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La habitación número 9

El lugar donde William S. Burroughs vomitó ‘El almuerzo desnudo’
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«Para un musulmán de espíritu tradicional el propio concepto de democracia carece de significado. Es imposible explicárselo, no te escucha. Si una idea no está explícitamente formulada en el Corán, es errónea; procede directamente de Satán, o se ha filtrado a través de los judíos, y no merece la pena seguir discutiéndola.»

Son palabras de William S. Burroughs, autor de la novela El almuerzo desnudo, escrita en 1953 en una habitación de un pequeño hostal de Tánger, llamado El-Muniria.

He decidido hacer un viaje en solitario a ese lugar con su libro bajo el brazo y tratar de entender, más de medio siglo después, qué clase de alimaña palpitaba en el cerebro de este antipático escritor, homicida, drogadicto y homosexual que le dio la vuelta a la tortilla y cambió para siempre las reglas de la literatura.

Hago la reserva por teléfono una semana antes, en francés. Es un hotel que no tiene ninguna estrella, ni aparece en Trivago, ni en Booking, ni tiene página web, ni dirección de correo electrónico, ni puede hallarse en internet, más allá de la referencia de ser el lugar en el que William Seward Burroughs, a quien a menudo nos referiremos como Bill en este artículo, escribió su escandalosa novela. Ésa es la razón de mi viaje. Quiero encerrarme en el mismo lugar a leer y escudriñar su texto alucinado, a ser posible envuelto en los vapores de la ebriedad, lo que no resultará fácil en el Tánger de hoy en día, como se verá más adelante.

Mi objetivo es llegar a la habitación número 9, donde se escribió El almuerzo desnudo. Pero hay un problema. Esa habitación no se alquila, allí vive ahora el matrimonio que regenta El-Muniria, y son musulmanes.

Mucho se ha dicho acerca de la Generación Beatnik, encabezada por Jack Kerouac, Allen Ginsberg y el propio Burroughs, desde todos los puntos de vista posibles. Y parece que el interés por estos tipos se reactiva cada cierto tiempo, cuando una nueva horda de jóvenes los descubre y cae rendida ante sus indudables y esquinados encantos.

Mi primer contacto con este dudoso caballero de las letras y del caballo fue por casualidad, como todas las cosas buenas de la vida. Cayó en mis manos un libro con una portada que captó mi atención. Aparecía un hombre viejo, con las facciones consumidas, alto, tocado con un sombrero, vistiendo una suntuosa corbata amarilla y negra aferrado a una escopeta de caza. El título era Mi educación (Península). Me cautivó la diacronía entre la imagen y el título, y además era de tapa dura.

Devoré sus páginas, y resultó ser un libro de sueños. En sus páginas el tal Burroughs, de quien yo no tenía noticia hasta entonces, más allá de su famosa sentencia “El lenguaje es un virus que vino del espacio”, se dedicaba a perseguir algún lugar donde encontrar un buen desayuno, aunque entre medias hablaba de criaturas sin ojos que le visitaban en el camarote de un transatlántico.

Cuanto más se indaga en la biografía y andanzas de Burroughs más se aleja la posibilidad de empatizar con él. De todos es conocido el episodio casi increíble en el que voló la cabeza a su mujer, Joan Vollmer, mientras jugaba a emular a Guillermo Tell, y ambos nadaban en ginebra y probablemente iban puestos de peyote (Banisteria caapi) hasta las cejas. En aquella funesta ocasión, en vez de una ballesta, Bill empuñaba un rifle.

Sucedió un 6 de septiembre de 1951, en el número 122 de la calle Monterrey, en México D. F. La bala tenía un calibre 38, y la herida no presentaba orificio de salida.

Sólo el dinero y las influencias de su padre, un millonario inventor de una máquina de calcular (la Burroughs, pueden buscarla en la red), le libraron de la fácilmente sobornable justicia mexicana, pues hay cosas que no han cambiado, y se marchó de rositas tras pasar un par de semanas en el calabozo. Según declararía él mismo más tarde, ese acontecimiento le convirtió en escritor y ahora sabemos que también fue lo que le impulsó a viajar al norte de África.

De hecho, el primer capítulo de El almuerzo desnudo termina con esta frase: «Un año después, en Tánger, me enteré de que Jane había muerto».

¿Se enteró o lo asimiló? Porque la mató él. Y no es una errata, su mujer se llamaba Joan, pero luego se referiría a ella como Jane, curiosamente el nombre de la esposa de Paul Bowles.

