuestros mayores, los vemos envejecer. Vemos cómo van apareciendo en ellos más achaques —más teclas, que decía mi abuela— y somos testigos de ello a diario, como en un programa de telerrealidad emitido las 24 horas del día. Los vemos envejecer, y uno acaba por pensar que los signos de agotamiento que detectamos en sus vidas son a la vez espejo y reflejo del agotamiento de nuestro sistema socioeconómico.

Hace tiempo que dejé de comer alimentos procesados y refinados. Cada vez que un compromiso social me obliga a ello amanezco al día siguiente entre estertores. Ríanse ustedes de la pirámide esa de los Illuminati con el ojo-que-todo-lo-ve en su ápice: la sacrosanta pirámide alimenticia recomendada por los organismos de salud pública es la verdadera conspiración. Todo esto viene a cuento de que los viernes se cena pizza en casa de mis tíos y de que al final, por no querer ir de especialito, uno desiste de su extravagante menú habitual.

Nos acompaña esta noche la madre de mi tío/abuela de mi primo. La mujer está mayor y el deterioro es palpable. No quiero ni pensar en cómo afectará toda esa bomba de aditivos de la pizza —cuyas proporciones han sido cuidadosamente estudiadas en un laboratorio para maximizar los centros de recompensa del consumidor— a los riñones de la señora. Tampoco quiero pensar en cómo sus fracturados huesos estarán perdiendo una nada considerable cantidad de minerales para poder metabolizar el impacto. No quiero pensarlo, digo, por no ser de esos que, inmersos en una preocupación continua, acaban por perderse la vida. Igual todo esto es cosa mía: no fui muy popular en el instituto y he pasado la juventud bastante solo. ¡De algo hay que morir, hombre! Y en esas estoy cuando La hora de José Mota da paso al sketch que me ha impulsado a escribir todo esto.

En él, dos ancianos en la sala de espera del médico rivalizan por ver quién está en peor estado de salud. Esta trifulca dialéctica va ganando en intensidad hasta que el tema de la competición pasa a ser quien morirá primero. En eso, el médico hace pasar a la consulta al anciano interpretado por Mota para comunicarle, acto seguido, que le queda un día de vida. El anciano Mota sale extasiado de la consulta: va a poder superar al fin a su contrario, pero con lo que se encuentra es con la resolución del gag: el otro anciano acaba de morir en la sala de espera. Siguen risas enlatadas que se transforman en un descojone generalizado en el comedor de mis tíos —septuagenaria en silla de ruedas incluida—. De repente me asalta una imagen: me la imagino conectada a una máquina de soporte vital en paliativos, completamente sedada por un cóctel de opiáceos, mientras unos electrodos acoplados a su cráneo transmiten directamente a su córtex visual todos los episodios de La hora de José Mota en bucle. Vuelvo a la mesa y pienso que, de alguna manera, todo esto ya está sucediendo mientras acabamos de cenar.

Y ahí estoy, completamente incapaz de reír, repitiendo pizza —ya que nos ponemos, venga, ración doble, un día es un día, de algo hay que morir y la de cuatro quesos está, valga la redundancia, que te mueres—. Me he convertido en el payaso triste de la reunión.

Me abstendré de calificar la situación en busca de un golpe de efecto dramático para finalizar este artículo. De hecho, llevo rato haciéndolo: podría haber dicho que los agitados ancianos parecían puestos de algún estimulante —¿sabían que hay gente que recurre a la Viagra para corregir la disfunción eréctil provocada por las anfetaminas?[7]— o que sólo les faltaba haber sacado el gayato y resolver el pique al estilo del Tío La Vara, otro de los personajes populares de Mota. Pero quizás hubiese sido ya rizar el rizo, estirar demasiado los símiles. A estas alturas, en mi condición actual más cercana a la del Fumi, la opción más lógica sería volverme a casa, pedirle el coche prestado a mi madre, cogerme una cogorza para olvidarme de todo y levantarme mañana a las cinco de la tarde, a plato puesto, comer y, acto seguido, echarme una siesta (gorda). ¿Que hay que ir al banco? Va mi madre. ¿Que hay que pagar una multa? La paga lo que me queda de la pensión de orfandad que recibí de mi padre.

Pero no, mañana me levantaré con la boca seca, pastosa y amarga —por la pizza, no por el mal trago: no soy tan sentido— y me iré a clase a ver si recupero lo que queda de curso. El año pasado empecé muy bien, pero éste he estado un poco de bajón y me está costando remontar. Supongo que, llegada cierta edad, la vida del nini deja de ser tan graciosa. No tengo nada contra José Mota: no lo conozco personalmente. Pero no puedo evitar pensar en cómo será su última hora. O la mía, ya puestos. ¿Vendrá El Tío La Vara a solucionarme la papeleta? Miren, yo creo que no; pero vamos, ya les digo: igual todo esto es sólo cosa mía.


[1] Adderall not cocaine: inside the lives of the young wolves of Wall Street.
[2] Melody Petersen en Our Daily Meds: How the Pharmaceutical Companies Transformed Themselves into Slick Marketing Machines and Hooked the Nation on Prescription Drugs, citada por Peter C. Gøtzsche en Medicamentos que matan y crimen organizado (Los Libros del Lince, 2014).
[3] Robert Whitaker en Anatomy of an Epidemic: Magic Bullets, Psychiatric Drugs, and the Astonishing Rise of Mental Illness in America, citado también por Peter C. Gøtzsche.
[4] Researchers find bitter taste receptors on human hearts.
[5] El FMI calcula que el paro no bajará del 20% hasta dentro de un quinquenio.
[6] 47% of US jobs under threat from computerization according to Oxford study.
[7] Viagra: How does it work?