Su padre, siempre en la sombra, le financiaría holgadamente sus viajes, probablemente para tener lejos a un vástago que ya declaraba abiertamente su gusto por todo tipo de drogas y por todo tipo de chicos. En la década de los 50 del siglo pasado, eso en Estados Unidos era un cóctel explosivo, y sólo unos pocos privilegiados de la élite blanca podían permitírselo. El epicentro era San Francisco, ciudad que más bien actuó como fuerza centrífuga, pues todos exploraron con mayor o menor acierto la espiritualidad oriental (India, Marruecos…) que luego incorporaron a sus obras con desigual fortuna.

Cuando algunos años después Allen Ginsberg hizo su mítica lectura del poema Howl (Aullido) en la galería Six de San Francisco, todo cambió. Ginsberg y Bill eran amigos desde la juventud, y su relación ambigua pero cargada de amor perduraría hasta su muerte, pues los dos fallecieron en 1997. Primero Ginsberg, en abril, y luego Burroughs, en agosto.

Pero antes de eso, el exotismo y la libertad de Tánger atraparon a Bill, como también lo hicieron con escritores como Tennessee Williams, André Gide, Truman Capote o Jean Genet. ¿La razón? El matrimonio formado por Paul Bowles y su mujer Jane, establecidos en Interzona desde 1947.

MI LLEGADA A INTERZONA

La conducción, al igual que en otros lugares africanos, se rige por las ráfagas binarias de los cláxones y los aspavientos de los taxistas que, más allá de sus iracundas invectivas hacia otros taxistas, son poco habladores. Nadie usa cinturón de seguridad, no existe el aire acondicionado ni el GPS, y uno se siente zarandeado por los vaivenes del motor como si reviviera los tiempos de los coches de choque en unas fiestas patronales de una infancia casi olvidada.

Como los taxis que parten del aeropuerto no funcionan con taxímetro sino con tarifa acordada, el hecho de que haya mucho tráfico y terminemos atorados en las callejuelas de la Medina provoca que me vea obligado a apearme del vehículo. «Es dirección prohibida. Siga por allí a pie, en cinco minutos encontrará la calle Magellan, donde está El-Muniria.»

Mentira, por supuesto, pero me armo de paciencia, arrastro mi maleta bajo un sol abrasador envuelto en un enjambre de vendedores ambulantes de todo tipo de cosas y animales, y no tarda en aparecer junto a mí un hombre enjuto de piel muy oscura y rasgos árabes, surcados por arrugas que me hacen pensar en alguien que hubiera arrojado una piedra contra un cristal y las grietas se hubieran extendido de manera anárquica por su rostro.

Le indico el nombre de El-Muniria, parece repasar mentalmente un mapa tan viejo y cuarteado como su cara y encontrar el lugar en su memoria.

Me habla en inglés, presume de haber vivido en Londres, y me conduce por un dédalo de callejuelas solitarias de menos de un metro de ancho, flanqueadas por casitas y con el suelo tapizado de excrementos humanos. Lo sé porque no hay un solo perro en Tánger, por motivos religiosos.

Abdulah, que así se llama mi inopinado guía, vuelve a doblar la esquina, y aparece otro callejón, cada vez más estrecho. Y más solitario.

Percibe mi vacilación y finge ofenderse.

—¡Todo el mundo conoce aquí a Abdulah! —me asegura.

—Es posible, pero yo no.

Al final llegamos a una calleja empinada y sin asfaltar, interrumpida por una escalinata y con una fuerte pendiente. Es la calle Magellan. Magallanes para nosotros.

—Éste es el hotel —señala— pero no sé si todavía funciona.

Me pide veinte euros por haberle guiado, le doy cinco.

Sonríe de lado, como si de pronto su rostro sólo tuviera dos dimensiones. Por uno de los orificios de sus dientes ausentes escapa una dosis de veneno que no me alcanza, pero su mirada es inequívoca y amenazante, cuando toma mi billete de cinco y se despide con un enigmático:

—Tenga cuidado, amigo —en perfecto español.

Si bien su sonrisa desdentada no augura nada bueno, me concentro en mi objetivo y subo penosamente la cuesta sin asfaltar que lleva a la entrada de El-Muniria. El calor del sol es inclemente y sudo hasta por los ojos. Y estamos a finales de octubre.

La puerta negra de hierro colado está cerrada. Llamo repetidas veces mientras me temo lo peor, pero al cabo de unos minutos una mujer de mediana edad y sonrisa franca abre la puerta.

—Buenas tardes, hice una reserva por teléfono hace unos días…

—¿Es usted el escritor español?

—Oui.

EL-MUNIRIA

La mujer que me abre la puerta se llama Rabia, pero nada más lejos de su actitud ni de su carácter. Amablemente, mientras relleno un impreso de registro y le entrego mi pasaporte, me explica a petición mía la relación del hotel con Burroughs.

—Madame Rabia, ¿sería posible que me alojara en la misma habitación en la que estuvo el señor Burroughs escribiendo El almuerzo desnudo?

—Me temo que no —me dice casi en un susurro, altamente perturbador—. Ésa es la habitación en la que duermo con mi marido.

Resulta que su esposo Abdou Jyou y ella misma, Rabia Hamdane, regentan el hotel El-Muniria en la actualidad. Ella nunca conoció a Burroughs, pero su marido sí. Sin embargo no quiere hablar de ello, y no es de extrañar; sólo imaginarme el conflicto moral de un musulmán practicante que habita el lugar donde se escribieron y perpetraron tantas deliciosas inmoralidades me hace sentir una automática simpatía por esta mujer.

—Le acompaño.

Subimos unas escaleras estrechas, y un retrato en blanco y negro de Bill me saluda desde la pared, ella lo señala y sonríe. Después llegamos a mi destino.

—Ésta es su habitación. La número 7.

Cuando franqueo el umbral de la puerta sencillamente no me creo mi suerte. Las vistas son espectaculares. La terraza, a la que sólo yo parezco tener acceso (aunque esto se revelará falso más adelante a raíz de un embarazoso incidente) tendrá unos 200 metros cuadrados. Puede que más.

La habitación es amplia, pulcra y reluciente. Una ventana muy generosa se abre hacia esa terraza de dimensiones épicas rematada por una suerte de almenas. Aunque no hay wifi, ni televisión, ni teléfono, ni toallas, ni jabón, el conjunto me resulta encantador. Pero tengo sed.

BUSCANDO CERVEZA EN TÁNGER

En cierta ocasión un amigo me espetó: “Tu inteligencia es más grande que tu instinto”. Venía a decir que cuando caemos en una adicción química, los mecanismos intelectuales que sustentan ese comportamiento se disparan y urden andamiajes con ideas entrelazadas que sustentan la propia adicción.

Superé esa adicción hace muchos años, en la terminal T4 del aeropuerto de Barajas, al deshacerme de toda la cocaína que llevaba tirándola al inodoro de los aseos, antes de emprender un viaje transoceánico que me cambiaría la vida. Pero la experiencia de haber sido adicto me ha ayudado a comprender mucho mejor el universo tóxico de Burroughs. Con toda la distancia y diferencia entre ambas situaciones, beber cerveza en Tánger no es fácil. Recientemente han retirado las bebidas alcohólicas de muchos supermercados, y la idea de tomarse una caña en una terraza es simplemente ciencia ficción.

Hileras interminables de hombres, sólo hombres, sentados en terrazas alineadas con la fachada de los cafés liban como polillas sus tés con menta, siempre acompañados de un vaso de agua. Ni una mujer, y por supuesto, ni una bebida que no sea té o café.

La cultura occidental moderna ha sido edificada sobre la ebriedad, el alcohol, las sustancias enteógenas…, que a su vez hunden sus raíces en los ritos ancestrales de culturas mucho más antiguas y sabias. Cualquier civilización que pretenda renegar de algo tan atávico como la alteración de la conciencia mediante la ingesta de moléculas psicoactivas está traicionando sus orígenes. Pero ese debate excede el humilde perímetro de esta crónica, así que volvamos a mi sed.

¿Qué hacer? Los hoteles de lujo tienen bares, y en esos bares sirven cervezas, a precio casi europeo, aunque un poco más barato. Es sólo una solución parcial, porque yo lo que quiero es beber en mi habitación.

Localizo un Alcampo que no se llama Alcampo, pero que comparte tipografía y look & feel con la multinacional francesa. Podríamos traducir su grafía árabe como Acima. Allí hago mi compra: una toalla, jabón, agua embotellada… ¿y la cerveza? Una especie de cava custodiada por un policía contiene todo el alcohol que alguien pueda soñar. Tomo un six-pack de Heineken de una nevera y me dirijo con el resto de la compra a las cajas ordinarias, y espero la cola tras varias mujeres con velo. Cuando llega mi turno y deposito el contenido de mi bolsa: toalla, jabón, agua y las seis cervezas en la cinta, salta una alarma tácita entre el personal. El policía se aproxima a mí, la cajera se disculpa ante las señoras que esperan en la cola, y ambos me conducen de nuevo a la cava.

Allí me explican que no es posible vender alcohol en las cajas ordinarias. Activan la caja de ese recinto, pago bastante dinero por las Heineken, y me invitan a salir por una puerta lateral que da a un corredor subterráneo, custodiado por el policía, tras envolver las Heineken en siete bolsas encerradas bajo siete candados. Siento un leve aleteo de complicidad con Burroughs y lo imagino pillando caballo en las inmediaciones de El-Muniria, y ocultándolo en la chaqueta.

Pero yo tengo más mérito: seis cervezas abultan mucho más que unos gramos de heroína.

Al llegar a mi habitación me doy cuenta de que tengo un problema adicional. La cerveza se va a calentar si no me la bebo pronto, así que, sin wifi, sin televisión y sin teléfono, decido acomodarme en el alféizar de la ventana, observando cómo la noche se apodera de la bahía de Algeciras.

Tomo mi cuaderno y mis bolígrafos, y dejo que los buques mercantes, los cruceros y otros barcos gigantescos muy lejanos rueden ante mis ojos mientras escribo estas líneas, y la cerveza todavía fría fluye por mi garganta. Me siento feliz.

Descubro más tarde que la terraza es accesible para todos los huéspedes del modesto hotel, y que sirve además de tendedero comunitario.

Yo lo ignoro al entregarme a mis placeres onanistas con las persianas subidas, cuando una joven tocada con velo encargada de adecentar el suelo de la terraza se da entonces de bruces con la imagen de un melenudo cascándosela mirando al mar, con unas braguitas rosas en la nariz.

¿UNAS BRAGUITAS ROSAS?

Pues sí. En mi magro equipaje he incluido unas braguitas rosas con pompones negros que mi mejor amiga, a petición mía, me ha prestado para el viaje tras ponérselas varios días. Su perfume irresistible es mi pasaporte hacia el placer. Ya que no tengo wifi en la habitación, ni pasatiempo alguno, alterno la relectura casi obsesiva de El almuerzo desnudo con la degustación fetichista y aromática de esta prenda, mientras alivio tensiones y veo, allá a lo lejos, titilar las luces de mi país.

En ese momento soy consciente de que no tengo ni idea de lo que es el Islam. Ni del problema de la emigración. Ni de nada. Me voy a la cama, pero me despiertan pronto.

A las 5:55 am para ser exactos, y lo hace el muecín con su llamada a la oración o Al-Adhan. Su canto comienza con un reiterado Allahu Akbar (Alá es el más grande) con diversas variaciones que no sé descifrar, pues no conozco el bello idioma árabe. A pesar de los tiempos convulsos que nos ha tocado vivir, y de las connotaciones de ese Allahu Akbar, su sonoridad me sigue pareciendo fascinante. La voz, algo cascada, llega a mis oídos porque hay un minarete de una mezquita a escasos metros de El-Muniria. Y en el minarete no hay un tipo forzando la voz para ser escuchado al alba, sino unos tremendos altavoces que me sobresaltan primero, y luego cuando enmudecen, la verdad es que actúan sobre mí como un somnífero, y duermo como un niño hasta casi las nueve de la mañana.

Cuando Burroughs se alojaba en el piso de abajo, una voz semejante llegaría a sus oídos, pero sin el intermediario electrónico de la amplificación. A pulmón limpio. En Occidente escuchamos campanas, en el mundo islámico escuchan gargantas masculinas.

BILL MURIÓ DEMASIADO VIEJO

Así lo consideran todos quienes lo conocieron. Un politoxicómano irredento que tenía la casa llena de armas cargadas, según sus palabras porque “así nunca tendría la duda de si había que ponerles o no munición”, y que se inyectaba heroína con regularidad y seguía probando nuevas sustancias, nunca debería haber alcanzado la respetable edad de 83 años, como cualquier honorable patriarca abonado a la dieta mediterránea y la vida contemplativa.

Quien ha vivido en Nueva York sabe que 212 es el prefijo telefónico de los habitantes de Manhattan. Quien tiene un 718 u otro prefijo está revelando a su pesar que no vive en la Gran Manzana, sino en Bronx, Queens, Brooklyn o Staten Island. Así, el 212 se convierte en una seña de identidad y orgullo, lo que dio la idea a Donna Karan para lanzar su famosa línea de perfumes llamada precisamente 212. La campaña tenía los bellos rostros de Esther Cañadas y Mark Vanderloo, que en su momento tapizaron fachadas enteras de Times Square.

Pues bien, el prefijo telefónico de Marruecos es ése: 212. Y la coincidencia no ha pasado desapercibida para los marroquíes, pues es el perfume, falsificado o no, que reina en cada escaparate.

Andy Warhol tenía la Factory en Union Square, aunque hoy no pueda verse ni una placa que lo acredite. Y unas diez manzanas más al sur, en Bowery, Burroughs levantó su llamado Búnker. Allí iban a pincharse todos los yonquis con pretensiones artísticas, en una especie de peregrinaje de respeto. Como Bill era mucho más viejo que todos ellos, siempre le ofrecían la jeringuilla nueva a él primero, y luego se ponían ellos. Por eso Burroughs no murió de sida, y casi todos los demás acabaron bajo las garras de la pandemia. Burroughs siempre sostuvo que el VIH era un virus creado en un laboratorio norteamericano para acabar con gente como a él le gustaba definirse: yonqui y marica. Que son precisamente los títulos de dos de sus mejores novelas.

FELACIÓN EN EL BOULEVARD PASTEUR

El Boulevard Pasteur, una de las arterias principales de Tánger, muy próxima a El-Muniria, aunque resulte casi imposible ir en coche de un lugar a otro, está flanqueado por hombres armados y uniformados cada aproximadamente quince metros, a veces menos. Mi ignorancia respecto a su jerarquía militar o policial me hace simplemente pensar que hay un señor de azul y otro de caqui, alternos, armados y atentos. Su presencia es disuasoria para cometer cualquier delito, ya sea el hurto de un móvil o una cartera, o volar por los aires con un cinturón de explosivos el cercano y suntuoso consulado de Francia.

Paseo por sus amplias aceras y me cruzo con numerosas mujeres que van cogidas del brazo, de dos en dos. Normalmente una va con el cabello descubierto y aire occidental, y la otra cubierta con un niqāb negro que sólo deja asomar sus ojos y su nariz.

La que viste de occidental ni repara en mí, pero la que sólo puede utilizar su mirada para relacionarse con el exterior me observa con una intensidad y pasión para mí desconocidas. Es como si me practicara una felación con sus ojos. Naturalmente alejo este pensamiento de mi cabeza, pero no puedo evitar un hervor de insectos en mi entrepierna. Si doy un paso en falso atraído por la promesa de su mirada ardiente, imagino a sus cuñados y hermanos persiguiéndome con cuchillos cachicuernos por los suburbios de la ciudad, así que lo mejor es retirarme al hotel.

Los ojos constituyen el único espacio de su cuerpo que queda al descubierto para comunicarse con el exterior. Aunque a Bill esto le hubiera dado igual, pues él sólo gustaba de chavales, pero creo que puedo hacer una extrapolación razonable.

Encendido por esta experiencia aparentemente liviana doy rienda suelta a mis fantasías tendido en la cama de mi habitación número 7 con la persiana subida, inhalando el aroma secreto de las braguitas de mi amiga, como si fuera éter; y pensando que estoy a salvo de todas las miradas. Pero no es así, y es entonces cuando soy sorprendido por una empleada del hotel, como he referido antes.

LOS BEATNIKS

En los bajos de El-Muniria hay un establecimiento que abre cada noche a las once y cierra de madrugada, y cuya fama bebe de quien se alojó en el hotel en 1953. Se llama Tanger Inn y es un local de copas y música electrónica, frecuentado casi exclusivamente por occidentales muy bien informados. Pocas mujeres, ambiente gay, y una preciosa decoración a base de fotografías y textos originales de puño y letra de nuestros tres mosqueteros (Allen, Kerouac, Burroughs) tapizando las paredes. A la entrada se exhibe un enorme mural con sus tres rostros en blanco y negro.

Las cartas de la ayahuasca, editada por Anagrama con la autoría compartida de Burroughs y Ginsberg, es un volumen que recoge cierta correspondencia entre Bill y su querido Allen.

En todo el libro, de algo más de 100 páginas, sólo hay un par de cartas de Allen, fechadas en 1960 en Pucallpa, Perú; por lo que la coautoría se antoja un poco exagerada.

¿Follaron alguna vez? No lo sabemos. Los dos eran maricas, pero uno estaba en el armario y otro era el armario.

En 1960, desde Londres, escribe a Allen y menciona a Brion Gysin, pintor inglés a quien conoció en Tánger, y que fue quien le sugirió utilizar la técnica del collage a la literatura, y por ello El almuerzo desnudo se completó de esta manera.

«Recorta y reordena siguiendo cualquier combinación. Lee en voz alta, y oirás mi VOZ. No lo pienses, no teorices, pruébalo. Haz lo mismo con tus poemas. […] Y recuerda siempre: Nada es verdad. Todo está permitido. Últimas palabras de Hasan-i Sabbah, el Viejo de la Montaña.»

Con esta cita comienza David Cronenberg su película El almuerzo desnudo (1991), interpretada por un crepuscular Peter Weller y un siempre magnífico Ian Holm (Alien, El quinto elemento, eXistenZ). La crítica vapuleó la cinta que, en realidad, no es una transcripción, totalmente imposible de sus páginas a la pantalla, sino un crisol de situaciones que relacionan la inspiración del escritor con el colorismo agresivo de Tánger, todo ello aderezado con alucinaciones químicas y orgánicas.

La fascinación de Cronenberg por Burroughs arranca de su relación con Debbie Harry (Blondie), protagonista de Videodrome (1983), película totalmente deudora de la atmósfera tóxica y alucinada de El almuerzo desnudo. Blondie, Laurie Anderson, Lou Reed, David Bowie, Bono, Mick Jagger… Todos respetaron y sintieron la influencia de Burroughs en sus vidas y en sus obras, y se fotografiaron junto a él. Blade Runner es una expresión acuñada por Bill. Y también Soft Machine. Y muchas otras. Su influencia en tantos y tantos artistas se extiende como una alfombra sobre la cultura pop, la post industrial, el cyberpunk, la música tecno… No se puede subestimar a un tipo así, aunque no goce de nuestro aprecio personal.

En una exquisita y reducidísima tirada, Muchnik Editores publicó un raro librito de Burroughs titulado El fantasma accidental, una suerte de novela de aventuras ambientada en Madagascar con los lémures como protagonistas de fondo y las amenazas de una pandemia que acaba con el género humano, obsesión recurrente de Bill. Allí, y en forma de nota a pie de página, podemos leer «La enfermedad de Pensar se caracteriza por el aislamiento del córtex cerebral de cualquier motivación». Lo escribió en 1990, siete años antes de su muerte.

Por cierto, un crítico otorgó más mérito a Ginsberg y a Kerouac que a Burroughs, pues ellos reordenaron las páginas que estaban en el suelo de la habitación número 9. «Esto es escritura automática. Me siento mientras estoy colocado durante seis horas, mecanografiando a máxima velocidad», escribiría al respecto Bill.

En 1989 Burroughs apareció en la película Drugstore cowboy (Gus van Sant), y tiene un breve monólogo memorable que pueden localizar escribiendo en Youtube el nombre del filme y la palabra prediction. Porque eso es lo que hace, una predicción acerca del uso y futuro de las drogas, ante un Matt Dillon eclipsado por la personalidad del viejo pero siempre imponente beatnik.

Juan Goytisolo, quien a la sazón vivió en Tánger en los años 60 antes de establecerse en Marrakech, nos dice: «La relectura de El almuerzo desnudo al cabo de treinta años no me ha defraudado. La abrupta violencia del lenguaje y fragmentación del texto que el lector debe recomponer como un rompecabezas alucinado y onírico conserva intactos su estímulo y fuerza subversiva». También apostilla que El-Muniria era conocido entre Ginsberg y Orlovsky (otro beatnik de segunda fila pero muy cercano al núcleo duro) como Villa Delirium, por todas las sustancias que entraban en esa mítica habitación y terminaban en el organismo de Bill y de sus amigos.

PAUL BOWLES ESTÁ SOBREVALORADO

La Legación Americana es un lugar prácticamente imposible de encontrar, incluso si uno camina con un plano en una mano y la brújula en otra. Pero hay que dejarse llevar, o cualquier improvisado guía nos sustraerá un billete innecesariamente, por el placer de entrar en la Medina desde la plaza del Zoco Chico, donde se yergue la depauperada Cinemateca (el único cine de todo Tánger), y después caminar siempre hacia la derecha, hasta que desaparecen las tiendas de especias. Llegaremos a un lugar custodiado por sendas banderas, la de Marruecos y la de Estados Unidos. Es un museo, pero también es un espacio necesario para entender qué demonios era Interzona. Existen un par de salas dedicadas exclusivamente a Paul Bowles. Ni rastro de Ginsberg, ni de Kerouac, ni por supuesto de Burroughs.

Interrogo a uno de los responsables del museo, un funcionario norteamericano —ya que este espacio goza de la misma protección que una embajada— que parece sentirse un poco culpable y concernido cuando le señalo la ausencia de materiales gráficos que acrediten el paso por Tánger de los beatniks. Parece realmente azorado, y finalmente admite que la razón no es sólo que Paul Bowles residiera más de 50 años en la ciudad. Él atrajo a una pléyade de artistas con reputaciones dudosas o directamente reprobables, no sólo para la época, sino incluso para nuestros días. No es lo mismo escribir El cielo protector que escribir Yonki o El almuerzo desnudo. La moral americana pesaba, y sigue pesando.

La obra de Bowles es políticamente neutra, y hay que decir que sólo unos pocos iniciados conocían sus bellos cuentos orientales hasta que Bernardo Bertolucci decidió rodar El cielo protector (1990). Eso catapultó a la fama a un escritor lúcido, agradable y ya octogenario, pero en ningún caso decisivo como lo fueron los beatniks. Su vida era licenciosa (bisexual, como su mujer, entregado a los placeres del opio en todas sus formas, y abierto a relaciones carnales de todo tipo), pero su obra es ortodoxa y hermosa a la vez, y contaba con el beneplácito de Estados Unidos, lo que no es poco.

TAMPOCO HAY ALCOHOL EN EL HOTEL CONTINENTAL

Parte del metraje de El cielo protector se rodó en este precioso establecimiento, y es allí donde me dirijo esperando hallar briznas que me transporten al siglo pasado. Y una cerveza bien fría.

Al ser un hotel de lujo doy por hecho que podré saborearla, pero cuando se la pido al camarero me mira como se mira a un adicto, abre mucho los ojos y dice: “¡Nada de alcohol!”. Entonces yo abro más los ojos, y pido un café noir doble y la clave del wifi, que en todo Tánger resulta ser casi por unanimidad 1020304050. Tomen nota.

La razón de estas restricciones, me explica un británico que está sentado en la terraza bebiendo un té, es que este hotel, donde Burroughs y Kerouac pasaron tan buenos ratos emborrachándose o fumando kif, está en el recinto casi reverencial de la Medina, muy cerca de la Kashba, y eso es hoy día una frontera religiosa que nadie se atreve a contravenir.

Recorro el bellísimo interior del edificio, y no me extraña que haya servido de localización para tantas películas, la más reciente Spectre. En la última entrega de James Bond (Sam Mendes, 2015) tiene lugar una secuencia en un hotel de Tánger llamado L’Americaine, que no es otro en realidad que el Hotel Continental, cuyas paredes hoy día están decoradas con interesantes grabados (a la venta) con el rostro de Burroughs, de Kerouac, de Bowles y de Ginsberg. Respecto a la película de Bond, yo les preguntaría a Daniel Craig y Léa Seydoux de dónde sacan el vino y el vodka. Yo debo conformarme con mi delicioso y espeso café negro, entretenido con el vaivén indescifrable de los barcos que atracan allá abajo en el puerto. Tomo algunas fotografías de las braguitas rosas de mi amiga con el café y el mar al fondo, y se las envío por WhatsApp aprovechando la conexión wifi del hotel. Ella me contesta en pocos segundos; le encantan las imágenes y me ofrece más braguitas para disfrutar de su aroma en futuros viajes.

EL SILENCIO DE RABIA

Me atrevo a preguntar a madame Rabia si me podría franquear el paso a su dormitorio matrimonial e incluso tomar algunas fotografías. Tras evaluarme durante unos segundos, sonríe y asiente.

—A partir de las seis. Mi marido ya se habrá marchado.

Me siento como si pretendiera convertirme en su amante y tirármela en su lecho matrimonial. La idea me repele y me excita a la vez.

El caso es que esa habitación, la número 9, es el lugar donde nuestro amigo Bill escribió El almuerzo desnudo. Allí se atiborró de drogas como demerol, palfium, eucodal, dolofina y toda clase de opiáceos, incluyendo heroína; se folló a un buen número de jovencitos de las inmediaciones, a quienes compraba por unos pocos billetes, y se encadenó a su vieja máquina de escribir Olympia para escupir a través de sus dedos frenéticos cientos de páginas que luego dejaba caer al suelo según salían del rodillo.

Si las paredes de ese cuarto hablaran, este matrimonio piadoso y musulmán no sé si podría mirarse a la cara.

La pregunta es inevitable:

—Madame Rabia…, ¿han leído usted o su marido el libro que escribió aquí el señor Burroughs en 1953, El almuerzo desnudo?

Guarda un silencio incómodo, baja la mirada, y me responde casi en un susurro:

—Prefiero no contestar.

Lo entiendo. El Islam es una religión que restringe de manera innegociable casi todos los placeres de Occidente. Alcohol, drogas, sexo fuera del entorno marital en todas sus formas, incluyendo por supuesto el homosexual. Su marido, el señor Abdou Jyou, conoció a Burroughs, que estuvo en El-Muniria en 1953. Los cálculos son fáciles, hablamos de un hombre septuagenario que cuando se cruzó con el autor de Marica tendría unos diez años. Puede que quince. No puedo evitar pensamientos muy esquinados acerca de este encuentro entre ambos, y preguntarme si en esa misma habitación número 9 sucedieron cosas inconfesables que todavía flotan entre sus paredes.

LA HABITACIÓN NÚMERO 9

Llega el gran momento.

—Mi marido ya no está, puede usted seguirme.

Mi corazón late de manera desordenada, mientras preparo la cámara del móvil para hacer fotos. Recorremos un largo pasillo que discurre entre la diminuta recepción del hotel y la habitación número 9, y llegamos a la misma. Me detengo ante la puerta.

—Hemos cambiado casi todos los muebles —me explica—, pero el lavabo es el original, y el suelo… y otras cosas.

Penetro en la estancia con la misma reverencia de Howard Carter en la tumba de Tutankamón. Veo un dormitorio de matrimonio amplio, de colores oscuros, muebles viejos, el típico lavabo en la pared de las casas marroquíes, y una ventana. De esa ventana y de sus vistas habla mucho Burroughs en su almuerzo desnudo. Me asomo, pero sólo se ve un patio miserable y un edificio moderno impidiendo cualquier vista.

Mi habitación disfruta de mucho mejores perspectivas, por estar dos pisos más arriba. Ella me explica que en 1953 no existía ningún edificio que impidiera a Burroughs disfrutar del color azul del Atlántico desde esa mítica habitación número 9. Sólo el minarete de la mezquita.

Miro la colcha y me imagino a ese matrimonio musulmán follando entre las mismas cuatro paredes que Burroughs lo hizo con tantos chicos mientras escribía las páginas delirantes que darían lugar a El almuerzo desnudo. Estoy en el mismo lugar en el que Allen Ginsberg y Jack Kerouac rescataron a Bill de su flirteo con la muerte, mientras recogían las cuartillas esparcidas por el mismo suelo que me sustenta mientras observo todo con reverencia.

Si cierro los ojos casi puedo escuchar el repiqueteo de las teclas, el timbre de fin de línea, el brusco retorno del carro y el sonido liviano de cada folio planeando en un suave descenso hasta el piso, decorado con teselas de motivos geométricos, las mismas que me sostienen en ese momento mágico e irrepetible.

Los colores de las paredes, del suelo, del techo, de los muebles… me recuerdan a la película de Cronenberg, y cuando he vuelto a visionarla tengo la certeza de que el director canadiense estuvo en la habitación número 9 y captó la esencia de ese Tánger tóxico y libre.

Tomo algunas fotos, incluso le pido a madame Rabia que pose para mí, y lo hace con coquetería. Estoy turbado, en muchos aspectos. Balbuceo unos agradecimientos y subo a mi habitación a releer algunas páginas de El almuerzo desnudo. Olisqueo mis axilas y detecto trazas de especias que no recuerdo haber ingerido.

Saco las braguitas rosas de mi amiga, pero esta vez tomo la precaución de bajar la persiana.